Virgilio
Gómez,
la leyenda ubicua
Por: Ulises Torrentera
Si
toda muerte conmueve, la de un artista sacude. El deceso de
Virgilio Gómez en Lima el pasado 31 de enero fue una
noticia doblemente dolorosa. Un día, hace más de
12 años, Virgilio simplemente partió. En un principio
sus telefonemas eran frecuentes y poco a poco fueron espaciándose
hasta que la comunicación cesó por completo. Que
sigue en Lima, que está en París, que lo vieron
en el Distrito Federal, que ya llegó, eran los comentarios
que se escuchaban. Un ser ubicuo. Así, en vida, Virgilio
tejió su leyenda. Con su ausencia marcó su presencia
en Oaxaca.
Los
nuevos artistas y los artistas que se han afincado en Oaxaca
recientemente poco saben de él. Para algunos no es más
que un mito. Y en cierta forma lo es. Virgilio se empeñó en
labrar su propio mito. Renuente a la fama o al reconocimiento,
el pintor oaxaqueño nunca se preocupó por figurar,
ni buscar espacios para encumbrarse. Desdeñó toda
forma de poder pero tampoco tuvo empacho en utilizarlo para fines
meramente artísticos.
Un
pintor se hace en el dibujo y se redimensiona no en las galerías,
sino en, curiosamente, en el arte culinario. Un artista plástico
que se precie de serlo, debe pasar por el fuego de la cocina.
Y Virgilio Gómez era extraordinario chef. Era un infatigable
lector y un ácido crítico de la plástica
local y nacional.Nunca
reverenció a alguien o algo. En todo caso su compromiso
estaba en el quehacer plástico. Y él se entregó profundamente.
Antes
que nadie, Virgilio rompió con la plástica
local y pasó del figurativismo al abstracto. Este paso
no fue un rompimiento, sino un proceso natural. Un apasionado
en el arte no puede vivir de una manera “normal” y por supuesto
que en el caso de Virgilio esto se tradujo en una vida sibarítica.
Sin pasión no hay arte.
Hay
en la obra de Virgilio diversos niveles de lectura, por lo
menos en la última etapa de Oaxaca. Formalmente su
discurso pictórico nos remite a un mundo poco explorado,
inhóspito, pero al cual se puede acceder de manera imprevista,
súbitamente. Virgilio Gómez incursionó en
prácticamente todas las técnicas pictóricas.
Y las dominó a cabalidad. No solo técnicamente
fue extraordinario pintor, sino que fue más allá.
Conocía a la perfección los componente químicos
de las pinturas, fueran óleos, acuarelas, temple o acrílico.
Esto le permitía una mejor desenvoltura técnica.
Si bien dominaba el grabado en sus diferentes modalidades, la
escultura en cerámica, la fotografía, etcétera,
sin duda alguna la pintura al óleo fue su fuerte. Al menos
así lo registro particularmente.
Con
un total desapego a las cosas materiales, poco le importó acumular
bienes. Al contrario, parecía que éstos le estorbaban.
Y así fue de una casa a otra, atesorando libros, pequeñas
obras de arte popular, objetos desconcertantes. Llevaba su taller
a cuestas. De la última etapa, la de Perú, nada
se conoce aquí en México. Sería interesante
indagar el trabajo plástico realizado por Virgilio en
tierras incas. Sobre todo para conocer su evolución artística.
Me
parece que el mejor homenaje que se le pueda hacer es organizar
una exposición retrospectiva. Con ella las nuevas generaciones
de pintores, de quienes aun siendo veteranos no lo conocieron
y de quienes lo conocimos, podremos apreciar en su real dimensión
la importancia de Virgilio Gómez en la plástica
contemporánea nacional. Hoy, a las 12 del día en
el panteón nuevo de Santa Cruz Xoxocotlán se enterraran
los restos mortales de Virgilio.
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