Francisco
de Goya,
Inventor
del arte moderno
Por
Ana Ortiz Ángulo
Nace
en Fuendetodos, España en 1746. Muere en Burdeos,
Francia, en 19828
España
ha dado el mundo cuatro pilares que sostienen la Historia de
la pintura universal: El Greco, considerado español
a pesar de haber nacido en Grecia, Diego Velázquez,
Francisco de Goya y Pablo Picasso. Si faltara cualquiera de
ellos, una gran página en blanco se abriría en
la historia de las artes plásticas, no sólo en
sus propias épocas y en España, sino en todo
el desarrollo artístico universal.
Faltaría
sustento a varias corrientes de generaciones y estilos artísticos
posteriores. En la literatura se puede decir que en esa medida
no pueden faltar Miguel de Cervantes Saavedra o Juana de Azbaje.
Mucho del arte universal de los siglos XIX y XX se quedaría
sin explicar o no habría surgido, entre esas corrientes
es encuadran el realismo (Daumier), el impresionismo (Manet),
el surrealismo (Dali) , el expresionismo alemán y José Clemente
Orozco.
A
Goya le toca el fin de una época de esplendor artificioso,
complicado y exultante del arte barroco, del rococó y
el inicio del neoclasicismo y el realismo que ocupará gran
parte del arte en el siglo XIX. También se ha dicho
que augura el romanticismo y lo supera. La obra de Goya transcurre
del pintoresquismo, el paisajismo, la alegría del color
y las formas graciosas de su España y sus tradiciones
a la expresión feroz de las miserias humana, en la guerra,
la pobreza, el alcoholismo, la locura, la brujería.
Esto es evidente independientemente del tema que aborde, muchas
veces para cumplir encargos, o por puro capricho, Goya no podrá prescindir
nunca de su genio para expresar por medio de la forma, el color,
las texturas, las carnaciones, los matices o las líneas
y sombras, y en un especial acento el movimiento, que enriquecen
cualquiera de sus obras ya sean óleos aguas tintas,
litografías y grabados.
Se
ha escrito mucho acerca de este pintor y su obra. Especialistas
en la historia del arte pictórico han dado sus opiniones
que por supuesto corresponden a la época histórica
del crítico. Se le ha elogiado en extremo y se le ha
condenado sobre todo por sus expresiones más críticas
o más fantásticas. Los más atinados son
aquellos que enaltecen la factura de cada una de sus obras,
por la maestría en el uso del pincel, el lápiz
o la gubia. A donde queremos llegar en esta breve intromisión
en uno de las fortalezas del arte universal, no es a hacer
un nuevo recorrido elogioso de su obra sino poner el acento
en su ruta hacia lo estético, en donde conjuga la forma
y el contenido, la realidad y la fantasía, la crítica
acerba a la sociedad de su tiempo con las galas de la nobleza,
las profundidades de la individualidad con la despreocupada
sonrisa de las damas cantando y bailando en la campiña
aragonesa, de la violencia de la guerra o del aquelarre demoniaco
a la tranquilidad y transparencia del paisaje, de la comicidad
de situaciones o rostros caricaturizados al desgarrador gesto
del drama.De
1760 a 1775 transcurre su etapa de preparación en diversos
talleres en Zaragoza y Madrid, se presenta a concursos. Vive
en Italia sin dejar de trabajar y de perfeccionar su oficio.
Desde
su inicio, la obra de Goya es un perpetuo transcurrir entre
el realismo –constante del arte español- y el “expresionismo” que
conjuga la crítica a los vicios y las pasiones, la profundización
psicológica de los personajes, la violencia del dolor
y la muerte.
No
hay muchas noticias sobre su infancia que transcurre en Zaragoza
y se supone que gracias al oficio de su padre que era dorador,
haya tenido contacto con los pintores y que haya recibido clases
de dibujo. Se sabe que viaja a Madrid para presentarse en un
concurso para el premio de la Real Academia de San Fernando
(fundada en 1751 por Carlos III, monarca Borbón).
Es
de suponerse que estos años de preparación, que
vivió con su familia en Zaragoza se quedaron en su memoria
con todas sus escenas de alegría y jolgorio en medio
de paisajes áridos y plenos de mujeres vestidas con
hermosos trajes tradicionales que luego imprimirá como
fondo a muchas de sus obras. Así mismo deben haber estado
en su mente los viejos y las viejas astrosos, los borrachos
sin remedio y la fiesta de los toros que luego plasmará en
sus grabados. Es también explicable que no haya recibido
reconocimiento en la Academia de San Fernando en Madrid pues
su realismo, su garra sin titubeos ni concesiones no estaban
acordes con las reglas de los académicos, que rendían
a Tiépolo, y que plasmaban los estertores de la pintura
barroca, más por ser la última, de un barroco
exagerado, ilusorio y fantasioso que deben haber repugnado
a su sentido de realismo.
Después
de concursar por segunda vez en la Academia de Madrid y salir
derrotado, gana un segundo lugar en un concurso abierto en
la Academia de Parma, en 1770, reconocimiento valioso para
el novel pintor. Viaja a Roma y luego a otras ciudades italianas
en las que según los mitos, corre varias aventuras galantes
que lo hacen salir de la península casi huyendo. En
Zaragoza le hacen encargos que cumple magistralmente como todo
lo que pintará en adelante.
De
1775 a 1812. Ascenso en la escala social. “Pintor del Rey” de
Carlos III. “Pintor de Corte” de Carlos IV, Maria Luisa de
Parma, Fernando VII y Manuel Godoy
En
1775 se instala en Madrid en donde desarrolla su talento que
pronto es reconocido pues es nombrado miembro de la Real Academia
de las Bellas Artes de San Fernando y trabaja durante algunos
años realizando cartones para la fábrica de tapices,
es su última obra como pintor rococó. Luego es
nombrado, por intermedio de su cuñado Ramón Bayeu
, “Pintor del Rey” de Carlos III, al morir éste en 1780
es elevado a la categoría de “Pintor de Cámara”.
Sirve en una corte corrupta, pero su independencia le permite
penetrar en las facciones de los personajes que tiene que retratar
y lo hace sin dar concesiones, no sólo por su afán
de no apartarse de la realidad sino por un deseo de dejar testimonio
de los verdaderos rostros de su época tal como “La familia
de Carlos IV”, óleo que se exhibe en el Museo del Prado
en el que no idealiza a sus monarcas. Tal como lo había
conseguido al hacer el retrato de la reina María Luisa
de Parma, esposa de Carlos IV.
En
el tiempo que le queda libre de sus obligaciones de pintor
de corte, graba Los caprichos. A él mismo le parecen “minucias” pero
en ellos pone toda la fantasía y la violencia que le
era innata pero que se había ido alimentando sin dejarla
salir para conservar las posiciones que había logrando. Él
explicaba el nombre de caprichos pues esas obras las hacía
sin ninguna obligación, por el puro gusto de hacerlas.
En
sus muy variadas obras de esta época de desarrollo y
logros de fama, se refleja, independientemente de su trabajo
obligado por sus nombramientos, sobre todo retratar a la nobleza
española, su trabajo voluntario en el que refleja una
lucha por independizarse de las corrientes en boga. Deja atrás
el rococó alambicado y supera el clasicismo que provenía
de las nuevas ideas ilustradas del siglo XVIII francés.
Lo que predomina es la vinculación de su temperamento
libre y apasionado con los temas, el colorido y el movimiento
populares. El pueblo español brota casi sin pedirle
permiso a sus dictados académicos, en toda su obra no
hecha por encargo, acento que va haciendo explícito
su compromiso con su país y con sus coterráneos
más abandonados, más desprotegidos y todos los
dramas que vive cotidianamente.
Algunos
críticos le llaman a este afán un “populismo”,
con la salvedad que no lo confunden con demagogia, sino que
lo sitúan como un precursor de corrientes del siglo
XX como el muralismo mexicano.
En
el tratamiento de todos los temas demuestran que por encima
de influencias y alternativas estilísticas, lo principal
para Goya es mantenerse fiel a la realidad. En muchas ocasiones
este amor por el realismo lo lleva a plasmar retratos que rayan
en la caricatura. Lo vemos así en los retratos de la
corte, sobre todo de la reina María Luisa y en sus dibujos,
aguafuertes y sus grabados y aún en sus cartones para
los tapices alambicados de la Corona. En el fundamento de sus
tratamiento de los personajes se evidencia una profunda crítica
al mundo y al círculo social que le tocó vivir
y en el que se integraba a pesar de repulsa a situaciones nefastas.
Aparece entonces la expresión de sus más íntimos
impulsos que lo llevan al los extremos de un “expresionismo”,
que aparecerá hasta después de la I Guerra mundial
en el expresionismo alemán en cuadros burlescos de aquelarres
y brujerías. .
Es
la época en que realiza sus obras que son más
cercanas a la perfección en relación a un concepto
de belleza clásico. Las Majas son un monumento en la
línea de retratos femeninos, sobre todo los desnudos
, línea que surge de la escultura griega, después
de un intermedio de diez siglos, revive en el siglo XV y XVI
con el Renacimiento. (Giorgonne, Tiziano y Botticelli entre
otros). Se dice que las majas fueron pintadas por órdenes
de Manuel Godoy. Era una práctica común en las
cortes el que el rey tuviera una galería para su propio
y solitario solaz y Godoy no podía quedarse atrás.
Es
testigo de la corrupción de la Corte a la que sirve:
asiste al ascenso del poder de Manuel Godoy que escala los
más altos puestos al pasar por la alcoba de María
Luisa.
Aun
antes de morir Carlos III ya era conocida la afición
de la entonces princesa de Asturias por los guardias de coros,
todos más jóvenes que ella. El más notable,
y más amado fue sin duda Godoy que ingresa a la corte
como guardia. Su inteligencia, su don de gentes, su belleza
física y su voz de matices insospechados le abren el
camino y cosa curiosa, pero atribuible a la estupidez de Carlos
IV, también al afecto del rey, lo que convertía
a Godoy en favorito. Una vez que Carlos III falleció y
fue coronado Carlos IV, que prefería la carpintería
y la caza a la gobernación, Godoy se adueñó del
poder y fue el principal estadista que manejó los asuntos
de España hasta entrado el siglo XIX.
Situación
que desembocó en graves conflictos entre esta corte
corrompida y el futuro rey de España, hijo de los reyes,
Fernando. El pueblo se entregó emocionalmente a este
personaje pensando que sería “El deseado”, el esperado
para levantar del fango a la Corona pero no va ser así al
fin. Carlos IV abdica a favor de su hijo que empieza a reinar
con el nombre de Drnando VII. Entre tanto Napoleón Bonaparte
se apodera de España a la que invade sorpresivamente
y sin encontrar resistencia en 1808. Manuel Godoy propicia
esta invasión al aceptar el ofrecimiento de Napoleón,
que al triunfo del emperador francés sería nombrado
por éste rey de Portugal. Las tropas francesas dominan
el territorio español reprimiendo sangrientamente cualquier
oposición. Napoleón conduce a la corte a la ciudad
francesa de Bayona, en donde consigue la abdicación
de Fernando VII a favor de la familia Bonaparte. De ahí en
adelante, durante algunos años reinará José Bonaparte,
a quien por sus vicios el pueblo¿ bautizó con
el nombre de Pepe Botella.. Estos hechos desencadenan una feroz
oposición en el pueblo y sus intelectuales españoles
con un claro tinte liberal. Se organiza el ya caduco imperio
en ayuntamientos y es elaborada y jurada la Constitución
de 1812 bajo la guía de la Ilustración.
Goya,
antes del desastre pinta los retratos de la familia real, pinta
con gran maestría a la duquesa de Chinchón, prima
de Carlos IV a quien casan con Godoy para incorporarlo a la
realeza. También hace el retrato de la Duquesa de Alba,
personaje que competía con la reina en los terrenos
de la belleza y la moda, haciendo a ésta quedar mal.
Goya fue un gran amigo de la duquesa que lo distinguió entre
su pequeña corte. Esta extraordinaria mujer murió de
pronto y sospechosamente en una tarde de fiesta en 1800.
Goya,
que padecía de sordera desde, es testigo de todas estas
calamidades y decide retirarse y compra una finca a la que
se ha llamado la “Quinta del Sordo”. Solo, su mujer ya había
muerto, se refugia dentro de esta casona y tomando sus muros
como grandes telas desarrolla su más extraordinaria
obra, conocida ahora como “la obra negra” en la que plasma
todos los oscuros pensamientos que lo acongojaban y toda la
violencia contenido en sus años de esplendor cortesano.
Esas pinturas fueron rescatadas de estos muros y ahora enriquecen
el Museo del Prado.
Vivían
nítidamente en su memoria las escenas desgarradoras
de la lucha del pueblo español en contra de los invasores
franceses y para no olvidarlas pinta en 1814 los dos formidables
cuadros: “Los Mamelucos” y “ Los fusilamientos del 3 de mayo
de 1808”. Es increíble el impacto que produce en el
visitante del Museo del Prado al enfrentarse a estos dos prodigiosas
testimonios, hechos por una mente prodigiosa y una mano maestra,
de estas dos escenas de guerra. Ya no es el retrato del héroe
ni la poderosa figura de un conquistador montando un brioso
corcel, no, es la crueldad humana ante el vencido, la visión
de la muerte sin esperanza, el dolor de la pérdida,
simultánea, de la vida y de la patria. La belleza clásica,
las suaves redondeles de las mujeres, la piel conseguido a
fuerza de pincel sutil, ahora es la tragedia que es elevado
a categoría estética.
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