Contenido
Prólogo
del editor a la primera edición en castellano
(Ediciones Progreso, Buenos Aires, 1940)
El reciente fallecimiento de Trotsky en la dramática forma de todos
conocida, otorga verdadera trascendencia a uno de sus más discutidos,
pero meditados trabajos críticos: EL TESTAMENTO DE LENIN, que integra
básicamente este volumen.
La proyección política e intelectual del recio batallador ruso,
nos ha inducido a delinear -haciendo abstracción de partidismo o definición
ideológica alguna- la vigorosa personalidad del líder. Esta
somera síntesis encara, pues, objetivamente, su obra y su participación
social; lo que haya significado para el movimiento proletario contemporáneo
y en el proceso de la lucha de clases, son temas que involucran una finalidad
que marginamos. Es su relieve excepcional, su influencia lo que, de este modo,
hemos de destacar.
1
Su nombre era León Davidovich Bronstein. Su hogar, judío, de
una clase media campesina. Nacido en 1879, su adolescencia transcurrió
entre el ambiente social del liberalismo entonces imperante en Rusia. Bien
pronto había de definir el inquieto adolescente su vocación
y su profesión: la del luchador revolucionario.
Apasionado y grande lector, estudioso constante y de una notable reserva mental,
va delineando su posición en el intrincado panorama de la realidad
social. Se hace rápida y precozmente marxista. Llega a cumplir estudios,
pero no ingresa a la universidad. En este breve trámite de aprendizaje
oficial se detiene. El mismo concreta su experiencia de entonces: "Mis
universidades -dice- fueron como las de tantos otros en aquella época:
la cárcel, el destierro y la emigración".
Sus primeras experiencias son terribles. A los 20 años lo envían
a Siberia, acusado de revolucionario peligroso. Sus andanzas y su actividad
posteriores son extraordinarias. Su primer contacto con Lenin tiene lugar
en Londres. Ingresa en el Partido Socialdemócrata Ruso, cuyos otros
dos dirigentes, a parte de Lenin, son Plejanov y Martov. De allí ha
de iniciarse su trayectoria que comprende tantos hechos notables y capitales:
el entendimiento y la desavenencia con Lenin; el domingo rojo del cura Gapón,
su adhesión al partido bolchevique; presidente del soviet; luchador
y vencedor de las jornadas de Octubre; negociador de Brest-Litovsk; organizador
del ejército rojo. En pugna con Lenin a veces, una pugna con frecuencia
teórica, puesto que solían coincidir en la acción, Trotsky
es el consolidador de la obra de éste. Ortodoxo del marxismo se enfrenta
con Stalin. En 1929 es expatriado definitivamente… Pero esta somera
cronología incluye una realización histórica que se define
con la enunciación de cuatro letras, que aundan en su esquema una enorme
realidad geográfica y social: U.R.S.S.
2
La obra de Trotsky excede el enjuiciamiento actual. A despecho de partidismos
o pugnas de carácter ideológico o político, su proyección
no encuadra en límites de hoy, por otra parte, inevitable y forzosamente
preestablecidos. Pero importa dejar constancia de su influjo en la marcha
del mundo de nuestra época. Raro ejemplo de luchador y de hombre de
pensamiento, Trotsky actuó en todos los medios: pudo intervenir en
congresos secretos, fraguar complots antizaristas, activar en todas partes.
A partir de 1917 crea con Lenin la Unión de las Repúblicas Socialistas
Soviéticas. Pero antes, alrededor de 1905, es colaborador del periódico
"Iskra". En 1907 asiste a la conferencia internacional socialista
de Stuttgart y en 1910 a la de Copenhaghe. Fue uno de los organizadores del
levantamiento bolchevique del 16 y 17 de julio, y a principios de agosto es
detenido, acusado de "organizar y tomar parte activa en la rebelión
armada". Por orden del presidente Kerensky es puesto en libertad; y el
8 de octubre se le elige presidente del Soviet en San Petersburgo. Hecha la
revolución se encarga de la cartera de Negocios Extranjeros y posteriormente
de la de Guerra, en el Consejo de Comisarios del Pueblo.
Hemos delineado a grandes rasgos, la actuación y la odisea de León
Trotsky hasta la toma del poder por los bolcheviques, pero importa destacar
que existen grandes alternativas en ese derrotero que conduce a una finalidad.
Hemos dicho alternativas; pero debemos agregar que no desfallecimientos. Así,
hallándose Trotsky en Nueva York, durante 1917 y caída la tiranía
de los Romanoff, se traslada a Rusia, lo mismo que Lenin -y por cierto después
que él, puesto que tarda varios meses en atravesar Europa- con el propósito
de derribar el régimen recién instaurado por la conmoción
de febrero de ese año. Es hecho prisionero por los ingleses en ese
viaje, pero llega a Rusia para encabezar con Lenin el levantamiento de los
bolcheviques que, en los diez días del "Octubre rojo" habría
de derrocar al gobierno de Kerensky aquel mismo año.
A partir de entonces comienza su intensa y conocida actuación como
organizador del Ejército del Soviet, al que dota de eficiencia, de
espíritu combativo y de potencialidad.
3
Es conocida ya su posición frente a Stalin; de qué modo, en
el apogeo de su obra, cae enfermo. Muy poco después, la muerte de Lenin,
a quien sucede casi automáticamente Stalin en la secretaría
general del partido. Sus divergencias frente a la dirección política,
su destierro…
Pero esbozada tan objetiva y someramente su trayectoria ideológica,
su irreductible interpretación y posición marxista, resta un
aspecto de su personalidad que destacar: el de su labor de escritor, desde
luego que en modo alguno divorciada de su actuación, sino ligada y
determinada en su prédica.
Esta labor la realiza Trotsky en el exilio, en sus deportaciones, a través
del éxodo por países diversos, regidos por gobiernos de clima
reaccionario, bajo dictaduras de aspecto no precisamente proletario, pero
sin duda -en reversión- tan inclemente…
4
Centenares de artículos y folletos ha desparramado Trotsky por el mundo;
y varios libros, densos de crítica -agresivos, expositivos, hasta justificativos-
que le han granjeado un lugar en la historia social-política.
Rige sus obrar la misma intensidad que su actuación. "Mi vida",
"La revolución permanente", "El gran organizador de
derrotas", "La historia de la revolución rusa", son
capitales. Excepción hecha del actor que inevitablemente opina en ella,
y juzgados desde una alejada posición objetiva, debe aceptarse que
el escritor es notable. En este sentido, "Mi vida", su autobiografía,
expone con claridad aspectos de su intensa actividad: recuerdos de infancia,
aspectos personales, semblanzas que son definiciones, el épico relato
de una fuga de Siberia… Su gran pasatiempo: el libro, las ideas; su
gran aspiración: ser escritor. Él mismo nos lo dice: "La
naturaleza y los hombres no ocuparon nunca en mi espíritu un espacio
tan grande como los libros y las ideas". "Para mí, los mejores
y más caros productos de una civilización han sido siempre y
lo siguen siendo, un libro bien escrito, en cuyas páginas haya algún
pensamiento nuevo, y una pluma bien tajada con cual poder comunicar a los
demás los míos propios".
Con esta pequeña transcripción que define uno de los aspectos
de su múltiple personalidad, que en nada han marginado su evidente
influjo y trayectoria social, Trotsky deja impreso lo que ha constituido su
más perdurable aporte: el de escritor social
El Editor
El
testamento de Lenin
Carta de Lenin al Comité Central del PCUS
25 de diciembre de 1922
Al
recomendar la estabilidad del Comité Central, quiero decir que se adopten
medidas para impedir una escisión, hasta el punto en que estas medidas
puedan adoptarse. Pues el Guardia Blanco de Russkaya Mysl tenía razón
cuando en su juego contra la Rusia Soviética contaba en primer término
con la esperanza de una escisión en nuestro partido y esperaba que
esta escisión, en segundo lugar, se produjera por graves discrepancias
internas.
Nuestro partido se apoya en dos clases, lo cual hace posible su inestabilidad,
y si no existe armonía entre ambas clases su derrumbamiento es inevitable.
En tal caso sería inútil adoptar ninguna medida ni discutir,
en general, la estabilidad de nuestro Comité Central. En tal caso,
ninguna medida serviría para impedir una escisión. Pero confío
en que este acontecimiento es demasiado improbable y demasiado remoto para
ponerse a hablar de ello.
Considero la estabilidad como una garantía contra la escisión
en un futuro próximo, y voy a hacer aquí una serie de consideraciones
de carácter puramente personal.
Creo que el factor fundamental en la cuestión de la estabilidad -desde
este punto de vista- lo constituyen losa miembros del Comité Central
Stalin y Trotsky. Las relaciones existentes entre ambos constituyen, a mi
juicio, más de la mitad del peligro de esa escisión, que puede
evitarse, y cuya evitación podría conseguirse, a mi parecer,
elevando a cincuenta o cien el número de miembros del Comité
Central.
Al pasar a ser Secretario General, el camarada Stalin ha concentrado en sus
manos un poder enorme, y no estoy seguro de que sepa usarlo siempre con suficiente
cautela. Por otra parte, el camarada Trotsky, como lo ha demostrado su lucha
contra el Comité Central, a propósito de la cuestión
del Comisariado de Vías de Comunicación, se distingue, no sólo
por sus excepcionales facultades personales (es, a buen seguro, el hombre
más capacitado del actual Comité Central), sino también
por su excesiva confianza en sí mismo y su propensión a dejarse
atraer demasiado por el aspecto puramente administrativo de las cuestiones.
Estas distintas cualidades de los jefes más capacitados del actual
Comité Central podrían conducir impensadamente a una escisión.
Si nuestro Partido no adopta medidas para evitarlo, esta escisión puede
producirse de modo inesperado.
No caracterizaré a los demás miembros del Comité Central
por lo que respecta a sus cualidades personales. Unicamente he de recordar
que el episodio de octubre de Zinoviev y Kamenev no fue en modo alguno casual;
pero, al igual que el no bolchevismo de Trotsky, no debe utilizarse como un
arma personal.
Respecto a los miembros más jóvenes del Comité Central,
diré unas palabras sobre Bujarin y Piatakov. Ambos son, a mi juicio,
las fuerzas más capacitadas entre los jóvenes, y por lo que
a ellos respecta, es necesario tener en cuenta lo siguiente: Bujarin es, no
sólo el teórico más valioso y más grande del partido,
sino que puede considerarse también legítimamente como el favorito
de toda la organización; pero sus opiniones teóricas no pueden
considerarse sino con grandísimas reservas como plenamente marxistas,
pues tiene algo de escolástico (nunca se ha asimilado la dialéctica
ni creo que la haya comprendido nunca del todo).
Piatokov es un hombre que se distingue indudablemente por su voluntad y su
competencia; pero se entrega demasiado a la administración y al lado
administrativo de las cosas para poder fiarse de él en una cuestión
política seria.
Claro está que estas observaciones sólo tienen validez en el
momento actual o en el caso de que estos dos componentes y leales obreros
no encuentren ocasión de perfeccionar sus conocimientos y rectificar
su espíritu unilateral.
Posdata: Stalin es demasiado rudo, y este defecto, completamente tolerable
en las relaciones entre comunistas, resulta intolerable en el puesto de Secretario
General. Por lo tanto, propongo a los camaradas que vean el modo de retirar
a Stalin de ese puesto y nombren a otro hombre que le supere en todos los
aspectos, es decir, que sea más paciente, más afable y más
atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Estos detalles pueden parecer
una bagatela insignificante; pero creo que si se piensa en evitar una escisión
y se tienen en cuenta las relaciones existentes entre Stalin y Trotsky, que
ha examinado anteriormente, ya no son una bagatela o son al menos una bagatela
que puede llegar a adquirir una importancia decisiva.
LENIN
La época de posguerra trajo consigo una gran difusión de la
biografía psicológica. A menudo los maestros de este arte arrancan
de cuajo las raíces que unen a su personaje al ambiente social. La
fuerza motriz fundamental de la historia es atribuida a una abstracción:
la personalidad. La conducta del "animal político" -como
brillantemente definió Aristóteles al hombre- es desintegrada
en pasiones e instintos personales.
La afirmación de que la personalidad es algo abstracto puede parecer
absurda. ¿Lo realmente abstracto no son las fuerzas super-personales
de la historia? ¿Y puede haber más concreto que un hombre viviente?
No obstante, insistimos en nuestra afirmación. Si se despoja a una
personalidad, aun a la más ricamente dotada, del contenido que en ella
introduce el medio, la nación, la época, el grupo, la familia,
quedará un autómata vacío, un "robot" psico-físico,
un objeto digno de la ciencia natural, pero no de la ciencia social o "humana".
Las causas de este abandono de la historia y de la sociedad deben buscarse,
como siempre, en la historia y en la sociedad. Dos décadas de guerras,
revoluciones y crisis han dado una mala sacudida a esta soberana personalidad
humana. Para pesar en la escala de la historia contemporánea una cosa
debe ser mensurada en millones. Por eso esta ofendida personalidad busca el
modo de vengarse. Incapaz de contender en la turbulencia de la sociedad, vuelve
a ésta sus espaldas. Incapaz de explicarse a sí misma mediante
el proceso histórico, intenta explicarse la historia partiendo de la
personalidad. De este modo los filósofos hindúes constituyeron
los sistemas universales contemplándose el ombligo.
La escuela de la psicología pura
La
influencia de Freud sobre la nueva escuela biográfica es innegable,
pero superficial. En esencia, estos psicólogos de salón tienen
una tendencia hacia la irresponsabilidad literaria. Más que el método,
emplean la terminología de Freud y no tanto para el análisis
cuanto como ornamento literario.
El representante más popular de este género, Emil Ludwig, ha
dado en una de sus más recientes obras un nuevo paso en el camino elegido:
ha reemplazado el estudio de la vida y la actividad del héroe por el
diálogo. Tras las respuestas del hombre de Estado a las preguntas que
se le formularan, tras de su entonación y sus gestos, el escritor descubre
los motivos reales de aquél. La conversación conviértese
casi en una confesión. En su técnica, el acercamiento de Ludwig
al héroe sugiere la interpretación de Freud respecto a su paciente:
es cuestión de sacar a la luz la personalidad con la propia colaboración
de ésta.
¡Pero con toda esta semejanza externa, cuán diferente es en su
esencia! La eficacia de la tarea de Freud se logra al precio de una heroica
ruptura con toda clase de convenciones. El gran psicoanalista es despiadado.
En el trabajo es como un médico, casi como un carnicero arremangado.
Podrá decirse lo que se quiera, pero en su técnica no hay el
menor rasgo de diplomacia. Lo que menos le preocupa es el prestigio de su
paciente, consideraciones de buena forma o cualquier otra clase de notas o
galas fingidas. Por esta razón sólo puede realizar su diálogo
frente a frente, sin secretario ni estenógrafa, tras de paredes acechadas.
Ludwig no obra del mismo modo. Inicia una conversación con Mussolini
o Stalin, con el propósito de ofrecer al mundo un auténtico
retrato de sus almas. Y aún así toda la conversación
se desarrolla con arreglo a un plan previamente trazado. Cada palabra es tomada
por una estenógrafa. El eminente paciente sabe muy bien lo que puede
ser útil o perjudicial en este proceso. El escritor es suficientemente
experimentado para distinguir las argucias retóricas y lo bastante
cortés para no adevertírselo al entrevistado. El diálogo
que se desarrolla en semejantes condiciones, si en verdad no se asemeja a
una confesión, parece una película parlante.
Emil Ludwig tiene razón al declarar: "No comprendo nada de política".
Con esto pretende significar: " Yo estoy sobre la política".
En realidad, es una mera fórmula de neutralidad personal o, para decirlo
con Freud, es esa íntima censura, que hace más fácil
al psicólogo su función política. De idéntica
manera los diplomáticos no intervienen en la vida interna del país
ante cuyo gobierno están acreditados, lo cual no les impide, en ciertas
ocasiones, apoyar conspiraciones y financiar actos de terrorismo.
La misma persona, en diferentes condiciones, desarrolla distintos aspectos
de su política. Cuántos Aristóteles son un hato de cerdos
y cuántos criadores de cerdos lucen una corona en sus cabezas. Pero
Ludwig puede resolver fácilmente inclusive la contradicción
entre boclchevismo y facismo en una simple cuestión de psicología
individual. Ni aun el más penetrante psicólogo podría
adoptar impunemente tan tendenciosa "neutralidad". Dejando de lado
las condiciones sociales de la conciencia humana, Ludwig se interna en el
reino del mero capricho subjetivo. El "alma" no tiene tres dimensiones
y por eso es incapaz de la resistencia propia de todos los otros materiales.
El escritor pierde su afición por el estudio de hechos y documentos.
¿Para que usar estas evidencias incoloras cuando pueden ser reemplazadas
por ingeniosas conjeturas?
En su libro sobre Mussolini, Ludwig permanece "ajeno a la política".
Pero esto no impide que, por lo menos, su obra se convierta en un arma política.
¿Un arma política de quién? En un caso, de Mussolini,
en el otro de Stalin y su grupo. La naturaleza tiene horror al vacío.
Si Ludwig no se ocupa de política, ello no quiere decir que la política
no se ocupe de Ludwig.
Al publicarse mi autobiografía, hace unos años, el historiador
oficial soviético Poskrovsky, ahora fallecido, escribió: "Debemos
responder inmediatamente a este libro, encomendando a nuestros jóvenes
investigadores la tarea de refutar cuanto pueda refutarse, etc". Es sorprendente
que nadie, absolutamente nadie respondiera. Nada fue analizado, nada fue refutado.
No había nada que refutar y nadie podía ser capaz de escribir
un libro que los lectores censuraran.
Como el ataque de frente era imposible, hízose necesario apelar a un
movimiento lateral. Por supuesto, Ludwig no es un historiador de la escuela
de Stalin. ¡Pero un escritor ajeno a toda política puede ser
el medio más conveniente para poner en circulación ideas que
no pueden encontrar apoyo sino amparadas por un nombre popular!
Citando
el testimonio de Karl Radek, Emil Ludwig relata, según aquél,
el siguiente episodio: "Después de la muerte de Lenin nos hallábamos
reunidos nueve miembros del Comité Central, aguardando tensamente enterarnos
de lo que desde la tumba decía nuestro perdido líder. La viuda
de Lenin nos entregó una carta. Stalin la leyó. Nadie se movió
durante la lectura. Al hacer referencia a Trotsky surgieron estas palabras:
"Su pasado no bolchevique no es accidental". A esa altura Trotsky
interrumpió la lectura y preguntó: "¿Qué
dice allí?" La frase fue repetida. Estas fueron las únicas
palabras pronunciadas en este solemne momento".
Y entonces, en su condición de analista y no de narrador, Ludwig hace
por su propia cuenta el siguiente comentario: "Un terrible momento en
el que el corazón de Trotsky debe haber dejado de latir; esta frase
de seis palabras determinó esencialmente el curso de su vida".
¡Cuán simple parece hallar una clave para todas las encrucijadas
de la historia! Estas suntuosas líneas sin duda me habrían revelado
el secreto de mi destino si... esta historia de Radek-Ludwig no fuera falsa
desde el comienzo hasta el fin, falsa en las pequeñas y grandes cosas,
en lo importante y en lo intrascendental.
Por empezar, el testamento no fue escrito por Lenin dos años antes
de su muerte, como afirma el autor, sino con un año de anticipación.
Fue fechado el 4 de enero de 1923; Lenin falleció el 21 de enero de
1924. Su vida política habíase roto completamente en marzo de
1923. Ludwig habla como si el testamento nunca hubiera sido publicado completamente.
Sin embargo, ha sido impreso innumerables veces, en todos los idiomas, en
la prensa mundial. La primera lectura oficial del testamento tuvo lugar en
el Kremlin no en una sesión del comité central, como Ludwig
escribe, sino en una reunión de notables del decimotercer Congreso
del partido, el 22 de mayo de 1924. No fue Stalin quien leyó el testamento,
sino Kamenev, en su entonces permanente posición de presidente de las
instituciones centrales del partido. Y finalmente -lo cual es muy importante-
yo no interrumpí la lectura con una exclamación sentimental,
debido a la ausencia de motivo alguno para un acto semejante. Las palabras
que Ludwig ha escrito al dictado de Radek no se hallan en el texto del testamento.
Son una pura invención. Por difícil que resulte creerlo, estos
son los hechos.
Si Ludwig no fuera tan negligente en cuanto a los fundamentos reales de sus
pinturas psicológicas, podría sin dificultad haber obtenido
un ejemplar del texto exacto del testamento, estableciendo los hechos y fechas
necesarias, evitando de este modo los lamentables errores de que desgraciadamente
está lleno hasta los bordes su trabajo acerca del Kremlin y los bolcheviques.
El llamado testamento fue escrito en dos periodos, separados por un intervalo
de diez días: el 25 de diciembre de 1922 y el 4 de enero de 1923. Al
principio sólo dos personas tuvieron conocimiento del mismo: la estenógrafa,
M. Volodicheva, que lo escribió al dictado, y la esposa de Lenin, N.
Krupskaia. En tanto hubo una mínima esperanza en cuanto al mejoramiento
de la salud de Lenin, Krupskaia mantuvo el documento bajo llave. Después
de la muerte de Lenin, no mucho antes del decimotercer Congreso, aquélla
entregó el testamento al Secretariado del Comité Central para
que, por intermedio del Congreso, fuera dado a conocer al partido, al cual
estaba destinado.
Ya entonces el aparato del partido hallábase semi-oficialmente en manos
del trío Zinoviev- Kamenev-Stalin, de hecho, en manos de Stalin. La
"troika" se manifestó decididamente contra la lectura del
testamento durante el congreso, por motivos no muy difíciles de comprender.
La Krupskaia insistió en su propósito. La discusión se
realizaba entre bastidores. La cuestión fue diferida para una reunión
de "notables" del Congreso, esto es, los dirigentes de las delegaciones
provinciales. Entonces fue que los miembros opositores del Comité Central
por primera vez se informaron del testamento, yo entre ellos. Después
de haber adoptado la resolución de que nadie tomara notas, Kamenev
comenzó a leer el texto en voz alta. El estado de ánimo de los
oyentes era en verdad de suma tensión. Pero en la medida en que puedo
reestablecer la escena de memoria, digo que quienes ya conocían el
documento eran incomparablemente los más ansiosos. La "troika"
introdujo, mediante uno de sus secuaces, una resolución previamente
acordada con los dirigentes provinciales: el documento sería leído
separadamente a cada delegación en la sesión ejecutiva; en la
sesión plenaria no debía hacerse referencia al mismo. Con la
suave insistencia característica en ella, la Krupskaia arguyó
que ello era una violación directa a la voluntad de Lenin, a quien
nadie negaría el derecho de exponer sus últimas preocupaciones
al partido. Pero los miembros del "consejo de notables", obligados
por la disciplina fraccional, permanecieron obstinados; la resolución
de la "troika" fue adoptada por una abrumadora mayoría.
Para comprender la significación de estas míticas y místicas
"seis palabras" que se supone han decidido mi destino, es preciso
recordar ciertos antecedentes y circunstancias concomitantes.
Ya en el período de agudas disputas acerca de la Revolución
de octubre, ciertos "viejos bolcheviques" del ala derecha, más
de una vez hicieron notar con disgusto que Trotsky, después de todo,
no había sido antes bolchevique. Lenin se levantó siempre contra
estas voces. Trotsky comprendió hace mucho que la unión con
los mencheviques era imposible -dijo, por ejemplo, el 14 de noviembre de 1917-
"y desde entonces no ha habido mejor bolchevique que él".
En labios de Lenin estas palabras tienen algún significado.
Dos años más tarde, explicando en una carta a los comunistas
extranjeros las condiciones bajo las cuales habíase desarrollado el
bolchevismo, los desacuerdos y escisiones, Lenin destaca que "en el momento
decisivo de la conquista del poder y la creación de la República
Soviética el bolchevismo supo atraerse a los mejores elementos entre
los que figuraban en las tendencias socialistas más afines a él".
No había ninguna corriente más afín al bolchevismo ni
en Rusia ni en Occidente que la que yo representaba hasta 1917. Mi unión
con Lenin había sido predeterminada por la lógica de las ideas
y de los acontecimientos. En el momento decisivo, el bolchevismo reunió
en sus filas "a los mejores elementos de las tendencias más afines
a él". Tal fue la apreciación del problema hecha por Lenin.
No tengo ninguna razón para disentir con él.
En el transcurso de los dos meses de discusión sobre la cuestión
de los sindicatos (invierno de 1920-21) intentaron ponerse nuevamente en circulación
alusiones al pasado no bolchevique de Trotsky. En respuesta, los dirigentes
del campo opuesto que menos pudieron reprimirse, recordaron a Zinoviev su
conducta durante la insurrección de Octubre. En su lecho de muerte,
pensando en todos los aspectos de las relaciones que sin él cristalizarían
en el partido, Lenin no podía dejar de sospechar que Stalin y Ziniviev
procurarían utilizar mi pasado no bolchevique para movilizar a los
viejos bolcheviques en mi contra. El testamento, incidentalmente, también
trata de prever ese peligro. He aquí lo que dice inmediatamente después
de su apreciación sobre Stalin y Trotsky: "No caracterizaré
a los demás miembros del Comité Central por lo que respecta
a sus cualidades personales. Unicamente recordaré que el episodio de
Octubre con Zinoviev y Kamenev no fue, en modo alguno, accidental; pero al
igual que el no bolchevismo de Trotsky, no debe utilizarse como un arma personal".
Esta advertencia de que el episodio de Octubre "no fue accidental"
persigue un propósito perfectamente definido: advertir al partido que
en circunstancias críticas Zinoviev y Kamenev podían demostrar
de nuevo carencia de firmeza. Esta advertencia no se relaciona, sin embargo,
con la observación acerca de Trotsky. En cuanto a mí, sencillamente
recomienda no usar mi pasado no bolchevique como un argumento "ad hominen".
Por ello es que yo no tenía motivos para formular la pregunta que Radek
me atribuye. La hipótesis de Ludwig según la cual mi corazón
"detuvo sus latidos" también se desploma por falta de base.
Lo que menos se proponía el testamento era dificultar mi trabajo dirigente
en el partido. Como veremos en seguida, perseguía un propósito
exactamente opuesto.
El
tema central del testamento, que ocupa dos páginas escritas a máquina,
está dedicado a la caracterización de las relaciones mutuas
entre Stalin y Trotsky, "los dos dirigentes más destacados del
presente Comité Central". Habiendo subrayado las "excepcionales
facultades" de Trotsky, Lenin señala inmediatamente sus rasgos
adversos: "excesiva confianza en sí mismo" y "propenso
a dejarse atraer demasiado por el aspecto puramente administrativo de las
cosas".
Por serias que en sí mismas puedan ser las faltas señaladas
-subrayo al pasar- no implican relación alguna con la "subestimación
de los campesinos" o "la carencia de fe en las fuerzas internas
de la revolución", u otra cualquiera de las invenciones de los
epígonos en los últimos años.
Por otra parte, Lenin escribe: "Al convertirse en secretario general
el camarada Stalin ha concentrado en sus manos un poder enorme y no estoy
seguro de que sepa emplearlo siempre con suficiente cautela".
No se trata aquí de la influencia política de Stalin, que en
ese periodo era insignificante, sino del poder administrativo que éste
había concentrado en sus manos "al convertirse en secretario general".
Es esta una fórmula muy exacta y cuidadosamente medida: volveremos
a referirnos a ella.
El testamento insiste sobre un aumento a cincuenta del número de miembros
del Comité Central, o todavía a cien, para que esta firme presión
pudiera restringir las tendencias centrífugas en el Buró Político.
Esta proposición organizativa aún tiene la apariencia de una
garantía neutral contra los conflictos personales. Pero apenas diez
días más tarde pareciole a Lenin inadecuado y agregó
una propuesta suplementaria que dio también a todo el documento su
definitiva fisonomía: "...propongo a los camaradas que vean el
medio de separar a Stalin de ese cargo y nombren a otro hombre que lo supere
en todos los sentidos, es decir, que sea más paciente, más leal,
más afable y más atento con los compañeros, menos caprichoso,
etc."
Durante los días en que el testamento fue dictado, Lenin aún
trataba de dar a su apreciación crítica de Stalin una expresión
tan mesurada como fuera posible. En las semanas siguientes su tono hízose
más y más agudo, hasta la última hora en que su voz cesó
para siempre. Pero aún así en el testamento dice lo bastante
como para motivar la exigencia de un reemplazo del secretario general: además
de rudeza y terquedad, Stalin es acusado de carencia de lealtad. A esta altura
la caracterización conviértese en una grave acusación.
Como se verá más tarde, el testamento no fue una sorpresa para
Stalin. Pero esto no amortiguó el golpe. En su primer conocimiento
del documento, en el Secretariado, ante el círculo de sus más
estrechos asociados, Stalin dejó caer una frase que dio una expresión
totalmente irreprimida a sus reales sentimientos respecto del autor del testamento.
Las condiciones en que esa frase se difundió a los círculos
más amplios y, sobre todo, la inimitable calidad de la reacción
misma, son a mis ojos una absoluta garantía de la autenticidad del
episodio. Desgraciadamente, esta alada frase no puede ser registreada en letras
de molde.
La concluyente sentencia del testamento demuestra inequívocamente de
qué lado residía el peligro con arreglo a la opinión
de Lenin. Reemplazar a Stalin -señaladamente a él y solamente
a él- significaba amputarle del aparato, impedirle la posibilidad de
presionar sobre el largo brazo de palanca, privarle de todo el poder que había
concentrado en sus manos desde su cargo. ¿Quién sería
designado entonces secretario general? Alguien que, teniendo las condiciones
positivas de Stalin, fuera más paciente, más leal, menos caprichoso.
Esta fue la frase que hirió más íntima y agudamente a
Stalin. Lenin evidentemente no le consideraba irreemplazable desde que proponía
que buscáramos una persona más adecuada para su cargo. Presentando
su renuncia formal, el secretario general caprichosamente seguía repitiendo:
"Bien, realmente soy rudo... Ilich sugirió que buscaran ustedes
otro que difiera de mí sólo en su mayor amabilidad. Bien, traten
de encontrarlo". "No importa -respondió la voz de uno de
los entonces amigos de Stalin- no tememos la rudeza. Todo nuestro partido
es rudo, proletario". Se atribuía indirectamente a Lenin una concepción
de salón la delicadeza. En cuanto a la acusación de deslealtad,
ni Stalin ni sus amigos tenían una palabra que decir. No carece de
interés saber que la voz de apoyo partió de A. P. Smirnov, entonces
Comisario del Pueblo de Agricultura, ahora excomulgado por oposicionista de
derecha. La política no sabe de gratitud.
Radek, que era todavía miembro del Comité Central, estaba sentado
a mi lado durante la lectura del testamento. Dócil a la influencia
del momento y falto de disciplina interior, se enardeció inmediatamente
y se inclinó hacia mí con estas palabras : "No se aventurarán
ahora a emprenderla contra usted". Le respondí: "Por el contrario,
irán hasta los extremos y además tan rápidamente como
les sea posible". Los días inmediatamente posteriores al decimotercer
Congreso demostraron que mi juicio era el más sensato. La "troika"
se veía obligada a prever las posibles consecuencias del testamento
colocando al partido cuanto antes frente a un hecho consumado. La misma lectura
del documento a las delegaciones locales, sin la admisión de "extraños"
fue convertida en una declarada lucha contra mí. Los dirigentes de
las delegaciones retuvieron de la lectura algunas palabras, subrayaron otras,
e hicieron algunos comentarios tendientes a dar la sensación de que
la carta había sido escrita por un hombre seriamente enfermo y bajo
la influencia de maniobras e intrigas. El aparato estaba ya completamente
controlado. El simple hecho de que la "troika" fuera capaz de transgredir
la voluntad de Lenin, negándose a leer su carta al Congreso, caracteriza
suficientemente la composición de este último y su atmósfera.
El testamento no debilita ni detiene la lucha interior sino que, por el contrario,
le imprime un ritmo acelerado.
La
política es perseverante. Puede presionar hasta poner a su servicio
aun a aquellos que ostensiblemente le vuelven la espalda. Ludwig escribe:
"Stalin siguió fervientemente a Lenin hasta su muerte". Si
esta frase no hiciera más que reflejar la poderosa influencia de Lenin
sobre sus discípulos, inclusive Stalin, no habría nada que argüir.
Pero Ludwig quiere significar algo más. Desea sugerir una excepcional
compenetración con su maestro por parte, precisamente, de este discípulo.
Como un testimonio particularmente precioso, Ludwig cita al respecto las palabras
del propio Stalin: "Sólo soy un discípulo de Lenin y mi
propósito es serlo dignamente". Es excesivamente malo que un psicólogo
profesional opere superficialmente con una frase banal, cuya modestia convencional
no contiene un átomo de íntima convicción. Ludwig se
convierte aquí en un mero trasmisor de la leyenda oficial creada durante
los últimos años. Dudo que tenga la más remota idea de
las contradicciones a que su menosprecio por los hechos le ha conducido. Si
Stalin siguió a Lenin hasta su muerte, ¿cómo explicar
entonces que el último documento dictado por éste, en vísperas
de su segundo ataque, fuera una breve carta dirigida al primero, en total
unas pocas líneas, rompiendo toda relación personal de camaradería?
Un solo hecho de esta índole en la vida de Lenin, la brusca ruptura
con uno de sus colaboradores, debe haber tenido muy serias causas psicológicas
y sería, por lo menos, incomprensible en las relaciones con un discípulo
que siguió "fervientemente" a su maestro hasta el fin. Y
no obstante, Ludwig no dice una palabra acerca de esto.
Cuando la carta de Lenin rompiendo con Stalin difundióse ampliamente
entre los dirigentes del partido, la "troika", Stalin y sus más
íntimos amigos, habiendo embarullado las piezas, no hallaron otro remedio
que reeditar la vieja historia de la condición de incapacidad de Lenin.
De hecho, el testamento, así como la carta rompiendo relaciones, fue
escrito en los meses (diciembre de 1922 a comienzos a comienzos de marzo de
1923) durante los cuales Lenin, en una serie de artículos programáticos,
dio al partido los más maduros frutos de su pensamiento. Esta ruptura
con Stalin no cayó como un rayo en un cielo claro. Surgió de
una larga serie de conflictos precedentes, referentes a cuestiones prácticas
o de principios, lo cual explica con trágica luz toda la actitud de
estos conflictos.
Indudablemente, Lenin apreciaba ciertos rasgos de Stalin. Su firmeza de carácter,
tenacidad, obstinación, aun su rudeza y astucia, condiciones necesarias
en una guerra y por tanto en su Estado mayor. Pero Lenin estaba lejos de pensar
que estas características, incluso en una extraordinaria escala, fueran
suficientes para la dirección del partido y del Estado. Lenin veía
en Stalin a un agitador, pero no un hombre de Estado de gran envergadura.
La teoría tenía para aquél una alta importancia en la
lucha política. Nadie consideraba a Stalin un teórico y él
mismo, hasta 1924, nunca manifestó pretensión alguna por esta
vocación. Por el contrario, sus débiles fundamentos teóricos
eran bien conocidos en el círculo dirigente. Stalin no tiene información
de Occidente; no conoce ningún idioma extranjero. Nunca participó
de la discusión de los problemas del movimiento obrero internacional.
Y finalmente -esto es menos importante pero no carente de significación-
no ha sido escritor ni orador en el buen sentido de la palabra. Sus artículos,
a pesar de la cautela del autor, no sólo están cargados de ingenuidades
y desatinos teóricos, que también de gruesos pecados contra
la lengua rusa. El valor de Stalin a los ojos de Lenin residía enteramente
en la esfera de la administración y el manejo del aparato del partido.
Pero inclusive en esto Lenin hacía importantes excepciones y éstas
aumentaron durante el último periodo.
Lenin despreciaba a los moralizadores idealistas. Pero esto no le impedía
ser un rigorista de la moral revolucionaria, vale decir, de las reglas de
conducta que consideraba necesarias para el éxito de la revolución
y la creación de la nueva sociedad. En el rigorismo de Lenin, que fluía
libre y naturalmente de su carácter, no había una gota de pedantería,
hipocrecía o intolerancia. Conocía muy bien a la gente y la
tomaba tal cual ella es. Cambiaba las faltas de unos con las virtudes de otros,
y algunas veces también con sus faltas, sin dejar nunca de vigilar
celosamente lo que proviniera de ellos. También sabía que los
tiempos cambian, y nosotros con ellos. El partido había surgido de
un salto de las sombras de la ilegalidad a las alturas del poder. Esto creaba
para todos los viejos revolucionarios un sorprendente y agudo cambio en la
situación personal y en las relaciones con los demàs. Lo que
Lenin descubrió en Stalin bajo estas nuevas condiciones lo subrayó
cuidadosa pero claramente en su testamento: una carencia de lealtad y una
inclinación al abuso de poder. Ludwig omite estos datos. Es en ellos,
sin embargo, que puede hallarse la clave de las relaciones entre Lenin y Stalin
en el último periodo.
Lenin además de un teórico y un técnico de la dictadura
revolucionaria fue asimismo un custodio celoso de sus fundamentos morales.
Todo dato referente al empleo del poder en beneficio de intereses personales
encendía amenazadoramente sus ojos. "¿Cómo es eso
de que cualquier cosa resulta mejor que el parlamentarismo burgués?",
preguntaba, para expresar más efectivamente su contenida indignación.
Y no sin frecuencia agregaba al respecto del parlamentarismo una de sus ricas
definiciones. Mientras tanto, Stalin empleaba cada vez amplia y arbitrariamente
las posibilidades de la dictadura revolucionaria para reclutar gentes personalmente
devotas y obligadas hacia él. En su condición de secretario
general convirtiose en el dispensador del favor y la fortuna. Comenzó
así un conflicto irresoluble. Lenin perdió gradualmente su confianza
moral en Stalin. Si se tiene en cuenta este hecho fundamental, entonces todos
los episodios particulares del último periodo se sitúan ajustadamente
en su lugar y se tiene una apreciación real y no falsa de la actitud
de Lenin para Stalin.
Para dar al testamento su lugar apropiado en el desarrollo del partido, es preciso hacer aquí una digresión. Hasta el verano de 1919 el principal organizador del partido había sido Sverdlov. No gozaba de la denominación del secretario general, nombre que hasta entonces no se había concebido, pero en realidad ejercía esa función. Sverdlov murió a los 34 años de edad en marzo de 1919, de gripe. Con la prolongación de la guerra civil y la epidemia, segando vidas a diestro y siniestro, el partido apenas advirtió la gravedad de esta pérdida. En dos discursos pronunciados con ocasión de su muerte, Lenin hizo una apreciación de Sverdlov que arroja asimismo una luz refleja pero muy clara sobre sus últimas relaciones con Stalin. "En el curso de nuestra revolución, en sus victorias -decía- ha correspondido a Sverdlov expresar más plena e integralmente que cualquier otro la esencia misma de la revolución proletaria". Fue "ante todo y sobre todo un organizador". Modesto obrero, ni teórico ni escritor, elevose en poco tiempo a "organizador de intachable autoridad, un organizador de todo el poder soviético en Rusia y del trabajo del partido, único en su comprensión". Lenin no gustaba de las exageraciones de los jubileos o los panegíricos de los funerales. Su apreciación de Sverdlov fue al mismo tiempo una caracterización de la tarea del organizador: "Sólo gracias a que contáramos con un organizador tal como Sverdlov pudimos trabajar en tiempos de guerra, si bien es cierto que no tuvimos un solo conflicto digno de mención".
Y así fue, en efecto. En conversaciones sostenidad por entonces con Lenin subrayamos más de una vez, y todavía con renovada satisfacción, una de las principales condiciones de nuestro éxito: la unidad y solidaridad del grupo gobernante. No obstante la terrible presión de las dificultades y acontecimientos, lo nuevo de los problemas y los agudos desacuerdos que ocasionalmente surgían sobre asuntos concretos, el trabajo proseguíase sin interrupciones, con extraordinaria llaneza y camaradería. A veces, en breves palabras, recordábamos episodios de las viejas revoluciones. "No; entre nosotros las cosas marchan mejor. Esta es la única garantía de nuestra victoria". La solidaridad del centro dirigente había sido preparada por toda la historia del bolchevismo, la indiscutida autoridad de los jefes y, sobre todo, de Lenin. Pero en el mecanismo interior de esta unanimidad sin ejemplo el jefe técnico había sido Sverdlov. El secreto de su arte era simple: se guiaba por los intereses de la causa y sólo por ellos. Ningun obrero del partido sentía temor alguno de que desde lo alto del aparato del partido se dezlizaran intrigas. La base de esta autoridad de Sverdlov era su lealtad.
Habiendo probado mentalmente a todos los líderes del partido, Lenin dedujo en su discurso esta conclusión práctica: "Un hombre tal nunca podremos remplazarle si por reemplazo entendemos la posibilidad de hallar a un compañero que reúna semejantes condiciones. .. El trabajo que él realizaba únicamente podrá ser realizado ahora por todo un grupo de hombres que, siguiendo sus pasos, continúen su tarea". Estas palabras no eran mera retórica, sino que tenían un objetivo estrictamente concreto. Y la proposición fue llevada a la práctica. En lugar de un solo secretario, designose un secretariado integrado por tres personas. De estas palabras de Lenin resulta evidente, aun para los no familiarizados con la historia del bolchevismo, que durante la vida de Sverdlov, Stalin no desempeño un papel dirigente en la maquinaria del partido ya sea en tiempos de la Revolución de Octubre como en el periodo en que se echaron los fundamentos de Estado soviético. Stalin tampoco fue incluido en el primer secretariado que reemplazó a Sverdlov.
Cuando en el décimo Congreso, dos años después de la muerte de Sverdlov, Zinoviev y otros, no sin un oculto presentimiento de la lucha contra mí, apoyaron la candidatura de Stalin para secretario general -esto es, colocarle "de jure" en la posición que Sverdlov había ocupado "de facto"-, Lenin habló en un pequeño círculo sobre este propósito, expresando su temor de que "este cocinero solo prepare platos picantes". Esta sola frase, tomada en relación con el carácter de Sverdlov, nos revela las diferencias entre estos dos tipos de organizadores: el uno infatigable en limar conflictos, facilitando el trabajo del secretariado, y el otro especialista en platos picantes, que ni siquiera teme sazonarlos con veneno activo. Si Lenin no llevó en marzo de 1922 su oposición en extremo -esto es, no apeló abiertamente al congreso en contra de la candidatura de Stalin-, fue porque el puesto de secretario, inclusive "general", tenía, en las condiciones entonces predominantes, con el poder y la influencia concentrados en el Buró Político, una significación estrictamente subordinada. Quizá también Lenin, como muchos otros, no advirtió a tiempo adecuadamente el peligro como era necesario.
Hacia fines de 1921 la salud de Lenin se quebrantó bruscamente. El 7 de diciembre, al partir, por insistencia de su médico, quejándose ligeramente, escribió a los miembros de Bureau Político: "Partiré hoy. No obstante mi reducida cuota de trabajo y la aumentada cuota de descanso, en estos últimos días el insomnio ha aumentado endiabladamente. Temo que no pueda hablar en el congreso del partido ni en el de los soviets". Durante cinco meses Lenin languideció, a medias separado del trabajo por los médicos y amigos, en continua alarma acerca del curso seguido por los asuntos del gobierno y del partido, en su constante lucha con su prolongada enfermedad. En mayo tuvo su primer ataque. Durante dos meses viose imposibilitado para hablar, escribir o moverse. En julio comenzó lentamente a mejorarse. Permaneciendo en el campo inicia, gradualmente, una activa correspondencia. En octubre vuelve al Kremlin y oficialmente reanuda su tarea. "No hay diablo sin suerte", escribe privadamente en el borrador de un futuro discurso. "He permanecido inmóvil por espacio de un año y medio y observando desde el margen". Lenin quería decir: "anteriormente he permanecido excesivamente amarrado a mi puesto y he dejado de observar muchas cosas; la larga interrupción me ha permitido ahora ver muchos hechos con nuevos ojos". Lo que más le intranquilizaba, indudablemente, era el monstruoso crecimiento del poder burocrático, cuyo foco había llegado a ser el Buró de Organización del Comité Central.
La necesidad de alejar al que se especializaba en la preparación de platos picantes hízose clara para Lenin inmediatamente después de su retorno al trabajo. Pero esta cuestión personal se había complicado notablemente. Lenin no dejaba de ver cuán ampliamente su ausencia había sido utilizada por Stalin para una elección unilateral de hombres, a menudo en directa contradicción con los intereses de la causa. El secretario general era ahora apoyado por una fracción numerosa, que actuaba conjuntamente, si no siempre por razones intelectuales, por lo menos por firmes ataduras. Un cambio en la dirección en el aparato del partido habíase ya hecho imposible sin la preparación de un serio ataque político. Por entonces había tenido lugar la conversación "conspirativa" entre Lenin y yo en la cual hablamos de una lucha combinada contra el burocratismo del partido y los soviets, y su proposición de un "bloque" contra el Buró de Organización, la principal plaza fuerte de Stalin en ese tiempo. El hecho mismo de esta conversación así como su contenido, pronto reflejose en documento y constituye un innegable documento de la historia del partido, no puesto en duda por nadie.
Empero, sólo unas pocas semanas después hubo una nueva declinación en la salud de Lenin. No solamente el continuo trabajo, sino también las conversaciones ejecutivas con los camaradas le fueron otra vez prohibidas por los médicos. Tenía que meditar sobre las futuras medidas de lucha solo, entre cuatro paredes. Para controlar los entretelones de las actividades del secretariado, Lenin preparaba algunas medidas generales de carácter organizativo. De este modo surgió el proyecto de crear un centro del partido de máxima autoridad, en la forma de una comisión de contralor compuesta por afiliados capaces y dignos de confianza, completamente independientes desde el punto de vista jerárquico -vale decir, que no desempeñarán cargos oficiales ni administrativos- y al mismo tiempo facultados para llamar a rendir cuentas por las violaciones de la legalidad, de la democracia en el partido y en los soviets y por la falta de moralidad revolucionaria, a todos los que ocuparan cargos sin excepción, no solamente del partido, incluidos los miembros del Comité Central, sino que también, a través de la Inspección Obrera y Campesina, a los altos funcionarios del Estado.
El
23 de enero, por intermedio de N Krupskaia, Lenin remitió a la Pravda
un artículo acerca de la propuesta de reorganización de las
instituciones centrales. Temiendo un traicionero y repentino ataque de su
enfermedad y una respuesta no menos traidora del Secretariado, aquél
reclamó que el artículo fuera publicado inmediatamente: esto
implicaba una apelación directa al partido. Stalin se negó a
acceder a este requerimiento de la Krupskaia alegando la necesidad de discutir
el asunto en el Buró Político. Formalmente, esto significaba
nada más que postergar la cuestión por un día. Pero el
procedimiento mismo de someterla al Buró Político no pronosticaba
nada bueno. Por indicaciones de Lenin la Krupskaia se dirigió a mí
en busca de colaboración. Yo reclamé una reunión inmediata
del Buró. El temor de Lenin se vio completamente confirmado: todos
los miembros titulares y suplentes presentes en la reunión: Stalin,
Molotov, Kuibychev, Rykov, Kalinin y Bujarin no solamente pronunciáronse
contra la reforma propuesta por Lenin, sino también contra la publicación
de su artículo. Para consolar al enfermo, a quien cualquier aguda excitación
nerviosa amenazaba con un desastre, Kuibychev, el futuro jefe de la Comisión
Central de Contralor, propuso que se imprimiera un número especial
de la Pravda con el artículo de Lenin, pero un solo ejemplar. Era de
este modo "ferviente" como esa gente seguía a su maestro.
Yo rechacé con indignación la proposición de engañar
a Lenin, hablando principalmente a favor de la reforma propuesta por este
último y exigiendo la inmediata publicación del artículo.
Fui apoyado por Kamenev, que llegó una hora más tarde. La actitud
de la mayoría fue finalmente modificada argumentando que de todas maneras
Lenin haría circular su artículo: sería copiado a máquina
y leído con mayor interés y de tal modo resultaría más
señaladamente dirigido contra el Comité Central. El artículo
apareció en la Pravda de la mañana siguiente, el 25 de enero.
Este documento también se reflejó oportunamente en documentos
oficiales, sobre la base de los cuales hemos escrito lo que antecede.
En general, considero necesario subrayar que, desde que no pertenezco a la
escuela de la psicología pura y puesto que estoy acostumbrado a confiar
en los hechos firmemente establecidos antes que en su reflejo emocional en
la memoria, toda la presente exposición, con excepción de los
hechos especialmente indicados, ha sido realizada basándome en los
documentos que tengo archivados y con una cuidadosa verificación de
fechas, testimonios y circunstancias reales en general.
La política
organizativa no fue la única arena de lucha entre Lenin contra Stalin.
El pleno de noviembre del Comité Central (1922), sesionando sin la
presencia de Lenin y sin la mía, introdujo inesperadamente un cambio
radical en el sistema de comercio exterior, minando los fundamentos mismos
del monopolio de Estado. En una conversación con Krassin, entonces
Comisario del Pueblo del Comercio Exterior, me referí a esa resolución
aproximadamente en estos términos: "No solamente han desfondado
el barril, sino que lo han taladrado con varios agujeros". Lenin se enteró.
El 13 de diciembre me escribió: "Urjo a usted encarecidamente
asuma en el próximo pleno la defensa de nuestro común punto
de vista respecto de la incondicional necesidad de preservar y reforzar el
monopolio... El pleno anterior adoptó en este asuntó una resolución
totalmente en contradicción con el monopolio del comercio exterior".
Negándose a hacer concesión alguna en esta cuestión,
Lenin insistía en que yo apelara al Comité Central contra Stalin,
responsable como secretario general de la presentación de los asuntos
a tratarse en los plenos de ese organismo. En ese momento, sin embargo, las
cosas no llegaron hasta el punto de una lucha decidida. Sintiendo el peligro,
Stalin se retiró sin ofrecer batalla y sus amigos, con él. En
el pleno de diciembre el acuerdo tomado en noviembre fue rectificado. "Parece
que hemos tomado la posición sin disparar un cartucho, con un simple
movimiento estratégico", me escribió Lenin en chanza, el
21 de diciembre.
El desacuerdo en la esfera política nacional fue aún más
agudo. En el otoño de 1922 preparábamos la transformación
del Estado soviético en una unión federada de repúblicas
nacionales. Lenin lo consideraba necesario para satisfacer cuan ampliamente
fuera posible las demandas y aspiraciones de los nacionalistas que habían
vivido durante largos años bajo la opresión y aún estaban
lejos de haberse recobrado de las consecuencias de esta última situación.
Stalin por otra parte, que en su condición de Comisario del Pueblo
de las Nacionalidades dirigía el trabajo preparatorio, conducíase
en este sentido con arreglo a una política de centralismo burocrático.
Lenin, convaleciente en una aldea cercana a Moscú, mantenía
una polémica con este último en cartas dirigidas al Buró
Político. En sus primeros comentarios sobre el proyecto de Stalin de
una unión federada, Lenin fue extremadamente gentil y circunspecto.
Todavía esperaba -a fines de septiembre de 1922- resolver la cuestión
mediante el Buró Político y sin necesidad de conflicto. Las
respuestas de Stalin, por su parte, revelaban una evidente irritación.
Se volvía contra Lenin reprochándole "apresuramiento"
y acusándole de "liberalismo" nacional, esto es, de indulgencia
hacia el nacionalismo de los extranjeros. Esta correspondencia, aunque en
extremo interesante políticamente, aún se le oculta al partido.
La política nacional burocrática ya por entonces había
promovido una aguda oposición en Georgia uniendo contra Stalin y su
"mano derecha", Orjonikidzé, a la flor del bolchevismo georgiano.
Por intermedio de la Krupskaia, Lenin se puso en comunicación privada
con los dirigentes de la oposición georgiana (Mdivani, Majaradzé,
etc.), contra la fracción de Stalin, Orjonikidzé y Dzerjinsky.
La lucha fue muy aguda y Stalin se hallaba demasiado ligado a un grupo bien
definido para retirarse en silencio como lo había hecho en la cuestión
del monopolio del comercio exterior. En el transcurso de las semanas siguientes
Lenin convencióse de que era necesario recurrir al partido. A fin de
diciembre dictó una larga carta sobre la cuestión nacional en
reemplazo del discurso que debía pronunciar ante el congreso del partido,
pues su enfermedad le impedía participar del mismo. Acusó a
Stalin de exceso de celo administrativo y despecho contra su pretendido nacionalismo.
"En política -escribía- el despecho generalmente desempeña
la peor función posible". Lenin calificaba la lucha contra las
justas exigencias -aun cuando al principio éstas fueran exageradas-
de las nacionalidades anteriormente oprimidas como una manifestación
de burocratismo "gran ruso". Por primera vez llamaba a sus oponentes
por su nombre. "Por supuesto, es necesario contener a Stalin y Dzerjinsky,
políticamente responsables de toda esta campaña inminentemente
de nacionalismo gran ruso". Que este gran ruso Lenin, acuse al georgiano
Djugashvili y al polaco Dzerjinsky de nacionalismo gran ruso puede parecer
paradójico: pero no se trata aquí de sentimientos y parcialidades
nacionales sino de los sistemas políticos cuyas diferencias se revelan
en todas las esferas, entre ellas la cuestión nacional. Condenada implacablemente
la política de la fracción de Stalin, Rakovsky escribiría
algunos años después: "En la cuestión nacional,
como en todas las demás, la burocracia juzga desde el punto de vista
de la conveniencia de administración y de regimentación".
No podría decirse nada mejor.
Las concesiones verbales de Stalin no aquietaron a Lenin en lo más
mínimo sino que, por el contrario, aguzaron sus sospechas. "Stalin
aceptará un compromiso podrido -me advertía por intermedio de
su secretaria- y después nos defraudará". Y este era, precisamente,
el propósito de Stalin. Estaba dispuesto a aceptar en el próximo
congreso cualquier formulación teórica de la política
nacional a condición de que ello no debilitara su apoyo fraccional
en el centro y en provincias. Seguramente tenía muchas razones para
temer que Lenin advirtiera clara y totalmente sus propósitos. Pero,
por otra parte, el estado de salud de este último empeoraba constantemente.
Stalin incluía fríamente en sus cálculos este factor
no sin importancia. A medida que la práctica política del secretario
general se hacía más decisiva, la salud de Lenin enpeoraba.
Stalin trataba de aislar al peligroso supervisor de toda información
que pudiera proporcionarle una arma contra el secretario y sus aliados. Esta
política de bloqueo, naturalmente, fue dirigida contra las personas
más cercanas a Lenin. La Krupskaia hacia lo posible por proteger al
enfermo del contacto con las maquinaciones hostiles del Secretariado. Pero
Lenin sabía cómo deducir toda una situación de síntomas
accidentales. Vigilaba atentamente las actividades de Stalin y advertía
con claridad sus motivos y cálculos. No es difícil imaginar
qué reacciones originaría todo ello en su pensamiento. Recordemos
que en ese momento ya se hallaba sobre el escritorio de Lenin, parte del testamento
insistiendo sobre la separación de Stalin, también los documentos
referentes a la cuestión nacional que las secretarias de Lenin, compañeras
Fotieva y Gliasser, reflejando sensiblemente el modo de ser de su jefe describieron
como "una bomba contra Stalin".
Lenin concebía
la función de la Comisión de Control como protectora de la unidad
y de las normas del partido en relación con el problema de la reorganización
de la Inspección Obrera y Campesina (Rabkrin), cuyo dirigente durante
varios años había sido Stalin. El 4 de marzo la Pravda publicó
un artículo famoso en la historia del partido, titulado: "Es preferible
menos y mejor". Este trabajo fue redactado en distintas oportunidades.
Lenin no gustaba dictar ni hubiera podido hacerlo. Empleó mucho tiempo
escribiendo el artículo. Por fin el 2 de marzo lo terminó con
satisfacción: "¡Al fin me parece bien!". Este artículo
planteaba la forma de las instituciones dirigentes del partido en una amplia
perspectiva política nacional e internacional. Sobre este aspecto de
la cuestión, sin embargo, no podemos aquí detenernos. Mucho
más importante para nuestro propósito es la apreciación
formulada por Lenin respecto de la Inspección Obrera y Campesina: "Hablemos
francamente. El Comisario del Pueblo de la Inspección Obrera y Campesina
no goza en los actuales momentos ni sombra de autoridad. No existe una institución
peor organizada que la Inspección Obrera y Campesina y que en las actuales
condiciones nada puede requerirse de este Comisariado del Pueblo". Esta
áspera alusión hecha por el jefe del gobierno a una de las más
importantes instituciones del Estado, fue un golpe directo y sin atenuantes
contra Stalin como organizador y jefe de la Inspección. Las razones
de ellos eran claras. La Inspección estaba destinada a servir principalmente
como un antídoto a las desviaciones burocráticas de la dictadura
revolucionaria. Función de tanta responsabilidad podía cumplirse
con éxito a condición de una amplia lealtad en su dirección
pero precisamente esta lealtad era la que a Stalin le faltaba. Había
convertido a la inspección, como al Secretariado del partido, en un
apéndice de la máquina de intrigas, de protección para
"sus hombres" y de persecusión a sus opositores. En el artículo
"Es preferible menos y mejor", Lenin señalaba abiertamente
que la proyectada reforma de la Inspección, en la dirección
de la cual no hacía mucho tiempo habíase designado a Tziurupa,
debía inevitablemente tropezar con la resistencia de "toda nuestra
burocracia, la burocracia de los soviets y del partido". "Entre
paréntesis debe subrayarse -agregaba significativamente-: tenemos una
burocracia no solamente en las instituciones soviéticas sino también
en las del partido". Este era un golpe perfectamente deliberado contra
Stalin como secretario general. Por lo tanto, no sería exagerado afirmar
que Lenin pasó los últimos seis meses de vida política,
entre su convalecencia y su segunda enfermedad en una aguda lucha política
contra Stalin. Recordemos una vez más las principales fechas. En septiembre
inició el fuego contra la política nacional de Stalin. En la
primera mitad de diciembre atacó a Stalin en la cuestión del
monopolio del comercio exterior. El 25 de diciembre redactó la primera
parte de su testamento. En diciembre de 1922 escribió su carta sobre
el problema nacional (la "bomba"). El 4 de enero agregó una
postdata a su testamento al respecto de la necesidad de separar a Stalin de
su cargo de secretario general. El 23 de enero disparó contra Stalin
una batería pesada: el proyecto de la Comisión de Contralor.
En un artículo del 2 de marzo dirigió un doble ataque contra
Stalin como organizador de la Inspección y como secretario general.
El 5 de marzo me escribió acerca de su memorándum sobre el problema
nacional: "Si está usted de acuerdo conmigo en asumir su defensa,
yo descansaré tranquilo". El mismo día por primera vez
unió sus fuerzas a las de los irreconciliables enemigos georgianos
de Stalin, comunicándoles en una nota especial que se adhería
a su actitud "de todo corazón" y estaba preparándoles
algunos documentos en contra de Stalin, Orjonikidzé y Dzerjinsky. "De
todo corazón" no era una expresión muy frecuente en Lenin.
"Este problema (el nacional) preocupábale en grado sumo -testimonia
su secretaria. Fotieva- y estaba dispuesto a hablar de él en el congreso
del partido". Pero un mes antes del congreso la enfermedad abatió
a Lenin sin que diera instrucciones acerca del artículo. Stalin quitose
un gran peso de los hombros. En la "camarilla de notables" del duodécimo
congreso ya se atrevió a hablar, en su estilo característico,
de la carta de Lenin como del documento de un hombre enfermo, influido por
"mujeres" ( esto es, la Krupskaia y las dos secretarias). Bajo el
pretexto de descubrir la real voluntad de Lenin decidiose guardar el documento
bajo llave. Allí permanece hasta la fecha.
Los dramáticos episodios enumerados más arriba, suficientemente
vívidos por sí mismos, no reflejan ni el más mínimo
grado la vehemencia con que Lenin vivió los acontecimientos del partido
en los últimos meses de su vida. En cartas y artículos se impuso
la severísima censura habitual. Lenin comprendió suficientemente
bien desde su primera crisis la naturaleza de su enfermedad. Después
de la vuelta al trabajo, en octubre de 1922, los vasos capilares de su cerebro
no dejaron de recordarle por pequeños golpes, perceptibles apenas,
pero cada vez más frecuentes y penosos que evidentemente amenazaba
una recaída. Lenin apreciaba exactamente su situación no obstante
afirmaciones alentadoras de los médicos. A comienzo de marzo, cuando
de nuevo se vio obligado a abandonar el trabajo, por lo menos las reuniones,
entrevistas y conversaciones telefónicas, llevó consigo a su
cuarto de enfermo algunas observaciones y preocupaciones inquietantes. El
aparato burocrático, con la fracción secreta de Stalin en el
Secretariado del Comité Central, habíase convertido en un gran
factor político independiente. En el terreno nacional, en el cual Lenin
reclamaba la conveniencia de un tacto especial, los colmillos del centralismo
del tipo imperial mostrábanse y más decididamente para encubrir
las exigencias arbitrarias de los funcionarios. Lenin intuía sutilmente
la proximidad de una crisis política y temía que el aparato
estrangulase al partido. La política de Stalin asumió a los
ojos de Lenin en el último periodo de su vida la encarnación
de un monstruo burocrático en ascenso. El paciente más de una
vez habíase estremecido ante el pensamiento de que no tuviese éxito
en llevar a la práctica la reforma del partido de que había
hablado conmigo antes de su segunda enfermedad. Un terrible peligro, creía,
amenazaba el trabajo de toda su vida.
¿Y Stalin? Habiendo avanzado demasiado para intentar una retirada,
acicateado por su propia fracción, temiendo el ataque concentrado cuyos
hilos eran todos manejados desde el lecho de enfermo de su terrible y respetable
enemigo, Stalin habíase ya precipitado y reclutaba abiertamente partidarios
para distribuirlos en las posiciones del partido y de los soviets, aterrorizaba
a los que apelaban a Lenin por intermedio de la Krupskaia y siempre con mayor
insistencia hacía difundir el rumor de que Lenin no era ya responsable
de sus actos. Tal fue el ambiente en el cual surgió la carta de Lenin
rompiendo absolutamente con Stalin. No. Esta no se produjo como un rayo en
un cielo. No sólo cronológica, sino que incluso moral y políticamente
señala el trazo final en la actitud de Lenin hacia Stalin.
¿No es sorprendente que Ludwig, repitiendo cumplidamente el relato
oficial acerca del fiel discípulo del maestro "hasta su muerte",
no diga una palabra al respecto de esta carta final o, por cierto, de todos
los otros hechos que no concuerden con las actuales leyendas del Kremlin?
Cuando menos, Ludwig debía conocer la existencia de la carta, aunque
más no fuera por mi autobiografía de la cual estaba enterado,
pues hizo un favorable comentario sobre la misma. Acaso tuviera dudas sobre
la autenticidad de mi testimonio. Pero ni la existencia de la carta ni su
contenido han sido negados por nadie. Más aún, están
confirmados en las actas estenográficas del Comité Central.
En el pleno de julio de 1926, Zinoviev decía: "A comienzos de
1923, Vladimiro Ilitch, en una carta personal dirigida a Stalin, rompió
toda relación con él " (Acta estenográfica del Pleno,
no. 4, pág. 32). Y otros oradores, entre ellos M. I. Ulianova, la hermana
de Lenin, hablaron de la carta como un hecho generalmente conocido en los
círculos del Comité Central. Para aquellos días ni aun
en la cabeza de Stalin se habría concebido negar esta verdad. En realidad,
que yo esté enterado, no se ha atrevido a hacerlo en una forma directa
ni aun posteriormente.
Es verdad que los historiadores oficiales en los últimos años
han hecho literalmente esfuerzos gigantescos para borrar de la memoria de
los hombres todo este capítulo histórico. Y en lo que a la juventud
comunista concierne, esos esfuerzos han logrado cierto resultado. Pero existen
investigadores precisamente con el propósito, pareciera, de destruir
las leyendas y reconstruir los hechos reales en su auténtico significado.
¿Esta verdad no rige para los psicólogos?
* * *
Más
arriba hemos indicado los puntos fundamentales de la lucha final entre Lenin
y Stalin. En todos estos periodos Lenin buscó mi apoyo y lo obtuvo.
De los discursos, artículos y cartas de Lenin podrían sin dificultad
tomarse innumerables testimonios del hecho de que después de nuestro
desacuerdo temporal en cuanto al asunto de los sindicatos, durante los años
1921 y 1922 y comienzos de 1923, Lenin no perdió ninguna ocasión
de subrayar manifiestamente su solidaridad con mi persona, suscribir esta
o aquella otra declaración mía, apoyar esta u otra actitud que
yo hubiese adoptado. Debe comprenderse que sus motivos no eran personales
sino políticos. Lo que pudo en verdad haberle alarmado y afectado en
los últimos meses fue que mi apoyo a sus medidas de lucha contra Stalin
no fuera suficientemente activo. ¡Sí, tal es la paradoja de la
situación! Lenin temiendo una futura división en torno a Stalin
y Trotsky reclamaba de mí una lucha más enérgica contra
Stalin. Sin embargo, las contradicciones aquí son sólo superficiales.
Era en interés de la dirección del partido en el futuro que
Lenin deseaba entonces condenar enérgicamente a Stalin y desarmarle.
Lo que me detenía era el temor de que cualquier conflicto agudo en
el núcleo gobernante en momentos en que Lenin luchaba con la muerte,
fuera interpretado por el partido como un arreglo para repartirse el mando
de Lenin. No plantearé aquí la cuestión de si mi actitud
en este caso fue o no acertada, ni el problema más amplio todavía
de si habría sido posible entonces, mediante reformas organizativas
y cambios personales detener el peligro que avanzada. ¡Pero cuán
lejos de las posiciones reales de los protagonistas está el cuadro
que nos ofrece el popular escritor alemán que tan ligeramente abre
las cerraduras de todos los enigmas!
Por este último sabemos que el testamento "decidió el destino
de Trotsky"; vale decir, sirvió evidentemente como causa de la
pérdida del poder del mismo. De acuerdo con otra versión de
Ludwig, expuesta inmediatamente después de esa última y sin
realizar el mínimo intento para correlacionarla, Lenin aspiraba a un
"duunvirato de Trotsky y Stalin". Este último pensamiento,
también sin duda sugerido por Radek, suministra una excelente prueba
de que aún ahora, incluso en el estrecho círculo de Stalin,
no obstante las tendenciosas manipulaciones de un escritor extranjero invitado
a una conversación, nadie se atreve a afirmar que Lenin viera en Stalin
a su sucesor. Para no llegar a una extrema oposición con el texto del
testamento y muchos otros documentos, es preciso poner ex pos facto esta idea
del duunvirato.
¿Pero cómo cohonestar esta leyenda con la advertencia de Lenin:
separar al secretario general? Esto habría significado despojar a Stalin
de todas las armas de su influencia. Nadie trataría en esa forma al
candidato a duunvirato. No, y por otra parte, esta segunda hipótesis
de Radek-Ludwig, aunque más circunspecta, no encuentra asidero en el
texto del documento. El propósito del documento fue definido por su
autor: garantizar la estabilidad del Comité Central. Lenin concebía
el modo de llegar a este fin no mediante la combinación artificial
de un duunvirato, sino fortaleciendo el control colectivo sobre la actividad
de los dirigentes. En forma que apreciaba, al hacer esto, la influencia relativa
de los respectivos integrantes de la dirección colectiva, el lector
puede deducirlo sobre la base de las citas del testamento hechas más
arriba. Sólo que este último debe perder de vista que el testamento
no fue la última palabra de Lenin y que esta actitud para con Stalin
hízose más y más severa a medida que aquél sentía
aproximarse el desenlace.
Ludwig no habría cometido un error tan capital en su apreciación
del significado y el espíritu del testamento, de haberse interesado
un poco por el destino reservado a este documento. Ocultado al partido por
Stalin y su grupo, fue reimpreso y publicado sólo por los oposicionistas,
por supuesto, clandestinamente. Centenares de amigos y partidarios míos
fueron arrestados y exiliados por copiar y distribuir esas dos pequeñas
páginas. El 7 de noviembre de 1927 -décimo aniversario de la
Revolución de octubre- los oposicionistas de Moscú tomaron parte
de la demostración de ese día con un cartelón: "Cumplid
el testamento de Lenin". Tropas de stalinistas especialmente elegidas
rompieron las líneas de formación, arrebatando y destrozando
el criminal cartelón. Dos años más tarde, en el momento
de mi deportación al extranjero, inventose la historia de una insurrección
preparada por los "trotskistas" para el 7 de noviembre. La exigencia
de "Cumplir el testamento de Lenin" fue interpretada por la fracción
stalinista como un llamado a la insurrección. Y aún ahora la
publicación del testamento está prohibida a toda sección
de la Internacional Comunista. Los comunistas internacionalistas, por el contrario,
vuelven a publicar el documento en todos los países con motivo de cualquier
ocasión propicia. Políticamente, estos hechos agotan la cuestión.
* * *
¿Pero
de dónde surgió esta fantástica invención de que
yo me incorporara de mi asiento durante la lectura del documento o, antes
todavía, de las "seis palabras" que no están en el
testamento, formulando la pregunta: "Qué dice allí?"
Acerca de esto sólo puedo ofrecer una explicación hipotética.
De la corrección de la misma el lector juzgará.
Radek pertenecía a la especie de los ingenios y escribas profesionales.
Esto no signfica que no posea otras cualidades personales. Basta recordar
que en el séptimo congreso del partido, el 8 de marzo de 1918, Lenin,
que en general era tan parco en comentarios personales, consideraba posible
decir: "Vuelvo al camarada Radek y quiero subrayar que accidentalmente
ha logrado hacer una seria observación..." Y después, otra
vez: "Ocurre que esta vez tenemos una seria observación formulada
por Radek..." Gentes que hablan seriamente sólo por modo de expresión,
tienen una tendencia a embellecer la realidad, pues en su forma material ésta
no siempre coincide con su versión. La experiencia personal me ha conducido
a adoptar una actitud muy cautelosa respecto de las afirmaciones de Radek.
No acostumbra relatar de nuevo los acontecimientos, sino a tomarlos como motivo
de un ingenioso relato. Desde que todo arte, incluso el anecdótico,
aspira a la síntesis, Radek se inclina a unir diferentes hechos o brillantes
aspectos de varios episodios aun cuando hubieran acaecido en distintos tiempos
y lugar. Y no pone en ello malicia. Es forma de su vocación.
Y esta vez, aparentemente, ha ocurrido de la misma manera. Radek, de acuerdo
con todas las evidencias, ha confundido una reunión del "grupo
de notables" del decimotercer congreso con una sesión del Comité
Central de 1926, a pesar que entre ambos hay un intervalo de dos años.
Esta vez el testamento fue leído, efectivamente, por Stalin y no por
Kamenev, que ya entonces se sentaba conmigo en los bancos de la oposición.
La lectura se llevó a cabo porque durante aquellos días circulaban
ampliamente en el partido copias del testamento, la carta nacional de Lenin
y otros documentos guardados bajo llave. La gente perteneciente al aparato
del partido poníase nerviosa y deseaba saber lo que Lenin realmente
había dicho. "La oposición lo sabe y nosotros no"
-afirmaban-. Después de una prolongada resistencia Stalin viose obligado
a leer el documento prohibido en una sesión del Comité Central,
lo cual hizo que quedara registrado estenográficamente y fuera anotado
secretamente en sus libretas de apuntes por los dirigentes del partido.
No hubo ningún incidente en el trancurso de la lectura, pues el testamento
hacía largo tiempo era bien conocido por los miembros del Comité
Central. Pero yo interrumpí a Stalin durante la lectura de la correspondencia
sobre la cuestión nacional. El episodio no es en sí mismo importante
aunque quizá pueda ser utilizable por los psicólogos para ciertas
deducciones.
Lenin era extremadamente parco en sus expresiones y métodos literarios.
Llevaba su correspondencia con los colaboradores más afines en un lenguaje
telegráfico. La forma de dirigirse era siempre el último nombre
de aquel a quien se refería, con la letra "T" (Tovarisch:
camarada) y la firma era: Lenin. Las explicaciones complicadas eran reemplazadas
por un doble o un triple subrayado de palabras separadas, signo de exclamación,
etcétera. Todos nosotros conocíamos las peculiaridades de Lenin
y por eso aun el mínimo apartamiento de su lacónica forma llamaba
la atención.
Al mandar su carta sobre la situación nacional, Lenin escribió
el 5 de marzo: "Estimado camarada Trotsky: urgo de Usted quiera asumir
la cuestión de Georgia en el Comité Central del partido. El
asunto se halla actualmente "en marcha" en manos de Stalin y Dzerjinsky
y yo no puedo confiar en su imparcialidad. Todo lo contrario. Si está
usted de acuedo conmigo en asumir su defensa, devúelvame todos los
documentos. Consideraré esto como la señal de su desacuerdo.
Con los mejores saludos de camaradería, Lenin. 5 de marzo de 1923."
El contenido y el tono de esta nota, dictada por Lenin durante los últimos
días de su vida política, fueron para Stalin no menos penosos
que el testamento. ¿Una carencia de "imparcialidad" no implica,
en verdad, una identica falta de lealtad? Lo que menos demuestra esta nota
es confianza hacia Stalin - "todo lo contrario"- lo que subraya
es la confianza que pone en mí. Teníase a mano una confirmación
de la unión tácita entre Lenin y yo contra Stalin y su fracción.
Stalin difícilmente podía controlarse durante la lectura. Cuando
llegó a la firma vaciló: "Con los mejores saludos de camaradería".
Esto era demasiado demostrativo en la pluma de Lenin. Stalin leyó:
"Con saludos comunistas". lo cual sonaba más seca y más
oficialmente. En ese momento yo pregunté: "¿Cómo
está escrito?". Stalin se vio obligado, no sin turbación,
a leer el auténtico texto de Lenin. Algunos amigos de aquél
exclamaron que yo sutilizaba detalles, aunque sólo reclamaba una verificación
del texto. Esta pequeña incidencia causó impresión. Se
habló de ella entre los dirigentes del partido. Radek, que por entonces
era miembro del Comité Central, se enteró de ello por otros
en el Pleno y creo que por mi boca. Cinco años más tarde, cuando
se hallaba de parte de Stalin, su flexible memoria evidentemente le ayudó
a tergiversar este episodio que dio lugar a la referencia tan útil
y tan errónea de Ludwig. Aun cuando Lenin -como hemos visto- no hallara
razones para declarar en su testamento que mi pasado no bolchevique "no
era accidental", yo estoy dispuesto a aceptar esta fórmula por
propia decisión. En el mundo espiritual la ley de casualidades es tan
inflexible como en el mundo físico. En este sentido general mi órbita
política no fue, por supuesto, "accidental" y el hecho de
que yo me adhiriera al bolchevismo tampoco. El problema de la seriedad y permanencia
de mi adhesión al bolchevismo no puede ser decidido por un mero examen
cronológico ni por hipótesis de psicología literaria.
Es necesario un análisis teórico y político. Y éste,
por descontado, es un tema demasiado amplio y está completamente fuera
del marco del presente ensayo. Para nuestro propósito basta decir que
Lenin, al describir la conducta política de Zinoviev y Kamenev en 1917
como "no accidental" no hacía una referencia filosófica
a las leyes del determinismo, sino una advertencia política para el
futuro. Precisamente por esta razón es que Radek juzgó necesario,
por medio de Ludwig, transferir esa advertencia de Ziniviev y Kamenev a mí.
* * *
Recordaremos los puntos principales de esta cuestión. Desde 1917 a
1924 no se habló nunca del supuesto contraste entre "trotskismo"
y leninismo. En este periodo ocurrieron la Revolución de octubre, la
guerra civil, la puesta en marcha del Estado soviético, la creación
del ejército rojo, la elaboración del programa del partido,
la formación de la Internacional Comunista, de sus núcleos,
y la publicación de sus documentos fundamentales. Después del
apartamiento de Lenin de su trabajo produjéronse serias divergencias
en el núcleo del Comité Central. En 1924 el espectro del "trotskismo"
-después de una cuidadosa preparación tras las bambalinas- fue
puesto en escena. Toda la lucha interior del partido fue desde entonces llevada
dentro del marco de una contradicción entre trotskismo y leninismo.
En otros términos, los desacuerdos entre los epígonos y yo creados
por nuestras nuevas tareas y nuevas circunstacias, fueron presentados como
una continuación de mis desacuerdos del pasado con Lenin. Este tema
dio lugar a la producción de una vasta literatura. Sus tiradores más
certeros fueron siempre Zinoviev y Kamenev. En su condición de viejos
y próximos colaboradores de Lenin ellos colocáronse a la "vieja
guardia bolchevique" contra el trotskismo. Pero bajo la presión
de profundos procesos sociales este grupo quedó aislado. Zinoviev y
Kamenev en persona se vieron obligados a admitir que los llamados "trotskistas"
habían tenido razón en todas las cuestiones fundamentales. Millares
de viejos bolcheviques se adhirieron al trotskismo.
En el pleno de junio de 1926, Zinoviev anunció que esa lucha contra
mí había sido el mayor error de su vida, "más peligroso
que el error de 1917". Orjonikidzé no estuvo del todo equivocado
al decirle desde su asiento: "¿Por qué confundió
usted a todo el partido?" A esta pesada replica Zinoviev no dio una explicación
oficial. Pero encontró una explicación no oficial en la conferencia
de la Oposición de octubre de 1926. "Deben ustedes comprender
-dijo en mi presencia a sus amigos más íntimos, algunos obreros
de Leningrado que creían sinceramente en la leyenda del trotskismo-
que se trataba de una lucha por el poder. Toda la cuestión consistía
en relacionar los viejos desacuerdos con los nuevos problemas. El trotskismo
fue inventado con ese fin....".
En el trancurso de dos años de su permanencia en la oposición,
Zinoviev y Kamenev expusieron completamente el fondo del mecanismo del precedente
periodo cuando con Stalin crearon la leyenda del "trotskismo" por
medios conspirativos. Un año más tarde, cuando se vio claramente
que la Oposición se vería obligada a nadar durante largo tiempo
y firmemente contra la corriente, Zinoviev y Kamenev se entregaron a merced
del vencedor. Como primera condición de su rehabilitación al
partido se les exigió que reeditarán la leyenda del trotskismo.
Ellos aceptaron. Con ese motivo yo decidí refozar sus propias declaraciones
anteriores con una serie de testimonios autorizados. Fue Radek, no otro que
Carlos Radek, quien proporcionó la siguiente prueba escrita: "Yo
estuve presente en una conversación de Kamenev con el propósito
de que éste declarara ante el pleno del Comité Central cómo
ellos -es decir, Zinoviev y Kamenev- junto con Stalin, decidieron utilizar
los viejos desacuerdos entre Lenin y Trotsky para después de la muerte
del primero separar al segundo de la dirección del partido. Sin embargo,
yo he oído de labios de Zinoviev y Kamenev que ellos "inventaron"
el trotskismo en forma de una consigna actual. Carlos Radek. 25 de diciembre
de 1927".
Idénticos testimonios escritos fueron dados por Preobrazhensky, Piatakov,
Rakovsky y Eltzin. Piatakov, después director del Banco del Estado,
ratificó el testimonio de Zinoviev con las siguientes palabras: "El
trotskismo fue concebido para reemplazar los actuales desacuerdos por otros
supuestos, esto es, con divergencias del pasado carentes ahora de significación
pero artificialmente galvanizados con el propósito ya expresado".
¿Es suficientemente claro, verdad? "Nadie -escribía V.
Eltzin, representativo de la generación más joven-, ni uno solo
de los "zinovievistas" presentes hizo objeción alguna. Todos
ellos aceptaron esa declaración como un hecho generalmente conocido".
El testimonio antes citado de Radek fue ofrecido por él el 25 de diciembre
de 1927. Unas pocas semanas después ya estaba en el exilio y unos meses
más tarde sobre el meridiano de Tomsk, se había convencido de
la justeza de la política de Stalin, cosa que no se le había
revelado antes en Moscú. Pero también de Radek los dioses exigieron
como una condición "sine qua non" una aceptación de
la realidad de esta misma leyenda del trotskismo. Después de haber
aceptado esto, Radek no tuvo más que hacer sino dejar que se repitiese
la vieja fórmula de Zinoviev que este mismo había hecho pública
en 1926 para volver a ella en 1928. Radek ha ido más lejos. En una
conversación con un crédulo extranjero ha enmendado el testamento
de Lenin para tratar de hallar un apoyo a esta leyenda de los epígonos
sobre el "trotskismo".
De esta breve reseña histórica, que se apoya exclusivamente
en datos documentados, pueden deducirse muchas conclusiones. Una de ellas
es que la revolución es un austero proceso y no se cuida de las vértebras
humanas.
El posterior desenvolvimiento de los acontecimientos en el Kremlin y en la
Unión Soviética no fue determinado por un solo documento, aun
cuando fuera el testamento de Lenin, sino por causas históricas de
una importancia mucho mayor. Una reacción política, después
de los enormes esfuerzos de los años de la insurrección y guerra
civil era inevitable. El concepto de reacción debe ser aquí
estrictamente diferenciado del concepto de contrarrevolución. La reacción
no implica necesariamente un trastocamiento social, vale decir, la transferencia
del poder de una a otra clase. Aun el zarismo tuvo sus periodos de reformas
progresivas y de reacción. Los métodos y la orientación
de la clase gobernante varían con arreglo a las circunstancias. Esto
es verdad también para la clase obrera. La presión de la pequeña
burguesía sobre el proletariado, fatigado de la agitación, impone
una reanimación de las tendencias pequeñoburguesas en el propio
proletariado y una profunda rección primero en los círculos
dirigentes de los cuales se elevó al poder el aparato burocrático
del presente encabezado por Stalin.
Las cualidades que Lenin apreciaba en Stalin -firmeza de carácter y
astucia- continuaron siendo, por supuesto, las mismas. Pero hallaron un nuevo
campo de acción y un nuevo punto de aplicación. Los rasgos que
en el pasado habían significado un minus (valor negativo) en la personalidad
de Stalin -estrechez de miras, falta de imaginación creadora, empirismo-
tenían ahora una significación importante y efectiva en el más
alto grado. Ellas le permitieron a Stalin convertirse en el instrumento semiconciente
de la burocracia soviética, e impulsaron a la burocracia a ver en él
su inspirador "líder". Estos años de lucha entre los
dirigentes del partido bolchevique indudablemente han demostrado que bajo
las condiciones de este nuevo estadio de la revolución, Stalin ha llevado
a sus límites extremos los mismos rasgos esenciales de su carácter
político contra los cuales Lenin en el último periodo de su
vida llevó una lucha irreconciliable. Pero esta cuestión que
es todavía ahora el problema central de la política soviética,
nos llevaría más allá de los límites de nuestro
tema histórico.
Muchos años han pasado desde los acontecimientos que hemos relatado.
Si hace diez años todavía pusiéronse en acción
factores mucho más poderosos que el consejo de Lenin, sería
extremadamente ingenuo apelar ahora al testamento como un documento político
eficaz. La lucha internacional entre los dos núcleos que han surgido
del bolchevismo hace ya mucho tiempo ha superado la cuestión de los
destinos individuales. La carta de Lenin conocida bajo el nombre de su testamento
tendrá de aquí en adelante un interés principalmente
histórico. Pero la historia, podemos aventurarnos a pensar, también
tiene sus derechos, los cuales, por otra parte, no siempre chocan con los
intereses políticos. La más elemental de las exigencias científicas
-establecer correctamente los hechos y verificar los rumores mediante documentos-
puede por lo menos ser recomendada por igual a políticos e historiadores.
Y esta exigencia bien puede extenderse incluso a los psicólogos.
Prinkipo, 31 de diciembre de 1932.
Bolchevismo y Stalinismo
Avanzar contra la corriente
Épocas reaccionarias como la actual, no sólo debilitan y desintegran a la clase obrera aislándola de su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento, rechazando hacia atrás el pensamiento político, hasta etapas ya superadas desde hace mucho tiempo. En estas condiciones la tarea de la vanguardia consiste, ante todo, en no dejarse sugestionar por el reflujo general: es necesario avanzar contra la corriente. Si las desfavorables relaciones de fuerza no permiten conservar las antiguas posiciones políticas, por lo menos hay que conservar las posiciones ideológicas, pues la experiencia tan cara del pasado se ha concentrado en ellas. Ante los ojos de los mentecatos, tal política aparece como "sectaria". En realidad no hace más que preparar un salto gigantesco hacia adelante impulsada por la oleada ascendente del nuevo periodo histórico.
Reacción contra el marxismo y el comunismo
Las
grandes derrotas políticas, provocan inevitablemente una revisión
de valores, la que en general se lleva a cabo en dos direcciones. Por una
parte el pensamiento de la verdadera vanguardia, enriquecido por la experiencia
de las derrotas, defiende con uñas y dientes la continuidad del pensamiento
revolucionario y se esfuerza en educar nuevos cuadros para los futuros combates
de masas. Por otra, el pensamiento de los rutinarios, de los centristas y
de los diletantes, atemorizado por las derrotas, tiende a derrocar la autoridad
de la tradición revolucionaria y vuelve al pasado con el pretexto de
buscar una "nueva verdad".
Se podrían aportar infinidad de ejemplos de reacción ideológica
que muy a menudo adopta la forma de postración. En el fondo, todo la
literatura de la II y III Internacional y la de sus satélites del Buró
de Londres , constituyen ejemplos de este género. Ni un renglón
de análisis marxista. Ni una tentativa seria para aclarar las causas
de las derrotas. Ni una palabra nueva sobre el porvenir. Solamente clisés,
rutina, mentiras y ante todo, preocupaciones para salvar su posición
burocrática. Bastan diez líneas de cualquier Hilferding o de
Otto Bauer para sentir ya el olor a prodredumbre. De los teóricos del
"Comintern" es mejor no hablar. El célebre Dimitrov es tan
ignorante y trivial como el más simple almacenero. El pensamiento de
estas personas es muy perezoso para renegar del marxismo: lo prostituyen.
Pero actualmente no son estos señores los que nos interesan. Veamos
los "innovadores".
El ex comunista austríaco, Willi Schlamm, ha consagrado un opúsculo
a los procesos de Moscú con el expresivo título de "Dictadura
de la mentira". Schlamm es un periodista talentoso, cuyo principal interés
está dirigido hacia los asuntos de actualidad. Hizo una excelente crítica
de las falsificaciones de Moscú y puso al desnudo la mecánica
psicológica de las "confesiones voluntarias". Pero como no
se da por satisfecho con esto, quiere crear una nueva teoría del socialismo
que asegure el porvenir contra las derrotas y las falsificaciones. Como Schlamm
no es un teórico y según sus declaraciones está muy poco
familiarizado con la historia del desarrollo del socialismo, creyendo hacer
un descubrimiento, presenta un socialismo anterior a Marx, que además
de ser una variedad atrasada del socialismo alemán, es dulzón
e insulso. Schlamm renuncia a la dialéctica y a la lucha de clases,
sin hablar de la dictadura del proletariado. Para él, la tarea de la
transformación de la sociedad se reduce a la realización de
algunas verdades "eternas" de la moral, con las que se prepara para
impregnar a la humanidad desde ahora, bajo el régimen capitalista.
La revista de Kerenski "Novaia Rossia" (antigua revista provincial
rusa que se publica en París) no solamente adopta con alegría,
sino que también con nobleza, la tentativa de Willi Schlamm de salvar
el marxismo por medio de una inoculación de linfa moral. Según
la justa conclusión de la redacción, Schlamm alcanza los principios
del verdadero socialismo ruso, que ya había opuesto con anterioridad,
a la ruda lucha de clases, los principios sagrados de la fe, esperanza y el
amor.
Por cierto que la doctrina original de los "socialistas-revolucionarios"
rusos, representa en sus premisas teóricas un retorno al socialismo
de la Alemania anterior a marzo de 1848. Sin embargo, sería demasiado
injusto exigir de Kerenski, un conocimiento más profundo de la historia
de las ideas del socialismo, que de Schlamm. Mucho más importante es
el hecho de que Kerenski, que ahora se solidariza con Schlamm, fue como jefe
de gobierno, el iniciador de las persecuciones contra los bolcheviques, tratándolos
como agentes del Estado Mayor Alemán, es decir, que organizó
las mismas falsificaciones, para luchar contra las cuáles, Schlamm
moviliza ahora verdades metafísicas sacadas de los mitos.
El mecanismo psicológico de la reacción intelectual de Schlamm
y de sus semejantes, es muy simple. Durante algún tiempo estas personas
han participado en un movimiento político que juraba por la lucha de
clases e invocaba, de palabra, la dialéctica materialista. Tanto en
Alemania como en Austria, este movimiento terminó con una catástrofe.
Schlamm saca la siguiente conclusión sumaria ¡Ved a dónde
conducen la lucha de clases y la dialéctica! Y como el número
de descubrimientos está limitado por la experiencia histórica...
y por la riqueza de los conocimientos personales, nuestro reformador en su
búsqueda de una nueva fe, ha encontrado verdades antiguas, desechadas
hace tiempo, que opone denodadamente no solamente al bolchevismo, sino también
al marxismo.
A simple vista, la variedad de reacción ideológica presentada
por Schlamm, es tan primitiva (de Marx... a Kerenski) que no vale la pena
detenerse en ella. Sin embargo, es extremadamente instructiva: precisamente
gracias a su carácter primitivo representa el denominador común
de todas las otras formas de reacción, y ante todo el renunciamiento
total al bolchevismo.
"Vuelta al marxismo"
El
marxismo ha encontrado su expresión histórica más grandiosa
en el bolchevismo. Bajo la bandera del bolchevismo el proletariado obtuvo
su primera victoria y fundó el primer Estado obrero. Ninguna fuerza
será capaz de borrar esos hechos históricos. Pero, como la Revolución
de Octubre ha conducido al estado actual, es decir, al triunfo de la burocracia,
con sus sistemas de opresión, de falsificación y de expoliación
- a la dictadura de la mentira según la justa expresión de Schlamm-,
numerosos espíritus formalistas y superficiales se inclinan ante la
sumaria conclusión de que es imposible luchar contra el stalinismo,
sin renunciar al bolchevismo. Como ya sabemos, Schlamm va aún más
lejos: el stalinismo, que es la degeneración del bolchevismo, es también
producto del marxismo; en consecuencia, es imposible luchar contra el stalinismo
sin apartarse de las bases del marxismo. Gentes menos consecuentes, pero más
numerosas dicen por lo contrario: "hay que volver del bolchevismo al
marxismo". Pero... ¿por qué camino? ¿A qué
marxismo? Antes de que el marxismo "fuese a la bancarrota" en forma
de bolchevismo, ya se había hundido bajo la forma de social democracia.
La consigna "volver de nuevo al marxismo" significa dar un salto
entre la II y la III Internacional hacia... ¡la I Internacional! Pero
también esta fue derrotada. Resumiendo: se trata de volver en definitiva...
a las obras completas de Marx y Engels. Para dar este salto heroico, no hay
necesidad de salir del gabinete de trabajo, ni siquiera de quitarse las pantuflas.
Pero, ¿cómo pasar de golpe de nuestros clásicos (Marx
murió en 1883 y Engels en 1895) a las tareas de la nueva época,
dejando de lado la lucha teórica y política de muchas decenas
de años, lucha que comprende también el bolchevismo y a la Revolución
de Octubre? Ninguno de los que se proponen renunciar al bolchevismo como tendencia
históricamente en "bancarrota", ha indicado nuevos caminos.
Para ellos todo se reduce al simple consejo de estudiar El Capital. Contra
esto, no tenemos nada que objetar. Pero también los bolcheviques han
estudiado El Capital, y no del todo mal. Sin embargo, eso no impidió
la degeneración del Estado soviético y la "mise en scéne"
de los procesos de Moscú. ¿Qué hacer entonces? ¿Es
verdad, por lo tanto, que el stalinismo representa el producto legítimo
del bolchevismo, como lo cree toda la reacción, como lo afirma el mismo
Stalin, como lo piensan los mencheviques, los anarquistas y algunos doctrinarios
de izquierda, que se consideran marxistas? "Siempre lo habíamos
predicho -dicen-. Habiendo comenzado con la prohibición de los distintos
partidos socialistas, con el aplastamiento de los anarquistas, estableciéndose
la dictadura de los bolcheviques en los Soviets, la Revolución de Octubre
no podía dejar de conducir a la dictadura de la burocracia. El stalinismo
a la vez en la continuación y la negación del leninismo".
¿Es el bolchevismo responsable del stalinismo?
El
error de este razonamiento comienza con la identificación tácita,
del bolchevismo de la Revolución de Octubre, y de la Unión Soviética.
El proceso histórico, que consiste en la lucha de fuerzas hostiles
es reemplazado por la evolución abstracta del bolchevismo. Sin embargo
el bolchevismo es solamente una corriente política. Aunque estrechamente
ligado a la clase obrera, no se identifica con ella. En la URSS además
de la clase obrera existen más de cien millones de campesinos de diversas
nacionalidades; una herencia de opresión, de miseria y de ignorancia.
El Estado creado por los bolcheviques refleja, no solamente el pensamiento
y la voluntad de los bolcheviques, sino también el nivel cultural del
país, la composición social de la población, la influencia
del pasado bárbaro y del imperialismo mundial no menos bárbaro.
Representar el proceso de la degeneración del Estado soviético
como la evolución del bolchevismo puro, es ignorar la realidad social,
pues considera uno solo de sus elementos aislándolo de una manera puramente
lógica. Basta con llamar este error elemental por su verdadero nombre,
para que no quede nada de él.
El mismo bolchevismo jamás se ha identificado con la Revolución
de Octubre ni con el Estado soviético que de ella surgió. El
bolchevismo se consideraba como uno de los factores históricos, su
factor "consciente", factor muy importante pero no decisivo. Nunca
hemos pecado de subjetivismo histórico. Veíamos el factor decisivo
- sobre la base dada por las fuerzas productivas -, en la lucha de clases,
no sólo en escala nacional sino también internacional.
Cuando los bolcheviques hacían concesiones a las tendencias pequeño
burguesas de los campesinos; cuando establecían reglas estrictas para
el ingreso al partido; cuando depuraban este partido de elementos que le eran
extraños; cuando prohibían a los otros partidos; cuando introducían
la NEP , cuando cedían las empresas en forma de concesiones; o cuando
firmaban acuerdos diplomáticos con los gobiernos imperialistas, extraían
de este hecho fundamental, conclusiones que, desde el comienzo les era teóricamente
claro: la conquista del poder, por muy importante que sea, no convierte al
partido en el dueño todopoderoso del proceso histórico.
Ciertamente, después de haberse apoderado del aparato del Estado, el
partido tiene la posibilidad de influenciar con una fuerza sin precedentes,
en el desarrollo de la sociedad, pero en cambio es sometido a una acción
múltiple por parte de todos los otros elementos de la sociedad. Puede
ser arrojado del poder por los golpes directos de las fuerzas hostiles. Con
el ritmo más lento de la evolución, puede degenerarse interiormente,
aunque se mantenga en el poder. Es precisamente esta dialéctica del
proceso histórico, la que no comprenden los razonadores sectarios que
tratan de encontrar un argumento definitivo contra el bolchevismo, en la putrefacción
de la burocracia estalinista. En el fondo esos señores dicen: "un
partido revolucionario es malo cuando no lleva en sí mismo garantías
contra su degeneración". Enfocado con un criterio semejante, el
bolchevismo está evidentemente condenado: no posee ningún talismán.
Pero ese mismo criterio es falso. El pensamiento científico exige un
análisis concreto: ¿cómo y por qué el partido
se ha descompuesto? Hasta ahora nadie ha hecho este análisis fuera
de los bolcheviques. No por eso han tenido necesidad de romper con el bolchevismo.
Por el contrario, es en el arsenal del bolchevismo donde han encontrado todo
lo necesario para explicar su destino. La conclusión a la cual llegamos
es la siguiente: evidentemente el stalinismo ha "surgido" del bolchevismo;
pero no surgió de una manera lógica, sino dialéctica;
no como una afirmación revolucionaria, sino como su negación
termidoriana. Que no es la misma cosa.
Sin embargo, los bolcheviques no han tenido necesidad de esperar los proceso de Moscú para explicar a posteriori las causas de la descomposición del partido dirigente de la URSS. Hace mucho tiempo que habían previsto la posibilidad teórica de una variante semejante en su evolución y de antemano se habían expresado sobre ella. Recordemos el pronóstico que habían hecho los bolcheviques no solamente en vísperas de la Revolución de Octubre, sino también un buen número de años antes. La agrupación fundamental de las fuerzas, a escala nacional e internacional, abre por primera vez, para el proletariado de un país tan atrasado como Rusia, la posibilidad de llegar a la conquista del poder. Pero ese mismo agrupamiento de fuerzas permite asegurar de antemano, que sin la victoria más o menos rápida del proletariado de los países adelantados, el Estado obrero no podrá mantenerse en Rusia.
El
régimen soviético abandonado a sus propias fuerzas, caerá
o degenerará. Más exactamente: primero degenerará y luego
caerá rápidamente. He tenido oportunidad de escribir sobre esto,
más de una vez, desde 1905. En mi libro "Historia de la Revolución
Rusa" (apéndice al último tomo, "Socialismo en un
solo país"), hay una reseña de lo que han dicho a este
respecto los jefes del bolchevismo desde 1917 hasta 1923. Todo se reduce a
una sola cosa: sin revolución en Occidente el bolchevismo será
liquidado por la contrarrevolución interna; por la intervención
extranjera o por una combinación. En particular, Lenin ha indicado
más de una vez que la burocratización del régimen soviético
no es una cuestión técnica o de organización, sino que
es el comienzo de una posible degeneración social del Estado obrero.
En el XI Congreso del partido, en marzo de 1922, Lenin habló del "apoyo"
que estaban decididos a ofrecer a la Rusia soviética durante la época
de la Nueva Política Económica (NEP) algunos políticos
burgueses y en particular el profesor liberal Oustrialov. "Estoy por
el sostenimiento del poder soviético en Rusia -dijo- aunque sea un
cadete, un burgués que ha sostenido la intervención... porque
ha entrado en el camino del poder burgués ordinario''. Lenin prefiere
la voz cínica del enemigo a los "dulces arrullos comunistas",
y ha advertido al partido de ese peligro con estas palabras de ruda sobriedad:
"Cosas como las que dice Oustrialov son posibles, hay que confesarlo.
La historia conoce transformaciones de toda índole; apoyarse en la
convicción, la devoción y otras excelentes cualidades morales,
es una cosa nada seria en política. Excelentes cualidades morales existen
en un número ínfimo de personas, pero son las grandes masas
las que deciden los desenlaces históricos, masas que tratan con poca
benevolencia a ese escaso número de personas, si éstas le son
poco gratas". En una palabra, el partido no es el único factor
de la evolución y, en una gran escala histórica, no es un factor
decisivo.
"Sucede que una nación conquista a otra -continúa Lenin
en el mismo congreso, el último en que participó-, esto es muy
simple y comprensible a cualquiera. ¿Pero qué sucede con la
civilización de esos países? Esto ya no es tan simple. Si la
nación que ha hecho la conquista tiene una civilización superior
a la nación vencida, aquélla le impone su civilización;
pero si sucede lo contrario, la nación vencida le impone la suya a
la nación conquistadora. ¿No ha pasado algo semejante en la
capital de la RSFSR, y no sucedió que 4 700 comunistas (casi toda una
división de la mejor entre las mejores) se han visto sometidos a una
civilización extranjera?" Esto fue dicho al comienzo de 1922,
y no por primera vez. La historia no la hacen algunos hombres, aunque sean
"los mejores entre los mejores", y más aún, esos "mejores"
pueden degenerar en el sentido de una civilización ''extranjera'',
es decir, burguesa. No solamente el Estado soviético puede alejarse
del camino socialista, sino que también el partido bolchevique puede,
en condiciones históricas desfavorables, perder su bolchevismo.
Es con la clara comprensión de este peligro, que nació la Oposición
de Izquierda, definitivamente formada en 1923. Registrando diariamente los
síntomas de degeneración, se esforzó por oponer al Termidor
amenazante la voluntad consciente de la vanguardia proletaria. Sin embargo,
ese factor subjetivo resultó insuficiente. Las "masas gigantescas"
que, según Lenin, deciden los desenlaces de la lucha, estaban cansadas
por las privaciones propias del país y por una espera demasiado prolongada
de la revolución mundial. Las masas perdieron la energía. La
burocracia adquirió ventajas. Dominó a la vanguardia proletaria,
pisoteó el marxismo, prostituyó al partido bolchevique. El stalinismo
resultó victorioso. Bajo la forma de Oposición de Izquierda,
el bolchevismo rompió con la burocracia soviética y con su Comintern.
Tal es la verdadera marcha de la evolución.
Ciertamente, en un sentido formal, el stalinismo surgió del bolchevismo.
Aún hoy, la burocracia de Moscú continúa llamándose
partido bolchevique. Si utiliza la antigua etiqueta del bolchevismo lo hace
simplemente para engañar mejor a las masas. Tanto más lastimosos
son los teóricos que toman la cáscara por el carozo, la apariencia
por la realidad. Identificando el stalinismo con el bolchevismo prestan el
mejor favor a los termidorianos y, por lo mismo, representan un papel manifiestamente
reaccionario.
Con la eliminación de todos los otros partidos de la arena política,
los intereses y las tendencias contradictorias de las diversas capas de la
población deben, en mayor o menor grado, encontrar su expresión
dentro del partido dirigente. A medida que el centro de gravedad político
se desplazaba de la vanguardia proletaria, hacia la burocracia, el partido
se modificaba, tanto en su composición social como en su ideología.
Gracias a la marcha impetuosa de la evolución en el curso de los últimos
quince años, ha sufrido una degeneración más radical
que la socialdemocracia durante medio siglo. La depuración actual traza
entre el stalinismo y el bolchevismo no una simple raya sangrienta, sino todo
un río de sangre.
La exterminación de toda la vieja generación bolchevique, de
una gran parte de la generación intermedia que había participado
en la guerra civil, y también de una parte de la juventud que había
tomado más en serio las tradiciones bolcheviques, demuestra la incompatibilidad
no solamente política sino también directamente física,
entre el bolchevismo y el stalinismo. ¿Cómo es posible que no
se vea esto?
Stalinismo
y "Socialismo de Estado"
Los anarquistas, por su parte, tratan de ver en el stalinismo, además
del producto orgánico del bolchevismo y del marxismo, el del ''socialismo
de Estado'' en general. Ellos consienten en reemplazar la patriarcal ''federación
de comunas libres'' de Bakunin, por una federación más moderna
de Soviets libres. Pero, ante todo, se oponen al Estado centralizado. En efecto,
una rama del marxismo ''de estado", la social-democracia, una vez llegada
al poder se ha convertido en una agencia declarada del capital. Otra, ha engendrado
una nueva casta de privilegiados. Y claro, el origen del mal está en
el Estado. Considerando esto con amplio criterio histórico, se puede
encontrar una pizca de verdad en este razonamiento. El Estado, en tanto que
aparato de opresión, es incontestablemente una fuente de infección
política y moral. Como la experiencia lo demuestra, esto es aplicable
también al Estado obrero. En consecuencia, se puede decir que el stalinismo
es el producto de una etapa histórica, en que la sociedad no ha podido
arrancarse aún el chaleco de fuerza del Estado. Pero esta situación
no nos da ningún elemento que permita apreciar el bolchevismo o el
marxismo, sino que sólo caracteriza el nivel general de la civilización
humana, y, ante todo, la relación de fuerzas entre el proletariado
y la burguesía. Después de ponernos de acuerdo con los anarquistas
de que el Estado, aun el Estado obrero, está engendrado por la lucha
de clases y de que la verdadera historia de la humanidad comenzará
con la abolición del Estado; queda planteado ante nosotros el siguiente
problema: ¿Cuáles son los caminos y los métodos capaces
de conducirnos "al fin de los fines", a la abolición del
Estado? La experiencia reciente testimonia de que en todo caso no son los
métodos del anarquismo.
Los jefes de la CNT8 española, la única organización
anarquista importante en el mundo, en la hora crítica se han transformado
en ministros de la burguesía. Ellos explican su abierta traición
a la teoría del anarquismo, por la presión de las "circunstancias
excepcionales". ¿ Pero no es éste el mismo argumento que
emplearon a su tiempo los jefes de la social-democracia alemana? Por cierto
que la guerra civil no es una circunstancia pacífica y ordinaria, sino
más bien una "circunstancia excepcional". Pero, es precisamente
para esas "circunstancias excepcionales" que se prepara toda organización
revolucionaria seria. La experiencia española ha demostrado, una vez
más, que se puede ''negar'' el Estado en los folletos editados en "circunstancias
normales" y con permiso del Estado burgués: pero también
ha demostrado que las condiciones de la revolución no dejan ningún
lugar para la negación del Estado y que además exigen su conquista.
No tenemos la intención de acusar a las anarquistas españoles
de no haber liquidado el Estado de un plumazo. Un partido revolucionario aun
habiéndose apoderado del poder (lo que los jefes anarquistas no han
sabido hacer a pesar del heroísmo de los obreros anarquistas), no es
todavía el dueño todopoderoso de la sociedad. Si acusamos tan
ásperamente a la teoría anarquista, lo hacemos porque habiéndose
considerada conveniente para un periodo pacifico, se ha tenido que renunciar
a ella apresuradamente, desde que aparecieron las "circunstancias excepcionales"...
de la revolución. Antiguamente se encontraban generales -y se encuentran
sin duda todavía- que pensaban que lo que más echaba a perder
un ejército era la guerra. Los revolucionarios que se lamentan de que
la revolución da al traste con su doctrina no valen mucho más
que aquéllos. Los marxistas y los anarquistas están plenamente
de acuerdo, en cuanto al objetivo final, es decir, con la liquidación
del Estado. El marxismo permanece "estadual" únicamente en
la medida en que la liquidación del Estado no puede esperarse por cl
simple hecho de contentarse con ignorar su existencia. La experiencia del
stalinismo no modificó en nada la enseñanza del marxismo, sino
que lo confirma, por el método inverso. Una doctrina revolucionaria
que enseña al proletariado a orientarse correctamente en una situación
determinada y a utilizarla activamente, no encierra en sí -hay que
entenderlo bien- la garantía automática de la victoria. Pero,
por el contrario, la victoria no es posible sino gracias a esa doctrina. Además
es imposible representarse esta victoria en forma de un acto único.
Es necesario considerar el asunto teniendo en perspectiva una extensa época.
El primer Estado obrero -descansando sobre una base económica poco
desarrollada, rodeado de un anillo imperialista- se ha transformado en gendarmería
del stalinismo. Pero el verdadero bolchevismo ha declarado una guerra sin
tregua a esa gendarmería. Para mantenerse, el stalinismo está
obligado a llevar ahora abiertamente una "guerra civil" contra el
bolchevismo calificado de "trotskysmo", no solamente en la URSS,
sino también en España. El viejo partido bolchevique está
muerto, pero el bolchevismo por todas partes levanta la cabeza.
Buscar el origen del stalinismo en el bolchevismo o en el marxismo, es exactamente
la misma cosa, en un sentido más general, que querer buscar el origen
de la contrarrevolución en la revolución. Sobre este esquema
se ha modelado siempre el pensamiento de los liberal-conservadores y tras
ellos el de los reformistas. A causa de la estructura de la sociedad basada
en clases, las revoluciones siempre han engendrado las contrarrevoluciones.
¿Esto no nos demuestra -pregunta el razonador- que el método
revolucionario encierra algún vicio interno? Sin embargo, hasta ahora,
ni los reformistas ni los liberales han inventado métodos "más
económicos". Pero, si no es fácil interpretar todo un proceso
histórico viviente, no es por el contrario, nada difícil interpretar
de una manera racionalista la sucesión de sus etapas, haciendo proceder
lógicamente el stalinismo del "socialismo de Estado"; el
fascismo del marxismo; la reacción de la revolución. En una
palabra: la antítesis de la tesis. En este dominio como en tantos otros,
el pensamiento anarquista queda prisionero del racionalismo liberal. El verdadero
pensamiento revolucionario es imposible sin la dialéctica.
Los argumentos de los racionalistas toman a veces, por lo menos exteriormente,
un carácter más concreto. Para ellos el stalinismo no procede
del bolchevismo en sí, sino de sus pecados políticos. Los bolcheviques,
dicen los espartaquistas alemanes Gorter, Panneckoek , etc., han reemplazado
la dictadura del partido por la de la burocracia. Los bolcheviques han aniquilado
todos los partidos salvo el suyo; Stalin ha estrangulado al partido bolchevique
en interés de la camarilla bonapartista. Los bolcheviques llegaron
a un acuerdo con la burguesía; Stalin se convirtió en su aliado
y sostén. Los bolcheviques han reconocido la necesidad de participar
en los viejos sindicatos y en el parlamento burgués; Stalin ha hecho
amistad con la burocracia sindical y con la democracia burguesa. De esta manera
se puede seguir razonando todo el tiempo que se quiera. A pesar del efecto
que estos razonamientos puedan producir exteriormente, son absolutamente vacíos.
El proletariado sólo puede llegar al poder por intermedio de su vanguardia.
La misma necesidad de un poder estadual deriva del insuficiente nivel cultural
de las masas y de su heterogeneidad. La tendencia de las masas hacia su liberación
cristaliza en la vanguardia revolucionaria organizada en partido. Sin la confianza
de la clase en su vanguardia, y sin el apoyo de ésta por aquella, ni
siquiera puede plantearse la conquista del poder. Es en este sentido que la
revolución proletaria y la dictadura constituyen el objetivo de toda
la clase, pero solamente bajo la dirección de su vanguardia. Los soviets
son la forma organizada de la alianza de la vanguardia con la clase. El contenido
revolucionario de esta alianza no puede estar dado más que por el partido.
Esto está demostrado por la experiencia positiva de la Revolución
de Octubre y por la experiencia negativa de otros países (Alemania,
Austria y últimamente España).
Nadie ha demostrado prácticamente, ni siquiera ha tratado de explicar
en forma precisa sobre el papel, de cómo el proletariado puede apoderarse
del poder sin la dirección política de un partido, que sabe
lo que quiere. Si este partido somete a los soviets a su dirección
política, este hecho cambia tan poco el sistema soviético, como
cambiaría una mayoría conservadora el sistema parlamentario
británico.
En cuanto a la supresión de los demás partidos soviéticos,
no deriva de ninguna "teoría" bolchevique, sino que fue una
medida de defensa de la dictadura en un país atrasado, agotado y rodeado
de enemigos. Los mismos bolcheviques comprendieron desde un comienzo, que
esta medida, completada con la supresión de las fracciones en el interior
del mismo partido dirigente, encerraba un grave peligro. Sin embargo, la fuente
del peligro no estaba en la doctrina o en la táctica, sino en la debilidad
material de la dictadura, en las dificultades de la situación interior
y exterior. Si la revolución hubiera triunfado también en Alemania
habría desaparecido la necesidad de prohibir a los otros partidos soviéticos.
Es absolutamente indiscutible que la dominación de un solo partido
sirvió jurídicamente de punto de partida del régimen
totalitario stalinista. Pero la causa de tal evolución no está
en el bolchevismo, ni tampoco en la interdicción de los otros partidos,
como medida militar temporaria, sino en la serie de derrotas que sufrió
el proletariado de Europa y Asia.
Sucedió lo mismo en la lucha contra el anarquismo. En la época
heroica de la revolución, los bolcheviques marcharon juntos con los
anarquistas verdaderamente revolucionarios. Muchos de ellos fueron absorbidos
por el partido. Más de una vez el autor de estas líneas examinó
con Lenin la posibilidad de dejar a los anarquistas algunos territorios para
que allí aplicaran, con el consentimiento de la población, sus
experiencias de supresión inmediata del Estado.
Pero las condiciones de la guerra civil, del bloqueo y del hambre, no permitieron
la aplicación de semejantes planes. ¿Y la insurrección
de Kronstadt? . Hay que comprender que el gobierno revolucionario no podía
"regalarles" a los marinos revolucionarios, una fortaleza que dominaba
la capital, por el solo hecho de que a la rebelión reaccionaría
de los soldados campesinos se les unieran algunos dudosos anarquistas. El
análisis histórico concreto de los acontecimientos, no deja
ningún lugar para las leyendas que la ignorancia y el sentimentalismo
crearon alrededor de Kronstadt, Majno y otros episodios de la revolución.
Es indudable también que la burocracia surgida de la revolución
ha monopolizado en sus manos el sistema de coerción. Cada etapa de
la evolución, aun cuando ellas sean tan catastróficas, como
la revolución y la contra-revolución se origina en la etapa
precedente, tiene en ella sus raíces y conserva algunos de sus rasgos.
Los liberales, incluso la pareja Webb , siempre afirmaron que la dictadura
bolchevique representa solamente una nueva edición del zarismo. Por
eso cierran los ojos ante detalles tales como la abolición de la monarquía
y la nobleza, la entrega de la tierra a los campesinos, la expropiación
del capital, la introducción de la economía planificada, la
educación atea, etc. . . También el pensamiento liberal-anarquista,
cierra los ojos ante el hecho de que la revolución bolchevique, con
todas las medidas de represión, significaba la subversión de
las relaciones sociales en interés de las masas, mientras que el golpe
de estado termidoriano de Stalin, lleva en sí el reagrupamiento de
la sociedad soviética en beneficio de una minoría privilegiada.
Está claro que en la identificación del stalinismo con el bolchevismo
no hay ni rastros de criterio socialista.
Problemas
Teóricos
Uno de los principales rasgos del bolchevismo es su posición inflexible
y aun puntillosa, frente a los problemas doctrinarios. Los 27 tomos de Lenin
permanecerán siempre como ejemplo de una actitud escrupulosísima
hacia la teoría. El bolchevismo jamás habría cumplido
su misión histórica si careciese de esta cualidad fundamental.
El stalinismo grosero, ignorante y absolutamente empírico, presenta
bajo este mismo aspecto el reverso del bolchevismo.
Hace más de 10 años que la oposición lo declaraba en
su plataforma: "Después de la muerte de Lenin, se creó
toda una serie de nuevas "teorías" con el solo objeto de
justificar "teóricamente" la desviación del grupo
stalinista del camino de la revolución proletaria internacional.
El socialista americano Liston Oak, que ha participado de cerca en la revolución
española, ha escrito últimamente: "De hecho los revisionistas
más extremos de Marx y de Lenin, son ahora los stalinistas. El mismo
Bernstein no osó hacer ni la mitad del camino que hizo Stalin en
la revisión de Marx". Es absolutamente cierto. Es necesario
agregar solamente que en Bernstein había realmente necesidades teóricas:
trataba concienzudamente de establecer una armonía entre la práctica
reformista de la social-democracia y su programa. La burocracia stalinista
además de no tener nada de común con el marxismo, es también
extraña a toda doctrina, programa o sistema. Su "ideología"
está impregnada de un subjetivismo absolutamente policial; su práctica,
de un empirismo de la más pura violencia. En el fondo los intereses
de la casta de los usurpadores, es hostil a la teoría: no puede dar
cuenta a sí misma ni a nadie de su papel social. Stalin revisa a
Marx y a Lenin, no la pluma de los teóricos, sino con las botas de
la G. P. U.
Problemas
Morales
Los fanfarrones insignificantes, a quienes el bolchevismo les ha arrancado
sus caretas, tienen la costumbre de lamentarse de la "amoralidad del
bolchevismo". En el ambiente pequeño-burgués de intelectuales,
demócratas, "socialistas", literatos, parlamentarios y
otras gentes de la misma laya, existen valores convencionales o un lenguaje
convencional para cubrir la ausencia de verdaderos valores. Esta amplia
y abigarrada sociedad donde reina una complicidad recíproca -"¡vive
y deja vivir a los demás!"- no soporta en su piel sensible,
el contacto de la lanzeta marxista. Los teóricos que oscilan entre
los dos campos, los escritores y los moralistas, pensaban y piensan que
los bolcheviques exageran con mala intención los desacuerdos, son
incapaces de una colaboración "leal" y que por sus intrigas
rompieron la unidad del movimiento obrero. El centrista sensible y susceptible
cree, ante todo, que los bolcheviques "calumnian", porque éstos
llevan su pensamiento hasta las últimas consecuencias, lo que ellos
son incapaces de hacer. Sin embargo, sólo con esa preciosa cualidad
de ser intolerante para todo lo que es híbrido y evasivo, se puede
educar a un partido revolucionario para que las "circunstancias excepcionales"
no lo sorprendan de improviso.
La moral de todo partido deriva en el fondo, de los intereses históricos
que representa. La moral del bolchevismo, que contiene la devoción,
el desinterés el valor, el desprecio por todo lo falso y vano -¡las
mejores cualidades de la naturaleza humana!- deriva de su intransigencia
revolucionaria puesta al
servicio de los oprimidos. En este sentido, también la burocracia
stalinista imita las palabras y los gestos del bolchevismo. Mas, cuando
la "intransigencia" y la "inflexibilidad" se cumple
por intermedio de un aparato policial que está al servicio de una
minoría privilegiada, esas cualidades se transforman en una fuente
de desmoralización y de gansterismo. Inspiran solamente desprecio,
los que identifican el heroísmo revolucionario de los bolcheviques
con el cinismo burocrático de los termidorianos.
Aun hoy, a pesar de los dramáticos acontecimientos del último
periodo, el mediocre filisteo continúa creyendo que la lucha entre
bolchevismo (trotskysmo) y el stalinismo, es un conflicto de ambiciones
personales, o en el mejor de los casos, una lucha entre dos "tendencias"
del bolchevismo. La expresión más cruda de este punto de vista
es la de Norman Thomas, leader del partido socialista americano. "No
hay razón para creer -escribe en el Socialist Review de Septiembre
de 1937, página 6- que si Trotsky hubiese estado en lugar de Stalin
habrían terminado las intrigas, el complot y el terror de Rusia".
Y este hombre se cree... marxista.
Con el mismo fundamento se podría decir: "No hay razón
para creer que si en lugar de Pío XI se encontrara en el trono de
Roma, Norman 1º la Iglesia Católica se transformaría
en un reducto socialista". Thomas no comprende que se trata no de un
match entre Stalin y Trotsky sino de un antagonismo entre la burocracia
y el proletariado. Por cierto que en la U. R. S. S. la capa dirigente está
obligada a adaptarse a la herencia revolucionaria que aún no está
completamente liquidada, preparando al mismo tiempo un cambio en el régimen
social, por medio de una guerra civil declarada ("depuración"
sangrienta, exterminación en masa de los descontentos). Pero en España
la camarilla stalinista se presenta desde hoy abiertamente como el refugio
del orden burgués contra el socialismo. La lucha contra la burocracia
bonapartista se transforma, ante nuestros ojos en lucha de clases: dos mundos,
dos programas,- dos morales. Si Thomas piensa que la victoria del proletariado
socialista sobre la casta abyecta de los opresores, no regenerara política
y moralmente el régimen soviético, demuestra con ello que
a pesar de todas sus reservas, sus tergiversaciones y sus piadosos suspiros
se encuentra mucho más cerca de la burocracia stalinista que de los
obreros revolucionarios. Al igual que aquellos que denuncian el "amoralismo"
de los bolcheviques, Thomas es simplemente un advenedizo de la moral revolucionaria.
Las Tradiciones del Bolchevismo y la IV Internacional
Para
los "izquierdistas" que ignorando el bolchevismo tratan de "volver"
al marxismo, todo se reduce simplemente a algunos remedios aislados: boicotear
los antiguos sindicatos, boicotear el parlamento, crear "verdaderos"
soviets. Todo eso podía parecer extraordinariamente profundo en la
fiebre de los primeros días que siguieron a la guerra. Pero hoy, a
la luz de la experiencia sufrida, estas "enfermedades infantiles"
han perdido todo interés aun en su carácter de curiosidades.
Los holandeses Gorter y Panneckoek, los "espartaquistas" alemanes
y los bordighistas italianos , han manifestado su independencia con respecto
al bolchevismo, oponiendo a sus rasgos, uno de los suyos artificialmente agrandados.
De esas tendencias de "izquierda" no queda nada, práctica
ni teóricamente: prueba directa, pero importante, de que para nuestra
época el bolchevismo es la única forma del marxismo.
El partido bolchevique ha demostrado, en la acción, la combinación
de suprema audacia revolucionaria y de realismo político. Por primera
vez ha establecido entre la vanguardia y la clase la única relación
capaz dc asegurar la victoria. La experiencia ha demostrado que la unión
del proletariado con las masas oprimidas de la pequeña burguesía
de las ciudades y de los campos, es posible únicamente con la derrota
política de los partidos tradicionales de la pequeña burguesía.
El partido bolchevique ha enseñado al mundo entero como se realiza
la insurrección armada y la toma del poder. Los que oponen una abstracción
de soviets, a la dictadura del partido deberían comprender que únicamente
gracias a la dirección de los bolcheviques, los soviets se elevaron
del pantano reformista al papel de órganos del Estado proletario. En
la guerra civil el partido bolchevique ha realizado una justa combinación
del arte militar con la política marxista. Aunque la burocracia stalinista
consiguiera arruinar las bases económicas de la nueva sociedad, la
experiencia de la economía planificada, realizada bajo la dirección
del partido bolchevique quedará para siempre en la historia como una
escuela superior para toda la humanidad. Únicamente no ven todo esto
los sectarios, que ofendidos por los golpes recibidos, han vuelto la espalda
al proceso histórico.
Pero esto no es todo. El partido bolchevique ha podido hacer un trabajo "práctico"
tan grandioso, únicamente porque todos sus pasos estaban iluminados
por la luz de la teoría. El bolchevismo no la ha creado: Ha sido dada
por el marxismo. Pero el marxismo es la teoría del movimiento y no
del reposo y solamente acciones realizadas en una escala histórica
grandiosa, podían enriquecer la teoría. Por el análisis
de la época imperialista como época de guerras y de revolución;
de la democracia burguesa en el período de decadencia del capitalismo;
de la relación entre la huelga general y la insurrección; del
papel del partido, de los soviets y de los sindicatos en la época de
la revolución proletaria; de la teoría del estado soviético;
de la economía de transición; del fascismo y del bonapartismo
a la época de descomposición capitalista; en fin, por su análisis
de la degeneración del mismo partido bolchevique y del estado soviético,
el bolchevismo ha aportado al marxismo una contribución preciosa. Que
se nos nombre otra tendencia que haya agregado algo esencial a las conclusiones
y a las generalizaciones del bolchevismo. Vandervelde, De Brouckere, Hilferding,
Otto Bauer, León Blum, Ziromsky, etc. sin hablar del mayor Attleey
y de Norman Thomas viven teórica y políticamente de las reliquias
del pasado. La degeneración del Comintern se expresa en la forma más
brutal en el hecho de que ha caído teóricamente al nivel de
la II Internacional. Los grupos intermediarios de toda índole (Independent
Labour Party de Inglaterra, el P. O. U. M. y sus semejantes) vuelven a adaptar
semanalmente, para sus necesidades del momento las migajas de Marx y de Lenin.
Los obreros no aprenderán nada entre estas gentes.
Solamente los constructores de la IV Internacional , al adoptar las tradiciones
de Lenin y de Marx, han tomado una actitud seria con respecto a la teoría.
Que los filisteos se burlen porque veinte años después de la
Revolución de Octubre, los revolucionarios se han visto reducidos a
las tareas de una modesta preparación de propaganda.
En este aspecto como en otros, el gran capital es mucho más perspicaz
que los filisteos pequeños-burgueses que se consideran "socialistas"
o "comunistas". No es por nada que la cuestión de la IV Internacional
no desaparece de las columnas de la prensa mundial. La imperiosa necesidad
histórica de una dirección revolucionaria, asegura a la IV Internacional
ritmos excepcionalmente rápidos en su desarrollo. El hecho de que no
se ha formado fuera del gran camino de la historia, sino que ha surgido orgánicamente
del bolchevismo, es la garantía más importante de sus éxitos
futuros.
León
Trotsky
29 de Agosto de 1937