MI JUVENTUD
León Trotsky

Presentación


En su autobiografía, León Trotsky cuenta que, a los dieciocho años, en 1897, inició su militancia revolucionaria sobre los obreros del sur de Rusia. "Me sentaba a escribir las proclamas o los artículos. Aún no sabíamos que existían las máquinas de escribir. Me entretenía en trazar las letras con la mayor meticulosidad, pues tenía el prurito de que ningún obrero, aunque sólo supiese deletrear, dejase de entender las proclamas y manifiestos salidos de nuestras ´prensas´. Cada página me llevaba dos horas por lo menos. A veces me pasaba semanas enteras con las espaldas dobladas y no me levantaba de la mesa más que para asistir a alguna reunión o dirigir un curso obrero. Me sentía muy satisfecho cuando llegaban los informes de fábricas y talleres contando la ansiedad con que los obreros devoraban aquellas hojitas misteriosas con las letras de color violeta, pasándoselas unos a otros y discutiendo acaloradamente su contenido. Para ellos, el autor de estos volantes debía de ser un personaje importante y misterioso que sabía penetrar en todas las industrias, que averiguaba todo lo que ocurría entre los obreros y salía al paso de los sucesos por medio de una hojita nueva en el término de veinticuatro horas."
En este folleto coeditado por el Partido Obrero Socialista y la Unión de la Clase Trabajadora, recogemos algunos fragmentos de la juventud de Trotsky, tomados de Mi Vida, un libro clave para entender el siglo XX y el que estamos viviendo, pero que no ha sido reeditado en español cuando menos desde hace veinte años.


Primera organización revolucionaria

Mi padre quería a todo trance que fuese ingeniero. Yo seguía vacilando entre las Matemáticas puras, por las que sentía grandes aficiones, y la revolución, que me atraía cada día con más fuerza. Cada vez que se tocaba este punto, sobrevenía una crisis aguda. Todos ponían cara de sufrimiento y mal humor, mi hermana mayor se echaba a llorar desconsoladamente, y nadie sabia cómo salir del trance. Un tío, ingeniero y propietario de una fábrica de Odesa, que había venido a la aldea a visitarnos, se obstinaba en que fuese a vivir con él una temporada. Después de todo, era una manera de salir de aquel atolladero. Pasé con él unas cuantas semanas. Discutíamos a todas horas acerca de la ganancia y la plusvalía. Pero mi tío era más hábil en conseguir ganancias que en argumentar para su defensa. No me daba prisa a matricularme en la Universidad para la carrera de Matemáticas. Me estaba allí, en Odesa, viviendo y buscando. ¿Qué era lo que buscaba? Me buscaba, en primer lugar, a mí mismo. Ocasionalmente me relacionaba con obreros, andaba a la caza de lecturas clandestinas, daba lecciones y conferencias secretas a los alumnos veteranos de la Escuela de Artes y Oficios. Al fin tomé el último vapor que salía para Nikolaief y volví a instalarme en la huerta de Svigovsky.

Volvimos a la misma vida. Discutíamos sobre los últimos cuadernos de las revistas radicales y disputábamos acerca del marxismo, nos preparábamos para algo que no sabíamos concretamente, esperábamos. ¿Qué fue lo que me impulsó directamente a entregarme a la propaganda revolucionaria? Difícil es contestar a esta pregunta. Fue, desde luego, un estímulo interior. En los medios intelectuales con que yo me relacionaba no había nadie que se ocupase seriamente en estos trabajos. Teníamos la clara conciencia de que entre aquellas discusiones inacabables junto a la taza de té y las verdaderas organizaciones revolucionarias mediaba un abismo. Sabíamos que para entrar en contacto con los obreros era necesario conspirar en gran escala. Esta palabra, "conspirar", la pronunciábamos con una gran seriedad y un gran respeto, con una unción casi mística. No dudábamos que llegaría un momento en que pasaríamos de la taza de té al trabajo de conspiración, pero nadie decía claramente cuándo ni cómo iba a ser eso. Para disculparnos de la demora nos estábamos diciendo constantemente: hay que prepararse. Y la cosa no andaba mal de todo.
Pero algo había cambiado en la atmósfera que aceleró bruscamente nuestro tránsito a la propaganda revolucionaria. Este, cambio no se operó directamente en Nikolaief, sino en todo el país, y, principalmente, en los grandes centros, desde donde influyó sobre nosotros. En 1896 estallaron en San Petersburgo las famosas huelgas de tejedores. Esto infundió ánimos a la intelectualidad. Cuando vieron estremecerse y despertar las pesadas reservas, los estudiantes sintieron más audaces. Durante el verano, por Navidades y en Pascua, se presentaron en Nikolaief docenas de estudiantes que nos traían un destello de hogueras de San Petersburgo, Moscú y Kiev. Algunos de estos estudiantes habían sido expulsados de la Universidad, y, a los pocos meses de dejar el Instituto, volvían nimbados con la aureola de campeones. En el mes de febrero de 1897 se prendió fuego en la fortaleza de San Pedro y San Pablo la estudiante Vetrova. Esta tragedia, que jamás llegó a explicarse en debida forma, conmovió todos los espíritus. En las ciudades universitarias empezaron las revueltas; las detenciones y deportaciones se multiplicaban rápidamente. Fue precisamente por aquellos días de las manifestaciones en homenaje a la Vetrova que me inicié en la labor revolucionaria. Iba por la calle con Gregorii Sokolovsky, un muchacho de mi edad aproximadamente.
-¿Por qué no empezamos de una vez?-le dije.
-Si-me contestó-, ya es cosa de empezar.
-Pero, ¿cómo?
-Sí, ahí está la cosa, ¿cómo?
-Hay que buscar obreros y no esperar por nadie ni preguntar a nadie. ¡Cuando tengamos obreros, a empezar!
-Eso no creo que sea difícil-dijo Sokolovsky-. Yo conozco aquí al vigilante de una huerta, que es evangelista. Voy a ver si le encuentro.
En efecto, aquel mismo día mi amigo se fue al boulevard en busca de su evangelista. Pero éste ya hacía mucho tiempo que no existía. Salió a recibirlo una mujer que tenía un conocido afiliado a la misma secta. Por mediación de este conocido de aquella mujer a quien no conocíamos, Sokolovsky, el mismo día, entró en relaciones con unos cuantos obreros, entre ellos Iván Andreievich Muchin, el cual no tardó en ponerse a la cabeza de nuestra organización. Sokolovsky volvió con los ojos echando lumbre.
-¡Es una gente magnífica! ¡Vaya una gente!
Al día siguiente estábamos sentados en una taberna formando un grupo como de unas cinco a seis personas. A nuestro lado, la caja de música metía un ruido infernal y protegía nuestra conversación de oídos ajenos.
Desde aquel día, nos entregamos al trabajo en cuerpo y alma. No teníamos jefes experimentados que nos guiasen, y nuestra experiencia personal era muy escasa, perro con todo, apenas si encontrábamos dudas o dificultades.
A fines del siglo XIX, la vida económica de Rusia tendía a desplazarse poco a poco hacia las regiones del Sureste. En el Sur se alzaban, una tras otra, grandes fábricas. En 1897, Nikolaief albergaba a unos 8.000 obreros fabriles y hacia 2.000 artesanos. El nivel de cultura de los obreros y sus jornales eran relativamente altos. La proporción de analfabetos era pequeñísima. Hasta cierto punto, venían a ocupar el puesto de las organizaciones revolucionarias las sectas religiosas, que daban la batalla, con bastantes buenos resultados, a la Iglesia ortodoxa oficial. Y como no había grandes disturbios, la policía de Nikolaief sesteaba tranquilamente. Gracias a esto, pudimos trabajar con cierto desembarazo. De otro modo, hubiéramos ido a la cárcel a la primera semana. Pero hay que tener en cuenta que formábamos la descubierta, y disfrutábamos de todas las ventajas que esto supone. Cuando la policía se vino a despertar, ya estaban despiertos los obreros.
A Muchin y a sus amigos me presenté con el nombre de Lvov. Esta primera mentira de conspirador no se me hizo fácil, pues parecíame imperdonable "engañar" de ese modo a quienes iban a consagrarse con uno a una causa tan grande y tan hermosa.
Los obreros acudían en tropel a nosotros, como si las fábricas nos hubieran estado esperando desde hacía largo tiempo. Todos venían con un amigo, algunos acudían con sus mujeres, y había obreros viejos que se presentaban en las reuniones acompañados de sus hijos. No les buscábamos, venían ellos a nosotros. Y como éramos unos caudillos jóvenes e inexpertos, pronto empezarnos a ahogamos en el movimiento que habíamos provocado nosotros mismos. No había palabra que no encontrase resonancia y acogida. En nuestras lecciones y discusiones secretas, que se celebraban unas veces bajo techado y otras en el bosque o en el río, solían congregarse de veinte a veinticinco personas, y a veces más. La mayoría de ellas eran obreros de primera fila, que ganaban jornales bastante crecidos. En los astilleros de Nikolaief regía ya la jornada de ocho horas. A estos obreros no les interesaba la huelga, sino que buscaban la verdad en las relaciones sociales. Algunos de ellos se titulaban "anabaptistas", otros "horistas", otros "cristianos evangélicos". Pero no se trataba de sectas fundadas sobre dogmas. Eran obreros que se habían separado de la Iglesia ortodoxa, y el "anabaptismo" representaba para ellos una etapa breve en el camino revolucionario. Durante las primeras semanas de nuestras reuniones, estaban usando constantemente giros religiosos y buscaban analogías con el cristianismo primitivo. Pero no tardaron en emanciparse de esta fraseología, que hacía reír a los obreros más jóvenes.

Muchin, que era electrotécnico de oficio, había montado en su casa un complicado sistema de señales para prevenir una sorpresa policíaca. Tenía veintisiete años, tosía un poco, con esputos sanguinolentos, era hombre de gran experiencia, lleno de sentido práctico y viéndole se diría un viejo. Permaneció fiel toda la vida a las ideas revolucionariasPoco tiempo después de conocernos, Muchin me puso en relación con su amigo Babenko, también de la secta y que tenía una casita con unos cuantos manzanos en el patio. Era un hombre cojo, muy lento en sus movimientos, que jamás bebía, y él fue quien me enseñó a tomar el té con un pedacito de manzana en vez de limón.
En Nikolaief había muchas figuras interesantes, y sería imposible enumerarlas todas. Había unos magníficos muchachos, muy despiertos, preparados en la escuela técnica de los astilleros, a quienes bastaba medía palabra para comprender. De este modo, la propaganda revolucionaria se hacía mucho más fácil de lo que en nuestros sueños más atrevidos hubiéramos podido imaginar. Estábamos entusiasmados y asombrados del increíble rendimiento de nuestra labor. Sabíamos, por los informes de los revolucionarios, que la propaganda sólo iba conquistando a los obreros uno por uno, y el que sabía atraerse a dos o tres lo consideraba ya como un triunfo. Pero nosotros nos encontrábamos con que los obreros que pertenecían a los grupos o querían afiliarse no tenían cuento. Lo que faltaba eran guías y libros. Los jefes de grupo se disputaban el único ejemplar manuscrito que teníamos del Manifiesto comunista de Marx y Engels, copiado en Odesa con qué sé yo cuantas clases de letra e innumerables erratas y mutilaciones.

COMIENZA MI CARRERA DE ESCRITOR

En vista de esto empezamos a escribir nosotros mismos. Aquí comienza, en realidad, mi carrera de escritor, coincidiendo con mis primeros pasos de propagandista revolucionario. Me sentaba a escribir las proclamas o los artículos, que luego yo mismo me encargaba de copiar en caracteres de imprenta para el multicopista. Las máquinas de escribir no sabíamos aún ni que existían. Me entretenía en trazar las letras con la mayor meticulosidad, pues tenía el prurito de que ningún obrero, aunque sólo supiese deletrear, dejase de entender las proclamas y manifiestos salidos de nuestras "prensas". Cada página me llevaba lo menos dos horas. A veces, me pasaba semanas enteras con las espaldas dobladas y no me levantaba de la mesa más que para asistir a alguna reunión o dirigir un curso obrero. Me sentía muy satisfecho cuando llegaban los informes de fábricas y talleres contando la ansiedad con que los obreros devoraban aquellas hojitas misteriosas con las letras de color violeta, pasándoselas unos a otros y discutiendo acaloradamente su contenido. Para ellos, el autor de estas hojas volanderas debía de ser sin personaje importante y misterioso que sabía penetrar en todas las industrias, que averiguaba todo lo que ocurría entre los obreros y salía al paso de los sucesos por medio de una hojita nueva en término de veinticuatro horas.
Al principio, fundíamos la gelatina y sacábamos las copias por la noche en nuestro cuarto. Uno se quedaba en el patio montando la guardia. En el hornillo de la estufa estaban siempre preparadas las cerillas el petróleo para hacer desaparecer todos los indicios en caso de peligro. Nuestras precauciones no podían ser más simplistas. Pero la policía de Nikolaief nos ganaba todavía en punto a simpleza. Más tarde, instalamos el copiador en casa de un obrero viejo que había perdido la vista en un accidente del trabajo. Puso su casa a nuestra disposición sin el menor reparo. "Para un ciego todo el mundo es cárcel", nos dijo sonriendo apaciblemente. Poco a poco, fuimos reuniendo allí grandes existencias de glicerina, gelatina y papel. Trabajábamos por la noche. El cuarto, todo abandonado y con el techo a ras de nuestras cabezas, tenía un aspecto mísero, lamentable. Preparábamos al alimento revolucionario encima de una estufa de hierro y lo extendíamos sobre una hoja de lata. El ciego, que nos ayudaba, se movía con más seguridad que nadie por el cuarto envuelto en sombras. Un obrero joven y una obrera se me quedaban mirando con admiración y asombro cuando me ponía a sacar las copias recién impresas. ¿Qué hubiera pensado cualquier persona "cuerda" que hubiese posado la mirada desde lo alto en aquel grupo de mozos apiñados en la penumbra alrededor del mísero copiador, sabiendo que les congregaba allí el propósito de derribar a un Estado poderoso y secular? Y, sin embargo, apenas transcurrió una generación sin que el propósito se realizase: hasta 1905, no pasaron más que ocho años; hasta 1917, no fueron veinte completos.
En cambio, la propaganda por la palabra no me valía todavía, por entonces, las mismas satisfacciones que la escrita. Los conocimientos eran insuficientes, y, además, me faltaba la práctica necesaria para saber emplear bien los que tenía. Entre nosotros, no se conocían todavía los discursos en el verdadero sentido de la palabra. Sólo una vez, el 1º de mayo, me vi en el trance de tener que pronunciar en el bosque algo parecido a un discurso. Esto me causó una gran perplejidad. Todas las palabras que se me ocurrían parecían falsas e insoportables, aun antes de pronunciadas. Lo que no me resultaba del todo mal eran los debates en los grupos. La labor revolucionaria iba viento en popa. Yo me encargaba de mantener y desarrollar las relaciones con Odesa, a donde me trasladaba con la mayor frecuencia posible. Iba al puerto al anochecer, tomaba un billete de tercera, que me costaba un rublo, y me tendía sobre la cubierta del vapor lo más cerca posible de la chimenea. Ponía la chaqueta de almohada y me tapaba con el abrigo. A la mañana siguiente, cuando me despertaba, estábamos en Odesa, donde me dirigía a las personas a quieres tenía que ver. La noche siguiente la pasaba también en el barco y, de este modo, no perdía ningún día de viaje. A los pocos días, retornaba ya a Nikolaief con una maleta llena de publicaciones clandestinas, aparecidas en el extranjero. Eran todos folletos nuevos de agitación, con unos forros vivos y alegres. No nos cansábamos de abrir la maleta para admirar aquel tesoro. Los folletos fueron rápidamente repartidos y contribuyeron a reforzar la autoridad de que gozábamos entre los trabajadores.

EN LA MIRA DE LA POLICIA

Dimos a la organización el nombre de "Liga obrera del Sur de Rusia", pues teníamos la intención de atraernos a otras ciudades. Yo me encargué de redactar los estatutos con un sentido socialdemócrata. Las autoridades de las fábricas intentaron combatir nuestra influencia en las fábricas exhortando a los obreros mediante discursos. Al día siguiente, contestamos con nuevas proclamas. Este duelo no sólo tenía en tensión a los obreros, sino a gran parte de la ciudad. Ahora, ya hablaba todo el mundo de los revolucionarios, que tenían las fábricas inundadas de hojas y manifiestos. Ya se oía pronunciar nuestros nombres por todas partes. Pero la policía seguía vacilando: no podía creer que "los locos aquellos de la huerta" fuesen capaces de organizar una campaña semejante y sospechaba que detrás de nosotros se escondían gentes más expertas. Las sospechas recaían seguramente sobre los antiguos deportados. Gracias a esto, pudimos seguir actuando todavía dos o tres meses más. Pero pronto empezaron a vigilarnos con más cuidado, y la Policía fue descubriendo un grupo tras otro.
En vista de esto, acordamos salir de Nikolaief por unas semanas, para ver si la policía perdía la pista. Yo me iría con mis padres al campo, la Sokolovskaia a Iekaterinoslavia, con su hermano, y así sucesivamente. Pero, al mismo tiempo, convinimos resueltamente en que, caso de proceder a detenciones en masa, no nos esconderíamos, sino que nos dejaríamos apresar, para que la policía no pudiese decir a los obreros que sus jefes les habían traicionado.
El 28 de enero de 1898 se decretaron una serie de detenciones en masa. En junto, fueron llevados a la cárcel unos doscientos hombres. Empezaba el ajuste de cuentas. A uno de los detenidos, el soldado Sokolov, le aterrorizaron de tal modo, que se tiró desde el segundo piso por el corredor de la cárcel, produciéndose graves heridas. Otro de los detenidos, Levandovsky, se volvió loco. Y no fueron estas las únicas víctimas.
Entre los encarcelados había muchos que apenas habían tenido parte en el movimiento. Gentes de quienes habíamos fiado se desentendieron de nosotros y hasta llegaron a traicionarnos. En cambio, otros que apenas se habían destacado, demostraron gran fortaleza de carácter. Al tornero Augusto Dorn, un alemán de unos cincuenta años, que no nos había visitado más que una o dos veces, le detuvieron también y le tuvieron largo tiempo encarcelado. Era un hombre magnífico, y en la cárcel se dedicaba a cantar con voz potente alegres canciones alemanas, en las que no siempre brillaba la honestidad, hacía chistes en un ruso muy divertido y mantenía en pie la moral de los jóvenes.

MIS PRIMERAS PRISIONES

También yo fui detenido en la redada general del año 1898 La vieja cárcel de Nikolaief no estaba preparada para recibir a presos políticos, sobre todo en tan gran número. A mí me metieron en una celda con Iavich, un joven encuadernador. Era una celda grandísima, capaz para treinta personas, completamente desmantelada y sin apenas calefacción. En la puerta había un gran agujero cuadrado que se abría sobre el pasillo, el cual estaba abierto y daba al patio. Caían las heladas propias del mes de enero. Para dormir, nos tendían en el suelo unos sacos de paja, que sacaban a las seis de la mañana. Levantarse y el vestirse era una tortura. Envueltos en los abrigos y con los sombreros y los zapatos puestos, nos estábamos sentados en el suelo, pegando hombro con hombro, las espaldas metidas por la tibia estufa, y así soñábamos o dormitábamos una o dos horas. Eran, quizá, las más hermosas del día. No nos llamaban nunca a declarar. Echábamos carreras de un rincón a otro de la celda para calentarnos y nos alimentábamos de recuerdos, conjeturas y esperanzas. Empecé a estudiar con Iavich. Así pasaron unas tres semanas, hasta que sobrevino un cambio. Un día, me sacaron de la celda con mi hatillo, me llevaron a las oficinas de la prisión y me entregaron a dos gendarmes altos, que me condujeron en un carruaje hasta la cárcel de Kherson. Esta estaba instalada en un caserón todavía más viejo. La celda era espaciosa y tenía una ventana estrecha, con barrotes de hierro, que en invierno estaba toda empañada y no dejaba pasar apenas luz. Allí la soledad era completa, absoluta, desesperante. No había paseos ni vecinos. No recibía nada de fuera. No tenía té ni azúcar. Una vez al día, a mediodía, me alargaban la sopa carcelaria. El desayuno y la cena: consistían en un pedazo de pan negro con sal. Me interpelaba a mí mismo largamente acerca de si tendría o no derecho a aumentar la ración del desayuno a costa de la cena. Todos los argumentos de por la mañana me parecían insensatos y criminales al llegar la noche. Por la noche sentía un odio mortal, contra el que se había desayunado por la mañana. No tenía ropa interior para mudarme. Estuve tres meses con lo puesto. No tenía jabón. Los insectos carcelarios me comían vivo. Me propuse por empresa dar mil ciento once pasos en sentido diagonal. No había cumplido todavía los diecinueve años. Jamás viví en un aislamiento tan completo, a pesar de haber conocido veinte cárceles. No tenía ni un solo libro, ni lápiz ni papel. La celda jamás se aireaba. Si quería darme cuenta del aire que se respiraba allí, no tenía más que mirar a la cara que ponía el carcelero cuando entraba a algo. Después de echar un bocadito al pan de la cárcel, poníame a pasear de arriba abajo, en sentido diagonal, y a componer poesías. Estos versos, bastante mediocres, estaban llamados a conquistar una gran popularidad. Todavía circulan por ahí, reproducidos en las colecciones de cantares. Pero había momentos en que mordía en mí la amarga melancolía de la soledad. En estos instantes, pisaba con una firmeza un poco exagerada sobre las gastadas suelas, al medir los mil ciento once pasos reglamentarios. Al final del tercer mes, cuando ya el pan de la cárcel, el saco de paja y los piojos que me devoraban se habían hecho parte inseparable de mi existencia como el día y la noche, se abrió la puerta-era al atardecer-y el carcelero me puso delante una montaña de objetos procedente de otro mundo, de un mundo fantástico: ropa limpia, una manta, una almohada, pan blanco, azúcar, té, jamón, conservas, manzanas y hasta unas cuantas naranjas grandes y relucientes... Han pasado treinta y un años desde aquello, y todavía es el día en que no acierto a enumerar sin emoción todos estos objetos maravillosos, y aun advierto que he omitido un vaso con fruta en conserva, jabón y un peinecillo.
-Esto, que le manda su madre-me dijo el carcelero. Y aunque yo no sabía leer todavía muy bien en las almas humanas, comprendí enseguida, por su tono de voz, que le habían sobornado.

ESTUDIOS EN PRISIÓN

Poco tiempo después, me llevaron embarcado a la cárcel celular de Odesa, que había sido construida años antes con arreglo a los últimos métodos de la técnica. Para quien como yo venía de Nikolaief y de Kherson, la cárcel celular de Odesa era una institución ideal. Había conversaciones por el sistema percutivo, papelitos que circulaban de celda en celda, "teléfono", o sea, transmisión directa de una ventana en otra. Las comunicaciones circulaban casi sin interrupción. Conviene advertir que por entonces todavía no habíamos adoptado-como hicimos años más tarde-, el sistema de negarnos a declarar.
Durante los primeros meses que pasé en la cárcel de Odesa, no recibí ningún libro de fuera y hube de contentarme con lo que ofrecía la biblioteca de la prisión, que eran casi exclusivamente las colecciones de una serie de revistas históricas y religiosas de tipo conservador. A falta de otra cosa, me entregué a su estudio con un insaciable afán. Pronto me supe de memoria todas las sectas y herejías antiguas y modernas, todas las ventajas de la religión ortodoxa, los argumentos más poderosos contra el catolicismo, el protestantismo, el darwinismo y las teorías de Tolstoy. Aquellas investigaciones acerca de los malos espíritus y los demonios y su príncipe Satanás y el sombrío reino del mal, toda aquella estupidez que habían ido codificando los siglos, era la admiración y el asombro del joven racionalista. Recuerdo una descripción muy detallada del Paraíso, de su geografía interior y del lugar en que se encontraba, a que el autor ponía fin con la nota melancólica siguiente: "No puede indicarse con seguridad el lugar en que se encuentra el Paraíso." No me cansaba de repetir estas palabras estupendas, lo mismo a medio día que a la hora del té, que en los paseos: los geógrafos ignoran el grado de latitud a que se encuentra la bienaventuranza paradisíaca, ¡magnífico!.
Pedí a mi hermana, que había venido de la aldea a verme, que me trajese cuatro ejemplares de los Evangelios en lenguas extranjeras. Valiéndome de los conocimientos de alemán y francés que tenía de la escuela, fui leyendo éstos y comparándolos, versículo por versículo, con los que estaban en inglés y en italiano. Al cabo de algunos meses, había avanzado bastante, por medio de este procedimiento. Debo decir, sin embargo, que mi talento lingüístico es bastante mediocre. No he llegado a dominar con perfección ningún idioma extranjero, a pesar de haber vivido largas temporadas en varios países de Europa.
Los locutorios a que nos sacaban para recibir las visitas de los familiares eran una especie de jaulas de maderas estrechas, separadas del visitante por dos rejas de hierro. Cuando mi padre me visitó por primera vez, creyó que los presos estábamos metidos todo el tiempo en aquellos cajones, y tal fue su terror, que no podía hablar. Acuciado por mis preguntas, movía los pálidos labios sin articular palabra. Jamás se me borrará del recuerdo aquella cara. A mi madre la habían preparado y estaba más serena.
Conseguimos entrar de contrabando a la cárcel dos célebres folletos del viejo hegeliano marxista italiano Antonio Labriola, traducidos al francés, cuya lectura me entusiasmó. Labriola manejaba como pocos escritores latinos la dialéctica materialista en el campo de la filosofía de la historia, si bien en cuestiones Políticas no podía enseñar nada.
Hoy, en la época de los trajes baratos y de confección, a nadie se le ocurre vestirse con las prendas de sus abuelos; en cambio, en el terreno del espíritu abundan todavía los vestidos y las modas del pasado. El menaje de las ideas se transmite de generación en generación, aunque las almohadas y las mantas de las abuelas se abandonen por apolilladas e inservibles. Y hasta aquellos que se ven obligados por cualquier causa a cambiar de opiniones, procuran, siempre que pueden, ataviarlas en las formas tradicionales.
Como en la cárcel para conseguir un cuaderno nuevo había que devolver el otro lleno, pedí para mis lecturas sobre la masonería un cuaderno de mil páginas numeradas en que, con letra diminuta, iba extractando los libros que leía y registrando mis ideas propias acerca de los francmasones y del materialismo histórico. Este trabajo me llevó, en total, un año. Una vez terminado un capítulo, lo redactaba, lo copiaba en un cuadernillo de contrabando y se lo mandaba a los camaradas que ocupaban las otras celdas, para que lo leyesen. Para esto, nos valíamos de un sistema bastante complicado, que llamábamos el "teléfono". Si el destinatario moraba en una celda no lejos de la mía, ataba el extremo de una cuerda un objeto pesado y hacía oscilar el aparato alargando la mano por entre los hierros de la ventana todo lo que podía. Advertido por un golpecito, yo sacaba por mi ventana la escoba, y cuando el peso que pendía al extremo de la cuerda se había arrollado al mando, tiraba de la escoba y ataba a la cuerda el cuadernillo. En los casos en que el destinatario quedaba lejos, repetíase la misma historia en varias etapas, lo cual dificultaba, naturalmente, el transporte.
El haberme visto obligado a hacer aquellos estudios sobre la masonería en la cárcel y sin disponer, por tanto, más que de unos cuantos libros, me fue muy provechoso. Hasta entonces, no había tenido ocasión de consultar las obras fundamentales del marxismo. Los trabajos de Labriola eran escritos filosóficos de carácter polémico. Exigían conocimientos que yo no tenía, y me veía obligado a suplirlos por medio de conjeturas. De las investigaciones de Labriola salí con una multitud de hipótesis en la cabeza. Los estudios sobre la masonería diéronme ocasión para contrastar y revisar mis ideas. No había descubierto nada nuevo. Todas las argumentaciones metodológicas a que llegué, hacía largo tiempo que estaban descubiertas y aplicadas. Pero el caso era que yo había llegado a encontrarlas por mi cuenta-hasta cierto punto-y tanteando en la sombra. Me figuro que esto tuvo cierta importancia para el desarrollo posterior de mi espíritu. Más tarde, encontré en Marx, en Engels, en Plejanof, en Mehring, confirmación de lo que en la cárcel creyera ideas mías propias y a las que entonces no había podido contrastar ni dar fundamentación. La forma primera en que asimilé el materialismo histórico no fue dogmática. En un principio, la dialéctica no se me reveló en fórmulas abstractas, sino que resorte vivo latente en el proceso histórico, donde lo descubría a poco que me esforzase por estudiarlo.
Entre tanto, Rusia empezaba a incorporarse. Aquí sí que la dialéctica histórica laboraba seriamente, de un modo práctico y en gran escala. El movimiento estudiantil descargaba su tensión en constantes manifestaciones. El látigo de los cosacos amorataba las espaldas de los estudiantes. Los liberales se indignaban de que se ofendiera así a sus hijos. La socialdemocracia se fortalecía, al fundirse cada vez más íntimamente con el movimiento obrero. La revolución dejó de ser ocupación reservada a los círculos intelectuales. Crecía el número de obreros encarcelados. En las cárceles, a pesar de estar abarrotadas, se respiraba mejor. A fines del segundo año de encarcelamiento nos fue comunicada la sentencia recaída en nuestro proceso: los cuatro principales acusados éramos condenados a cuatro años de destierro en Siberia. Pero hubimos de pasar otro medio año en la cárcel de depósito de Moscú. Fue un período de trabajo teórico intensivo. Estando en esta cárcel, me hablaron por vez primera de Lenin, y me puse a estudiar su libro sobre la evolución del capitalismo ruso, que acababa de aparecer. Además, escribí un folleto sobre el movimiento obrero de Nikolaief, que logramos hacer llegar a manos de nuestros amigos y fue publicado poco tiempo después en Ginebra.
De la cárcel de depósito de Moscú salimos, para ser transportados a Siberia, en el verano. Después de hacer alto en viarias cárceles del camino, llegamos al lugar de nuestro destierro en otoño del año 1900. Había cumplido 21 años.

 

PRIMERA DEPORTANCIÓN

Íbamos río Lena abajo. La corriente del río arrastraba lentamente las barcas en que iban los presos y la escolta. Por la noche hacía un frío de hielo, y por la mañana los abrigos de pieles con que nos envolvíamos aparecían cubiertos de escarcha. Por el camino, los presos eran desembarcados y dejados en los puntos de destino, individualmente o por parejas. Tardamos en llegar a la aldea de Usti-Kut, si mal no recuerdo, unas tres semanas. Al llegar aquí me desembarcaron en unión de Alejandra Lvovna, con quien estaba en íntimas relaciones y a quien hablan condenado también al destierro por los sucesos obreros de Nikolaief. Alejandra Lvovna ocupaba uno de los primeros lugares en nuestra Liga obrera del Sur. Profundamente entregada al socialismo, con un absoluto desprecio de todo lo que le fuese personal, gozaba de una autoridad moral indiscutible. El trabajo común por la causa nos había unido íntimamente, y para que no nos desterrasen a lugares distintos, habíamos hecho que nos desposasen en la cárcel de depósito de Moscú.

El río Lena era la gran vía fluvial de los desterrados. Los cumplidos retornaban río arriba, camino del Sur. La comunicación entre los varios núcleos de desterrados, que iban aumentando conforme crecía la revolución, rara vez se interrumpía. Iba y venían cartas, que crecían hasta convertirse en verdaderos tratados teóricos. Fue un invierno terrible en que el frío llegó a cuarenta y cuatro grados. Reaumur, el carretero que nos conducía arrancaba con sus manos enguantadas los carámbanos que colgaban del hocico de los caballos. Yo llevaba encima del regazo a una niña de diez meses que nos había nacido. La criatura respiraba por especie de chimenea que le habíamos hecho encima de la cara entre las pieles. Al llegar a una estación la desenvolvíamos cuidadosamente, temerosos de que se hubiese ahogado. Sin embargo, el viaje tuvo feliz término.

LA PASIÓN POR ESCRIBIR

A poco de llegar a Usti-Kut, comencé, a colaborar en un periódico de Irkutsk, llamado Revista Oriental. Era un periódico provinciano autorizado por la censura. Yo empecé enviando crónicas de la aldea, aguardé con cierta emoción a que apareciese la primera y, animado por los redactores, me pasé a los ensayos y a la crítica literaria. Cuando menos lo esperaba, el periódico me subió los honorarios. ¿Qué mejor muestra de reconocimiento? Mis artículos versaban sobre los campesinos y los clásicos rusos, sobre Ibsen, Hauptmann y Nietzsche, sobre Maupassant y Estaunié, sobre Leónidas Andreiev y Gorki. Me pasaban las noches en claro puliendo las cuartillas línea a línea, en busca de la idea precisa o de la palabra adecuada. Y así, fui haciéndome escritor.
Desde el año 1896, en que me resistía todavía a aceptar las ideas revolucionarias, y desde 1897, en que, laborando ya como revolucionario, rehuía el marxismo, llevaba un buen trecho de camino andado. Cuando me desterraron, el marxismo era ya, definitivamente, la base de mis ideas y del método de mis razonamientos. En el destierro procuré ir analizando con el criterio que ya empezaba a dominar esos temas que se llaman "eternos" de la existencia humana: el amor, la muerte, la amistad, el optimismo, el pesimismo, etc. El hombre ama, odia o espera de distinto modo, según las distintas épocas y los distintos medios sociales en que se mueve. Y así como el árbol nutre a las hojas por medio de las raíces y las flores y los frutos se alimentan de las sustancias de la tierra, la personalidad humana encuentra en los fundamentos económicos de la sociedad el alimento para sus sentimientos y sus ideas, aun los más "elevados".
Mientras en las lejanas colonias de la Siberia, cubiertas de nieve, los desterrados discutían apasionadamente acerca de las diferencias existentes entre los campesinos rusos, acerca de las tradeunions inglesas y de la relación entre el imperativo categórico y los intereses de clase, entre el darwinismo y el marxismo, en las esferas gubernamentales se libraba otro duelo ideal. En febrero del año 1901, Tolstoy era excomulgado por el Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa. Todos los periódicos publicaban el decreto de excomunión. De seis crímenes distintos acusaban a Tolstoy: 1.º, de "negar la persona del Dios vivo, entronizado en la Santísima Trinidad"; 2.º, de "negar a Cristo, Hijo del Hombre, resucitado de entre los muertos"; 3.º, de "negar la Inmaculada Concepción y la virginidad de María antes y después del parto"; 4.º, de "negar la resurrección después de la muerte y el juicio final"; 5.º, de "negar la virtud y la gracia del Espíritu Santo"; 6.º, de "profanar el misterio de la Santa Eucaristía". Aquellos sacerdote metropolitanos barbudos y encanecidos, con todas las demás columnas del Estado, que nos tildaban a nosotros, los revolucionarios, no sólo de criminales, sino de locos fanáticos, y que se tenían por la defensa y salvaguardia del sano sentido común apoyado en la experiencia histórica de la humanidad entera, querían exigir al. gran escritor realista que creyese en el dogma de la Concepción Inmaculada y en el Espíritu Santo, revelado en el pan de la comunión. No nos cansábamos de leer aquella enumeración de los "errores y herejías" de Tolstoy. La leíamos con asombro creciente, y nos decíamos: "No, no son ellos, sino nosotros los que nos apoyamos en la experiencia de la humanidad, los que representamos el porvenir; los que nos gobiernan desde arriba no son sólo criminales, sino dementes". Y estábamos seguros de que, tarde o temprano, acabaríamos con aquel manicomio.


EL DEBATE CON LOS TERRORISTAS

El viejo edificio del Estado empezaba a crujir por todas las juntas. Los estudiantes seguían atizando la hoguera. Acuciados por la impaciencia, se desbordaban en actos de terrorismo. Cuando sonaron los disparos de Karpovich y Balmachef, los desterrados nos estremecimos como si hubiese sonado un trompetazo de alarma. Se puso a discusión la táctica del terrorismo. Después de algunas vacilaciones aisladas, la fracción marxista se declaró contra estos procedimientos, por entender que la acción química de los explosivos no podía suplantar la fuerza de las masas y que perecerían muchos en la lucha heroica sin haber conseguido poner en pie a la clase obrera. Nuestra misión-decíamos-no es quitar de en medio a unos cuantos ministros zaristas, sino barrer revolucionariamente el sistema. Ante este problema, empezaban a separarse los socialistas y los socialrevolucionarios. La cárcel me había servido para formarme una cultura teórica; el destierro servía ahora para contrastar mis ideas políticas.
Así pasaron dos años de mi vida. Durante estos dos años, había corrido mucha agua bajo los puentes de San Petersburgo, de Moscú y de Varsovia. El movimiento empezaba a abandonar los escondrijos y a derramarse sobre las calles de las ciudades. En muchas regiones comenzaban a agitarse también los campesinos. Hasta en la Siberia fueron formándose, a lo largo de la línea del ferrocarril organizaciones socialdemócratas. Estas organizaciones se pusieron en relación conmigo, y yo les enviaba proclamas y manifiestos. Después de una interrupción de tres años, volvía a lanzarme a la lucha activa.
Ya los desterrados no querían seguir en el destierro. Empezaron las huídas en masa. No había más remedio que guardar un turno. Apenas había aldea en que no se topase con algún aldeano influido de joven por los revolucionarios de la vieja generación. Estos aldeanos se encargaban de transportar en barcas, carros o trineos a los presos políticos, reexpidiéndoselos de unos a otros. La policía siberiana era casi tan impotente como nosotros mismos. En aquellas distancias gigantescas tenían a la par un enemigo y un aliado. No era fácil echar el guante a los fugitivos. El peligro estaba en perecer ahogado en el río o muerto de f río en la taiga.
El movimiento revolucionario iba ganando en latitud, pero carecía aún de coordinación. Cada ciudad, cada comarca, luchaba por su cuenta. La unidad de la represión daba gran ventaja al zarismo. No había más remedio que crear un partido centralizado, y esta idea trabajaba en muchos cerebros. Yo escribí una memoria acerca de ese tema, que circuló en copias por las colonias de desterrados y fué calurosamente discutida. Nos parecía que los camaradas que vivían en Rusia o emigrados en el extranjero no prestaban a esto bastante atención. Pero nos equivocábamos; el asunto era objeto de sus preocupaciones, y no sólo deliberaban, sino que obraban. En el verano de 1902 recibía, unos cuantos libros que traían ocultas en el forro, impresas en papel finísimo, las últimas publicaciones de los emigrados rusos. Por ellas, supimos que había sido fundado en el extranjero un periódico marxista, la Iskra (La chispa), cuya misión era servir de órgano central a los revolucionarios profesionales, unidos por la disciplina férrea de la acción. En el envío venía el libro que Lenin acababa de publicar en Ginebra con el título de ¿Qué es lo que hay que hacer?, consagrado por entero a esta cuestión. Comparadas con la nueva y grandiosa misión que se nos ofrecía, aquellas mis memorias manuscritas, proclamas y artículos de periódico destinadas a la "Liga siberiana", tenían que parecerme por fuerza insignificantes y mezquinas. No había más remedio que conquistarse un nuevo campo donde trabajar. Había que huir de allí.
Por entonces, ya teníamos dos niñas, la menor de las cuales no había cumplido aún cuatro meses. La vida en Siberia era dura. Mi fuga habría de hacérsela doblemente difícil a Alejandra Lvovna. Ella fue quien decidió que tenía que ser. Los deberes revolucionarios pesaban más sobre su espíritu que toda otra consideración, principalmente si ésta era de orden personal. Ella había sido la primera en hablar de la posibilidad de una huída, cuando vimos las grandes perspectivas que se abrían ante nosotros. Allanó todas las dudas que se oponían a la realización de este proyecto y supo disfrazar felizmente a los ojos de la policía, por espacio de tres días, mi ausencia. Desde el extranjero me era extraordinariamente difícil hacerle llegar mis cartas. Luego, hubo de sufrir aún un segundo destierro y pasaron muchos años en que sólo pudimos vernos incidentalmente. La vida nos había separado, pero supo mantener inconmovible nuestras relaciones intelectuales y nuestra amistad.

PRIMERA FUGA

Se acercaba el otoño y con él, inminente, la época de los caminos intransitables. Para acelerar mi fuga, se decidió que los dos desterrados que estaban en turno se escapasen juntos. Un amigo aldeano prometió sacarme de Verjolensk. Salimos al campo, de noche, y el aldeano que había de conducirnos nos tapó con paja y toldos de lienzo, como si fuésemos una carga de mercancías. Mientras tanto, para sacarle dos días de delantera a la policía, mi mujer metía un muñeco en la cama, haciendo el papel de enfermo. El aldeano arreaba los caballos a la manera siberiana, es decir, a una velocidad de veinte verstas por hora. Mis costillas iban contando los baches del camino y a mis oídos llegaban los gemidos de mi vecina de viaje. Cambiamos el tiro dos veces. Sin grandes contratiempos pude tomar el tren, a donde los amigos de Irkutsk me habían mandado una maleta con camisas almidonadas, una corbata y otros atributos de la civilización. Llevaba en la mano un tomo de Homero traducido en hexámetros rusos por Gniedich y en el bolsillo un pasaporte extendido a nombre de Trotsky, nombre que había escrito al azar, sin sospechar ni mucho menos que había de quedarme con él para toda la vida. El tren siberiano me llevaba rumbo a Occidente. Los gendarmes de guardia me dejaban pasar sin fijarse en mí. Las talludas mujeres siberianas salían a las estaciones con pollos y lechones asados, botellas de leche, montañas de pan recién amasado. Los viajeros del coche fueron todo el camino bebiendo té y comiendo los baratos panecillos siberianos empapados de grasa.
Me detuve en Samara, donde me incorporé oficialmente, por decirlo así, a la organización de la Iskra bajo el seudónimo de Pluma, que Claire, el jefe de Iskra en el lugar, me asignó como homenaje a mis éxitos de periodista en Siberia. Iskra tomó a su cargo la organización del partido. En aquella época, los partidarios de Iskra eran, en su mayoría, intelectuales que luchaban por la conquista de los comités socialdemócratas locales y preparaban la organización de un congreso del partido, en que aspiraban a que triunfasen las ideas y los métodos de su grupo. Eran algo así como el primer ensayo de aquella organización revolucionaria que, a fuerza de desarrollarse y templarse, de atacar y retroceder, buscando siempre y cada vez más íntimamente el contacto con las masas obreras, abrazando empresas cada vez más osadas, quince años después había de derribar a la burguesía y adueñarse del poder.
Entretanto, Lenin, que mantenía asidua correspondencia con la organización de Samara, me exhortaba a que saliese lo antes posible al extranjero. Claire me equipó con el dinero necesario para el viaje.
Hasta llegar a la zona fronteriza todo fue bien. Un policía me pidió en la última estación el pasaporte. ¡Y cuál no fue mi asombro cuando vi que no ponía el menor reparo a aquel documento fabricado por mí!.
En la estación, tuve tres horas para secarme y limpiarme, antes de que llegase el tren. Cuando hube cambiado el dinero, resultó que no me alcanzaba para llegar hasta el punto de destino, es decir, hasta Zurich, donde había de presentarme a Axelrod. En vista de esto, saqué billete hasta Viena; allí ya vería cómo me las arreglaba.
En la capital de Austria, lo que más me sorprendió fue que, a pesar de haber estudiado alemán en el Instituto, no lograba entender a nadie y los demás, en su mayoría, me pagaban en la misma moneda. A duras penas, conseguí hacer comprender a un hombre viejo, de gorra encarnada, que quería ir a la redacción del Arbeiter-Zeitung. Había decidido presentarme personalmente a Víctor Adler, jefe de la socialdemocracia austriaca y hacerle ver que la causa de la revolución rusa reclamaba mi presencia en Zurich.
Salió a recibirme un hombre de estatura regular, encorvado, casi giboso, con ojos hinchados y cara de fatiga. En Viena estaban celebrándose a la sazón las alecciones para el Landtag. La noche anterior Adler había hablado en varios mítines y se había estado hasta el amanecer escribiendo artículos y proclamas. No le supe hasta una hora después, en que me lo dijo su nuera.
-Perdone usted, doctor, que venga a interrumpir su descanso en un domingo...
-¡Siga, siga usted!...-dijo mi interlocutor con cierta severidad externa, pero en un tono que no era para imponer, sino, al contrario, que animaba. Aquel hombre resplandecía espíritu por todas las arrugas de la cara.
-Soy un ruso...
-No necesitaba usted decírmelo, pues ya había tenido tiempo sobrado para comprenderlo. Trayéndome noticias de la revolución rusa, puede usted llamar a mi puerta a cualquier hora de la noche… ¡Katia, Katia!-se puso a gritar.
En seguida, acudió su nuera, que era rusa.
-Con ella se entenderá usted mejor-dijo Adler, saliendo del cuarto.
Ya estaba asegurado mi viaje.
.
PRIMERA EMIGRACIÓN

Llegué a Londres-desde Zurich, pasando por París-en el otoño del año 1902; creo que fue en octubre, una mañana temprano. Alquilé un taxi, más por gestos que con palabras, y con ayuda de una dirección escrita en un papel, conseguí que me dejase en mi punto de destino. El punto de destino era el cuarto de Lenin. Salió a abrirme Nadezda Konstantinovna, a la que probablemente mi llamada había arrancado del sueño. Era muy temprano y cualquiera que tuviese la menor idea de lo que era el trato social, hubiera esperado tranquilamente en la estación una o dos horas, para no presentarse a golpear en una casa desconocida al amanecer. Pero no acababa de convencerme de que ya no era el fugitivo siberiano. Lenin estaba todavía en la cama, y en su cara, aunque me recibiera con afecto, se reflejaba cierto asombro. En estas condiciones, tuvo lugar nuestra primera entrevista y nuestra primera conversación. Vladimir Ilitch y Nadezda Konstantinovna me conocían ya por las cartas de Claire y me esperaban. Me Recibiero, pues, con estas palabras:
-Pluma ha llegado.
Sin esperar a más, empecé a desembaular mis someras impresiones acerca de la situación en Rusia. En si, los hechos no tenían mucho de alentador; pero, en cambio, la fe en el mañana era magnífica.
Aquella misma mañana, o acaso a la siguiente, di un gran paseo con Lenin por las calles de Londres. Desde un puente, me enseñó la Abadía de Westminster y otros edificios notables. No recuerdo, exactamente sus palabras, pero el sentido era éste:
-¡He ahí su famoso Westminster!...
Aquel "su" no se refería a los ingleses, sino a las clases gobernantes. Era el matiz, jamás rebuscado, sino profundamente orgánico y reflejado principalmente en el tono de voz; que se percibía en las palabras de Lenin siempre que hablaba de los valores culturales o de las nuevas conquistas de la ciencia, del tesoro de libros del "British Museum" de las informaciones de los grandes periódicos europeos, y años más tarde, de la artillería alemana o la aviación francesa; ellos pueden, ellos tienen, ellos hacen, ellos consiguen... ¡Vaya adversarios! La sombra invisible de la clase dominante se proyectaba sobre todos los aspectos de la civilización humana, y los ojos de Lenin percibían esta sombra en todo momento con la misma claridad de la luz del día. Me figuro que yo no pondría gran interés entonces en contemplar la arquitectura londinense. Para un hombre que acababa de saltar de Siberia al extranjero, sin transición, por primera vez, que había pasado por Viena, por París y andaba ahora por Londres casi sin enterarse, "detalles" como el de la Abadía de Westminster no tenían gran importancia. Además, Lenin no me había invitado a dar este gran paseo para enseñarme obras de arte. Lo que quería era conocerme de cerca y someterme a un examen, sin que lo advirtiese. Y, en efecto, el examen abarcó "todo el programa".
Le conté largamente sobre distintos temas.
Lenin sabía escuchar.
-¿Y qué tal andaban ustedes de teoría?
Le dije que en la cárcel de depósito de Moscú habíamos estudiado colectivamente su libro sobre La evolución del capitalismo en Rusia, y que en el destierro nos habíamos puesto a trabajar sobre El capital, pero sin pasar del segundo tomo. Agregué que a los desterrados nos había causado asombro la gran cantidad de materiales estadísticos recogidos en su libro sobre el capitalismo ruso.
-Sí, pero hay que tener en cuenta que me dediqué a eso varios años...-contestó Vladimir Ilitch, un poco perplejo.
Sin embargo, se le vía satisfecho de que los camaradas jóvenes comprendiésemos el esfuerzo gigantesco que representaba la más importante de sus investigaciones ecnómicas.
Así comenzó la breve etapa londinense de mi vida. Devoré ansiosamente todos los números Iskra que se habían publicado y los volúmenes de La Aurora, publicada por la misma redacción. Eran unos artículos magníficos, en que la profundidad científica no cedía a la pasión revolucionaria, ni ésta a aquélla. Me enamoré verdaderamente de Iskra, avergonzado de mi incultura y firmemente decidido a salir de ella a toda prisa. Pronto empecé yo también a colaborar en el periódico. Al principio, con noticias breves, luego con ensayos políticos y editoriales.
Retorné a París, donde había una gran colonia de estudiantes rusos. Los partidos revolucionarios forcejeaban duramente por ganarse, cada cual para su causa, a los estudiantes. Me permito reproducir aquí un pasaje de los Recuerdos de Natalia Sedova, de aquella época:
"En el otoño de 1902 abundaron las discusiones de memorias en la colonia rusa. Del grupo de Iskra al que yo pertenecía, desfilaron por allí primero Martov y, luego, Lenin. La pelea era contra los "economistas" y los socialrevolucionarios. En nuestro grupo se hablaba de la próxima llegada de un camarada joven, huido de Siberia. Cuando ya el nuevo camarada (cuyo nombre nadie nos dijo) estaba instalado en su cuarto, me preguntó Iekaterina:
-Y qué, ¿se prepara para la conferencia?
-No sé, seguramente-dije yo; ayer por la noche, cuando subía por la escalera, oí silbar suavemente en su cuarto.
-Pues dígale usted que en vez de silbar procure prepararse.
Iekaterina estaba preocupadísima con su discurso. No tenía por qué. Fue un gran éxito, y la colonia estaba entusiasmada, pues el joven colaborador de Iskra superó todas las esperanzas."
Estudié a París mucho más atentamente que a Londres. Era la influencia de Natalia Sedova. Y aunque nacido y criado en el campo, fue en París donde empecé a interesarme por la naturaleza. Aquí fue también donde, por vez primera, se me reveló el verdadero arte.
Entré en la atmósfera del centro del mundo a la fuerza y de mala gana. Los primeros días "negaba" a París y me esforzaba por ignorarlo. En el fondo, todo esto eran los esfuerzos del bárbaro por afirmar su personalidad. Presentía que para conocer bien a París y comprenderlo debidamente, había que consagrar a ello mucho tiempo. Y yo tenía una misión que cumplir, una misión absorbente, celosa, que no toleraba rivalidades: la revolución. Poco a poco, y a fuerza de fatigas, fui sintiéndome ganado por el arte.

LENIN PROPONE A PLUMA PARA LA REDACCIÓN DE ISKRA

No sabía que las relaciones entre los miembros de la Redacción se habían agriado por causa mía. A los cuatro meses de estar yo en el extranjero. Lenin escribió a Plejanov la siguiente carta:
"París, 2 de marzo de 1903

"Propongo a todos cuantos componen la redacción que incorporemos a ella a Pluma por cooptación y con plenitud de derechos. (A mi parecer, para el nombramiento por cooptación no basta la mayoría, sino que hace falta unanimidad). No es muy necesario un nuevo redactor que haga el número 7, tanto para facilitar las votaciones (6 es número par) como para ayudarnos en los trabajos. Pluma viene escribiendo en todos los números desde hace más de un mes, trabaja para Iskra con la mayor energía y da conferencias con gran éxito. No sólo nos es muy útil, sino indispensable para la redacción de artículos y noticias sobre temas de actualidad. Es, indiscutiblemente, hombre enérgico y de condiciones, de talento extraordinario, que hará carrera. También puede ayudarnos mucho en materia de traducciones y en trabajos literarios populares.
"Posibles objeciones: 1) que es demasiado joven; 2) que está expuesto a tener que regresar pronto a Rusia; 3) que su pluma (sin comillas) guarda huellas del estilo folletonista, tiene excesivas preocupaciones de elegancia, etcétera.
"ad 1) No se le propone para desempeñar un puesto personal, sino para entrar en un organismo colegiado. Esto le servirá precisamente para adquirir experiencia. Teniendo ya, como indudablemente tiene, el 'instinto' de un hombre de partido y de fracción, el saber y la experiencia son cosas que pueden adquirirse. También es indudable que estudia y trabaja. Este nombramiento es necesario para captarlo definitivamente y para alentarlo.
"ad 2) Si le interesamos en este trabajo, tal vez no se marche tan pronto.
Y en el caso de que sí fuere, la ligazón de la organización con nuestro grupo y su subordinación, al mismo tiempo no serán debilitadas sino, por el contrario, considerablemente incrementadas.
"ad 3) Los defectos de estilo no tienen gran importancia. Ya actualmente acepta en silencio (aunque no de muy grado) 'correcciones'.
"Propongo, pues: 1° Elegir a Pluma redactor, por cooptación entre las seis personas que hoy lo forman. 2° En caso de que se a elegido, que se proceda a establecer, de un modo definitivo, el régimen interno de la Redacción y de las votaciones y a redactar un reglamento detallado. Lo necesitamos, y tiene su importancia para el Congreso.
"Posdata: Consideraría como equivocado y torpe en el más alto grado que se aplazase la elección; en Pluma se nota ya bastante descontento aunque, naturalmente, no lo manifieste de modo público, pues le parece que no pisa todavía en terreno firme y que le despreciamos como a un 'muchacho'. Si no nos hacemos cargo de él y dentro de un mes, por ejemplo, se vuelve a Rusia, se considerará desdeñado por nosotros. Podemos desperdiciar la ocasión, lo cual seria lamentable".
Ya queda dicho que yo no sabía absolutamente nada del duelo que se estaba librando a mis espaldas en torno a mi nombramiento de redactor. Desde luego, no es cierto, como dice Lenin, ni tal era por entonces mi estado de espíritu, que yo estuviese "bastante descontento" por no ingresar en la Redacción. La verdad es que no se me había pasado por la mente semejante cosa. Respecto a la redacción del periódico me mantenía en la actitud del discípulo para con los maestros. Yo tenía entonces veintitrés años -el redactor más joven, que era Martos, tenía siete años más que yo: Lenin me llevaba diez años- y estaba entusiasmado de que la suerte me hubiera puesto en contacto con este magnifico puñado de hombre. Del menor de ellos podía yo aprender y esta ansioso del aprender.
¿En qué se fundaba, pues, Lenin para hablar de mi descontento? Me inclino a creer que era, sencillamente un golpe de táctica. Toda la carta está animada por la aspiración de demostrar, de convencer, de salirse con la suya. Se ve que quiere asustar a los demás redactores con mi supuesto descontento y con el peligro de que me separe de Iskra. Es un argumento más de que se vale. Y otro tanto puede decirse de la alusión que hace a lo del trato de 'muchacho'. Deutsh era el único que me daba de vez en cuando este tratamiento, y con él, que no influía ni podía influir para nada en mí políticamente, me unía una buena amistad. Este es otro argumento a que Lenin acude para sugerir a los viejos la necesidad de que me consideren como a hombre políticamente adulto.