Éxodo

Del campo de Argelès  a la maternidad de Elna

Remedios Oliva Berenguer

Prólogo a la edición mexicana

Este libro recoge el sufrimiento de miles de españolas y españoles expulsados de su patria por el general Francisco Franco y que, cargando fardos y maletas, llegaron a Francia en 1939 con la esperanza que allí encontrarían abrigo y protección.

Narra el dolor y la rabia por salir derrotados en la guerra y perder la casa, la familia, el país y enfrentar la incertidumbre.Es un recordatorio y una denuncia de un hecho atroz y poco conocido: los campos de concentración franceses, pomposamente llamados “campos para refugiados”.

Esta es una historia contada con sencillez pero con gran riqueza narrativa. Podemos escuchar la voz de Remedios Oliva contando a sus hijos cada uno de los acontecimientos y sentimientos que perturbaron su vida. No utiliza los recursos literarios del escritor, no juega con los diálogos ni con los tiempos. Es sólo una “modista, una profesora de corte”, como ella misma se define, que cuenta su historia pero que nos atrapa con su relato, con sus descripciones vivas y certeras que quedaron en su memoria para siempre y que pudo revivir muchas décadas después. A un tiempo toca tanto las zonas más lúgubres y las más luminosas del lector sin adjetivos dramáticos. Es el emotivo relato de una mujer que comparte un pedazo de su vida.

Este testimonio prueba que atrás de los grandes acontecimientos históricos no sólo hay un puñado de grandes hombres –más las dos o tres mujeres que por azares del destino lograron trascender-, sino que también hay miles de almas que participan de ellos de una u otra manera: peleando, observando, sufriendo... Desgraciadamente sus nombres con frecuencia se pierden en el olvido y su visión y su voz quedan borradas.

 

Remedios Oliva Berenguer

Nació en Barcelon en 1918. En enero de 1939 se exilió con su familia a Francia donde vivió como reguiada.

Un año más tarde dio a luz a su hijo rubén en la maternidad de Elna.

Consiguió escapar de la reclusiónd e los campos de concentración y reacer su vida .

Actualmente sigue residiendo en Francia, tiene tres hijos y cuatro nietos.

Así es el testimonio de la experiencia de la joven de 21 años, Remedios, una mujer que no tuvo una militancia política destacada. Su nombre, ciertamente, no aparece en los libros de historia, nunca escribió un Manifiesto ni mantuvo discusiones políticas trascendentes. Sin embargo es heroica porque sobrevivió con una entereza admirable a la represión encontrada inesperadamente en Francia, manteniendo unida a su familia y siempre firme en sus convicciones morales y políticas.

La historia, leída desde la vida cotidiana, abre vastas posibilidades para acercarse a los grandes acontecimientos, ya que la esfera de la vida diaria es la primera que se trastoca cuando el mundo se cimbra. Y ésta es una de las virtudes de Éxodo. No es la Historia de la Guerra Civil española, es la cara humana de uno los acontecimientos más trágicos de la lucha internacional del proletariado.

Este libro narra de manera descarnada el impacto inicial de la derrota de la República en la vida de miles de españoles y que se resume en una palabra: éxodo, ese penoso movimiento de los desterrados, de los que se vieron obligados a dejar todo atrás y que todavía no saben lo qué les espera en tierras extrañas, y que quizá no tuvieron mucho tiempo para pensar en el futuro porque el presente se volvió tremendamente hostil y no les daba reposo salvo para la sobrevivencia. Y algunos no lo lograron: Antonio Machado, el poeta célebre, murió en un hotel de Collioure el 23 de febrero de 1939.

Fueron pocas las opciones que tuvieron los exiliados: repatriarse a España (a la que regresaron cerca de 200 mil), ingresar a la legión extranjera o sobrevivir en los campos de refugiados.

La familia de Remedios sabía que la primera opción era una condena a muerte, por lo que optaron por los campos (la segunda se reservaba a los varones saludables), sin saber que se enfrentarían a condiciones infrahumanas, a humillaciones y degradaciones sin límite y a la separación de la familia. No hubo paz para ellos durante muchos años, porque luego de los campos vino una nueva y terrible calamidad: la invasión de Alemania a Francia, concluida en agosto de 1946 con la liberación de París.

Hay poca información sobre estos campos, que no eran más que grandes extensiones de playa cercados por alambre de púas y custodiados por soldados de las colonias francesas, senegaleses conocidos como espahíes. Miles de personas padecieron las terribles condiciones impuestas por el gobierno francés de Edouard Daladier. Sólo en uno de esos infiernos pudieron generarse las siguientes palabras, escritas por Agustí Bartra en 1939: En ellos “la famélica perra de la nostalgia lame nuestros pies sucios.”

Poco se sabe de campos de concentración que se levantaron en el país que acuñó el lema universal de Fraternidad, igualdad y libertad, y que, bajo un gobierno que se proclamó “democrático”, martirizó a hombres y mujeres que buscaban abrigo.

Así recordó 50 años después Eulalio Ferrer su experiencia al ser internado en una de estas prisiones, recogida en el libro de Félix Santos, Españoles en la liberación de Francia: 1939-1945:

“En otro camión nos hacen sitio a nosotros y seguimos adelante. ¿Adónde? A este campo de Argelès-sur-Mer. Luis Cillán se niega a entrar y huye. Yo no puedo seguirle porque me atrapan los gendarmes franceses y quedo dentro de un círculo de cientos más. Se nos conduce al otro lado de las alambradas. Allí nos esperan soldados senegaleses con bayoneta calada y gesto feroz, gritándonos: allez... allez... allez! Con nuestros macutos al hombro, nos formamos en grupos de ocho a diez. Trato de escaparme, pero fracaso una y otra vez. Hay alambradas por doquier. Nos llaman con silbatos y se forman filas para recibir pan. Largas filas que se dispersan y amontonan, según se reparten porciones de pan que no llegan a todos.”

Los campos de concentración son una de las cicatrices más dolorosas de la humanidad, pero se cree que se quedaron en el pasado, y sólo reconocemos los campos de los nazis contra judíos, eslavos, negros, gitanos y homosexuales de la segunda guerra mundial; el gulag en la Unión Soviética bajo Stalin o los edificados hace algunos años por los serbios en la guerra de los Balcanes. Éxodo es, también, una denuncia actual, vigente, ya que nadie puede ser indiferente ante la narración de los sufrimientos y vejaciones sufridas por los refugiados españoles en Francia, que son los de cada ser humano que muere en cualquier campo de prisioneros del mundo, llámese Guantánamo, Afganistán o los muchos sitios en los que los estadounidenses o sionistas torturan y matan lentamente a árabes y musulmanes en el siglo XXI.

Este relato es una conmovedora historia de amor. La vida de una mujer y un hombre separados por la guerra que intentaron mantenerse unidos pese a todo, que conservan recuerdos uno del otro –el ganchillo para tejer que Joan le fabrica a Remedios con un pedazo de alambre cuando está embarazada y que ella conserva aun después de la muerte de su compañero- o las cartas que él guarda a pesar del peligro que representan, porque en ellas Remedios le anuncia el nacimiento de su primer hijo.

 

La diáspora española

En enero y febrero de 1939, tras la derrota de la república y la revolución social, alrededor de 465 mil españolas y españoles se vieron obligados a abandonar su patria porque el dictador estaba dispuesto a exterminarlos. Tratando de sobrevivir a la matanza ordenada por Franco, que no escatimaba recursos en perseguir a los republicanos y sus familias bombardeándolos desde aviones, miles iniciaron un peregrinar por los caminos de la provincia de Gerona, tratando de alcanzar la frontera francesa, cansados, cargando consigo las pocas pertenencias que pudieron rescatar y con el pecho oprimido por lo que dejaron atrás.

Aunque el éxodo de 1939 se considera la emigración más importante de aquella época, a lo largo de los tres años que duró la Guerra Civil (1936-1939) se produjeron oleadas de exiliados con cada una de las derrotas inflingidas a las fuerzas republicanas.

La diáspora comenzó en 1936, cuando las fuerzas franquistas tomaron el País Vasco. En ese año 15 mil personas huyeron de territorio español.

La segunda oleada fue en 1937, después de la campaña del norte: 120 mil personas abandonaron su patria. La tercera se produjo en 1938 cuando cayó el frente del Alto Aragón. Las estadísticas no registran el número de personas que huyeron ese año.

La cuarta, la más significativa por su número  y de la que da cuenta este libro, fue la que se produjo en 1939 tras la caída de Cataluña, el frente que se distinguió por la calidad de sus combatientes y por los cambios casi socialistas que se produjeron en ciudades como Barcelona cuando estaba bajo el control de los trabajadores. En 1939 abandonaron España casi medio millón de personas por el difícil camino de los Pirineos.

Pero lo que les esperaba detrás de la frontera Gala no era mejor que la persecución franquista. El gobierno francés, encabezado por Edouard Daladier, el ex ministro de guerra del Frente Popular, envió a las fuerzas armadas a recibir a los exiliados, a quienes les dieron a escoger entre regresar a morir en España o intentar sobrevivir en Francia. Metió a los refugiados en campos de acogida sin ningún tipo de instalación, delimitados tan sólo por alambre de púas y soldados. Uno de ellos se instaló en la playa de Argeles-sur-Mer, otro en Saint Cyprien y uno más en Les Barcarés. La escritora catalana Mercé Redoreda describió su experiencia en uno de estos lugares: “Si salgo viva de aquí, ¿cómo seré? Siempre tendré la sensación de que saco a pasear un río de cadáveres, de que sólo puedo engendrar hijos con esos inmensos ojos de los famélicos, con los sexos monstruosos colgados dentro del arco delgado de los muslos.” En cuanto a Remedios, nos dice que nunca más volvió a ver o a saber de alguno de sus cientos de compañeros de infortunio.

Otros refugiados tuvieron peor suerte porque fueron enviados a la frontera con Bélgica para construir fortificaciones para la guerra contra los alemanes, que estalló en septiembre de 1939. Los que cayeron  prisioneros de los nazis terminaron en Manthausen y otros campos de la muerte.

A fines de 1939 se produce la última oleada en la que, tras la caída de los últimos frentes republicanos, miles huyen hacia el Norte de África.

 

Era “medianoche en el siglo”

Es necesario repasar la situación por la que atravesaba Francia en aquellos años. Los años que siguieron a la derrota española fueron los más dolorosos y sangrientos en la historia de Europa. En 1933 Adolf Hitler toma el poder en Alemania, lo que constituyó el más grande revés sufrido por el proletariado a esa fecha. En la Unión Soviética Stalin consolidaba su dictadura y liquidaba a sus opositores, entre los quienes estaban los protagonistas de la Revolución de Octubre de 1917. En Italia y Japón los fascistas también hacían sonar sus cascabeles. Pronto vendrían, por millones, las deportaciones de judíos enviados a campos de extermino, los trabajadores llevados a Alemania a trabajar como esclavos, la huida de polacos, la desbandada de los rusos ante el avance alemán en su territorio…

Luego de la subida al poder de Hitler la Tercera Internacional Comunista, bajo control de Stalin, formula la política de “Frente Popular”, basada en la alianza entre partidos obreros y partidos burgueses “democráticos” o “progresistas”, como una defensa ante el avance fascista. Los resultados fueron desastrosos.

En 1934, en Francia, aparece la figura de León Blum, dirigente socialista que impulsó la formación del Frente Popular, conformado por el Partido Socialista, representantes de la burguesía, y que, apoyado por el Estalinizado Partido Comunista, ganó las elecciones en 1936 luego de una serie de huelgas y luchas obreras.

Desde el gobierno Blum impulsó algunas reformas que favorecían a los trabajadores como la jornada laboral de 40 horas, pero en la política exterior siguió la línea de los gobiernos burgueses “democráticos” y de Estados Unidos, representados por la política británica que pregonaba la “no intervención” en el caso de la revolución española.

En septiembre de 1936 Gran Bretaña, Francia y la Alemania de Hitler firmaron los Acuerdos de Munich. La política de los primeros era congraciarse con los nazis tolerando sus atropellos. Era la política de apaciguamiento, que fue cómplice de la destrucción de la República española, de la entrada de las tropas alemanas en la zona desmilitarizada del Ruhr, en Austria y en Checoeslovaquia. En representación de Blum firmó los acuerdos su ministro de Guerra, Edouard Daladier.

Al inicio de su gestión, Blum había iniciado el envío de armas a la República española, pero tras visitar al primer ministro británico Stanley Baldwin decidió plegarse a la política de no intervención y suspendió la venta de armamento a los republicanos. Esta política no era mas que un pretexto para frenar los posibles avances de los milicianos y dejaba a Franco con las manos libres para masacrar a quienes se le oponían. Mientras tanto, los fascistas italianos y los nazis apoyaban abierta y activamente a sus correligionarios hispanos.

Estas fueron las bases que le permitieron al gobierno de Daladier recluir a miles de españoles en campos de concentración similares a los que el fascismo –ese monstruo que supuestamente iba a ser frenado por el Frente Popular- había establecido en Alemania.
Daladier no vaciló en ceder ante la presión de Franco y recluir a miles de españoles en los campos de concentración, en mandar a varios de ellos a morir en prisiones y en entregar a revolucionarios destacados a los falangistas. También intimidó al pueblo francés para que se abstuviera de apoyar a sus hermanos españoles: «Creemos útil poner en guardia a nuestros conciudadanos a propósito del hecho de que retener en sus casas a sujetos extranjeros no declarados les expone a persecuciones judiciales», decía en un comunicado. Sin embargo, fueron muchos los casos los casos en que obreros franceses ayudaron a sus hermanos españoles en desgracia. En cuanto a Remedios y su familia, recibieron la generosa solidaridad de campesinos franceses.

Esta connivencia criminal entre fascistas alemanes y españoles con los “demócratas” franceses en contra de los trabajadores republicanos debe quedar grabado en las mentes de cada asalariado del mundo como un recordatorio de que los gobiernos burgueses no vacilarán en tomar partido por sus compinches de clase, sin importarles de que se trate de nazis o fascistas.

Poco después, fue inevitable para la burguesía francesa la guerra contra Alemania porque los nazis buscaban el control del conjunto del continente europeo e invadieron Francia. Era ya la Segunda Guerra Mundial y muchos españoles exiliados estuvieron presentes como soldados o guerrilleros en sus episodios más significativos: en Narvirk, en Dunquerque, en la Batalla de Francia, en la Resistencia, en el Maquis, en Stalingrado, en Moscú, en el Plateau de Glières, en el desembarco de Normandía, en la liberación de París y de Estrasburgo, en la liberación de Lyon. Fueron guerrilleros españoles los que liberaron Foix y otras localidades del sur de Francia. «No hay región francesa que no esté regada con sangre española», dijo uno de los guerrilleros sobrevivientes. A ellos les debemos también la muerte del hitlerismo y el que a la fecha existan libertades democráticas en buena parte del mundo.

*    *     *     *

Han pasado 68 años desde que Remedios y su familia cruzaron la frontera entre Francia y España. Poco o nada se sabe de las playas francesas que fueron convertidas en prisión de arena y muerte para miles de republicanos. Si se busca información sobre estos lugares, el lector encontrará que ahora se han convertido en lujosos destinos de descanso, en donde se ha cuidado que no quede una sola señal que recuerde a quienes perdieron la vida y la esperanza entre vallas de alambre y el mar. Se decidió enterrar esta historia en el olvido, en ese espacio que es la tumba de la memoria.

Sirva este libro como recordatorio de un episodio que no debe repetirse, como un llamado de atención a la conciencia de los lectores para impedir que más seres humanos sigan siendo exterminados en campos como Argelès-sur-mer, Saint Cyprien o Barcarés.

Angélica García Olivares y Cuauhtémoc Ruiz,
noviembre de 2007.

 

 

Prólogo a la edición catalana

La guerra civil que destrozó nuestro país entre 1936 y 1939 tuvo, como todos los conflictos bélicos, unas consecuencias más terribles todavía que la propia guerra. El exilio es una de estas consecuencias, quizá la más dolorosa. Muchos testigos recuerdan que durante la guerra “ibas haciendo”, pero que el exilio “te lo roba todo”.

Fue un éxodo de decenas de miles de catalanes que huyeron de los franquistas porque su único pecado era haber sido fieles al gobierno legítimo de la República; y esta fidelidad, en el año 1939, se pagaba con la propia vida.

Remedios Oliva recuerda perfectamente, a pesar de los años transcurridos, el día de su marcha. Fue una mañana fría de cielo muy azul, aparentemente normal, pero que iba a ser la de su primer día de exilio.

Recogí su testimonio porque estaba haciendo un trabajo de investigación histórica sobre la Maternidad de Elna y Remedios había sido una de las mujeres embarazadas que había dado a luz a su bebé en la Maternidad. Ella fue una de las madres de Elna y la Maternidad un capítulo de su exilio.

Desde el primer momento su relato me emocionó, porque explicaba no sólo hechos y circunstancias sino también sentimientos, emociones y heridas del alma. Recuerdo que su dolor, explicado en primera persona, hería al escucharlo, pero a pesar de todo te enganchaba con el hilo de su historia particular porque percibías que era un privilegio poder compartir con ella esa etapa de su vida.

Tengo que reconocer, sin embargo, que siempre me ha dolido pedir a mis testigos que me expliquen sus vivencias para que yo pueda hacer mi trabajo. Sé que estoy pidiendo que reabran sus heridas y a menudo me siento culpable. Muchos han escogido la auto amnesia para olvidar, y yo les conduzco otra vez a recordar. Intento explicar –en el fondo, justificar– que la recuperación de la memoria histórica es importante para recordar nuestro pasado, porque es la única forma de combatir el silencio y el olvido. No podemos olvidar a todos aquellos que no regresaron. Recuperar los testimonios de aquellos hechos, poniendo sus vidas negro sobre blanco, aunque cueste, es perpetuar su recuerdo y garantizar que el paso del tiempo no lo borrará.

Esto es lo que ha hecho Remedios con su libro de memorias. Un relato excelente, impregnado de ternura y sensibilidad, donde puede encontrarse, escondido entre líneas, un dolor intenso pero siempre camuflado por la actitud valiente y optimista de Remedios, que quería transmitir a sus hijos que “no pasaba nada” y guardaba la tristeza infinita en el fondo de su alma.

De Remedios, a quien he conocido personalmente, y a la que quiero y admiro, retengo en mi retina dos momentos muy emotivos de su vida, de los que fui testigo de primera fila.

El primero, una mañana fría de cielo muy azul, como la de su primer día de exilio de 1939, pero esta vez del año 2005. La acompañé a Badalona, a su casa. Hacía sesenta y seis años que había cerrado la puerta a toda prisa, sin mirar atrás por miedo a la añoranza. Nunca había regresado. Ahora volvía para cerrar aquella puerta, pero esta vez con serenidad y acompañada de su hijo Rubén, ambos conscientes de estar pasando página.

El segundo, justo al día siguiente. Estaba sentada ante el altar de la iglesia de Sant Sadurní de la Roca del Vallès y acababa de saber que había ganado el premio de la VIII edición de Memorias Populares Romà Planas i Miró.

Yo estaba junto a ella y busqué su mirada para compartir con ella la felicidad del premio. Pero Remedios tenía los ojos cerrados y su mirada, escondida bajo los párpados, se perdía en lo alto, arriba, más allá de la bóveda del altar mayor, adentrándose en el cielo.

Fue sólo un instante de intimidad, aislado del resto, compartiendo aquel momento con la persona ausente, la más querida, Joan, su marido. Yo también cerré los ojos porque Remedios me hizo comprender, con su gesto, lo conmovedora que puede llegar a ser la felicidad.

Desde esta presentación quiero expresar mi más sincera admiración y mi cariño por esa mujer, que ha sabido recopilar sus recuerdos y vivencias en este espléndido libro. Su valentía y su coraje deben ser no sólo un referente para la gente de su generación sino también un motivo de reflexión para las generaciones futuras.

 

ASSUMPTA MONTELLÀ

 

I. EL VIAJE A FRANCIA

BADALONA

El cielo estaba despejado, brillaba el sol pero hacía frío como suele hacer en enero. Todo parecía normal y sin embargo iba a ser un día muy diferente de los demás ya que en ese día iba a empezar la aventura de nuestra vida.

Se oían los cañonazos cada vez más cercanos. Los periódicos y la radio nos daban malas noticias y comprendíamos que las tropas iban llegando a Barcelona.

Las alumnas de costura y mis obreras habían venido como siempre pero no trabajábamos con ganas. Más que trabajar, hablábamos y a pesar de todas las suposiciones nada se podía prever. Joan, quien pertenecía al ejército republicano, se había ido al cuartel como cada mañana diciéndome que trataría de volver a casa durante el día. Me había parecido muy preocupado. Ya era la tarde y todavía no había regresado.

En el taller todo parecía extraño; aunque habían sacado su labor, las chicas no se interesaban por la costura. Lo que nos preocupaba eran los acontecimientos. La ventana del taller daba a una calle que bajaba de las colinas (vivíamos en las afueras de Barcelona) y desde principios de la tarde, de vez en cuando, veíamos bajar a unos soldados vestidos de un modo desaliñado. No hablaban y andaban muy de prisa. Decidimos salir para preguntarles y nos dimos cuenta de que estaban desorientados; nos dijeron que las tropas franquistas iban acercándose a Barcelona. A ellos les faltaban armas; además corría el rumor de que el enemigo iba a cortar la carretera y temían quedarse acorralados. No creo que tuvieran la intención de abandonar la lucha, sin duda alguna esperaban reorganizarse.
Desde ese momento, por primera vez, empezamos a tener tristes proyectos, pensando que quizá tuviéramos que irnos. ¿Adónde? ¿Por las carreteras?

¿Refugiarnos en algún pueblo de la sierra? Quedarnos allí significaba sufrir los ataques de las tropas, los bombardeos… No sabíamos qué pasaría y además entraríamos en el sistema franquista, que no queríamos.

Evaluamos los peligros para los que se marcharan y como una de mis alumnas tenía familia en Francia, nos dio su dirección; por lo menos podría servirnos para mandar noticias y volver a reunirnos.

Durante la tarde, llegó mi cuñado Domingo. Tenía diecinueve años y había sido herido durante la batalla del Ebro, en la que había muerto otro de mis cuñados. Las noticias que traía no nos tranquilizaron: En Barcelona, en las aceras, se veía a algunas personas quemando papeles; seguramente, expedientes y documentos comprometedores. Todas las chicas, cada vez más inquietas, empezaron a salir antes de tiempo, sin siquiera recoger las labores que se quedaron en desorden sobre la mesa. Ya tenía poca importancia.

Vivíamos con mis padres y lo comentábamos todo. Estaban preocupados y muy tristes ya que también estaba en casa mi hermano, de veintidós años (dos más que yo), después de una peripecia. Las tropas franquistas habían cortado España en dos partes y él se hubiera quedado en la zona sur si no hubiese tenido el valor de colarse clandestinamente en un barco. Pudo desembarcar en Barcelona donde estaba esperando la orden de ingresar en otra compañía.

A eso de las nueve me sentí aliviada al llegar Joan. Traía noticias preocupantes, venía a buscar alguna ropa y tenía que volver al cuartel. Estaban esperando la orden de dejar el sitio.

A Joan no le hacía gracia que me quedara pero también le preocupaba que me fuera por las carreteras. Pensé en una tía suya, ya mayor, que vivía en Figueres, cerca de la frontera, a quien yo no conocía. Él me dio una dirección imprecisa, diciéndome que de todas formas, allí podríamos reunirnos. Tras un cuarto de hora que pasó volando, tuvimos que separarnos con mucho dolor; nos queríamos hondamente, nos necesitábamos tanto uno al otro que aquellos instantes eran verdaderamente trágicos.
Poco después, fui a ver a mis cuñadas que vivían muy cerca de casa. Carmen era la hermana de Joan y Enriqueta, la mujer de su hermano mayor. Cada una tenía un niño, de cinco y seis años, y vivían juntas desde que sus maridos estaban en el frente. Ellas se iban; me hubiera gustado acompañarlas pero no podía abandonar a mis padres, ya mayores. Tampoco podían viajar en semejantes condiciones, de modo que había que seguir esperando.

Serían las once de la noche cuando llegó mi hermano. Le habían dejado un camión con el que nos propuso llevarnos lejos de Barcelona. No tardamos en decidirnos pero, de pronto, nos enfrentamos con la realidad: había que llevarse algunas cosas pero lo menos posible ya que en el camión iríamos muchos. Entonces comprendí el cariño que sentía por todo lo que teníamos y me emocioné al pensar que no sabía lo que iba a ocurrir y que no volveríamos a encontrar nada. Traté de no seguir pensando, el momento era grave y había que darse prisa. Reunimos algo de ropa interior, unas pocas prendas, la comida que quedaba y, sobre todo, varias mantas ya que el camión iba descubierto, era de noche y estábamos en pleno mes de enero.

Contenido

Prólogo a la edición mexicana

Prólogo a la edición catalana por Assumpta Montellà

I. El viaje a Francia

  • Badolona
  • La Salida
  • Figuerres
  • Llançà
  • Portbou
  • La frontera

II. Argelès, Saint-Cyprien y Elna

  • Llegada a Argelès-Sur-Mer
  • El Campo
  • Saint-Cyprien
  • La maternidad de Elna
  • Argelès, de nuevo

III. La huida hasta la zona libre

  • Salida de los campos
  • Izeaux
  • La huida
  • La mina
  • Fin